Ocasionalmente, la realidad internacional observa el desarrollo de acontecimientos cuya visibilidad pública y mediática es muy menor. Pasó recientemente con un desencuentro diplomático grave entre algunos países de la península arábiga (Arabia Saudita, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos entre otros) contra Qatar. Sin embargo, la atención mediática no puede confundirse con su relevancia objetiva. La ausencia de discusión y de seguimiento de este caso es paradigmático, porque refleja dos cosas: por un lado, una ausencia de evaluación de las consecuencias a largo plazo que pueden tener algunos eventos internacionales; y, por otro lado, la insinuación de dejar el tratamiento de algunos temas de lado por su inherente complejidad.

A mí modo de ver, la tensión entre Qatar y alguno de sus vecinos árabes es extremadamente problemática, y representa un momento de crisis que no se veía desde la Primera Guerra del Golfo. Esto no quiere decir que los antagonismos vayan a derivar en algo más que un impasse de tipo diplomático que tiene, es cierto, algunos contornos económicos (la crisis ha venido acompañada de un boicot aéreo y fronterizo sobre Qatar); sino que refleja problemas mucho mayores en una región que ya se encuentra convulsionada por décadas de guerras y conflictos consecutivos, y donde la estabilidad parece ser algo que, aparentemente, sólo es producto de gobiernos dictatoriales.

En forma sintética, la crisis se conoce el 5 de junio cuando Bahréin, Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes deciden romper relaciones con Qatar. Las razones que dieron fueron variadas e iban desde una ambivalente declaración egipcia que decía que “el gobierno qatarí ha sido insistente en tomar una posición anti-egipcia”, hasta cuestiones más claras y sin ambigüedades, como la acusación saudita que Qatar apoya a organizaciones terroristas y que representa un factor desestabilizante en la región.

Sin embargo, lo ocurrido el 5 de junio es solo reflejo de dinámicas subyacentes más profundas que revientan en esta fecha en particular, pero que no dependen realmente de eventos del último tiempo. Lo ocurrido es consecuencia de procesos históricos, denotando así un efecto acumulativo de más largo plazo.

El contexto del quiebre manifiesta, entonces, dos fenómenos distintivos. El primero es referido a una transformación importante de la política exterior de Qatar cuando el actual gobernante, Tamim bin Hamad Al Thani, toma el poder en un golpe de palacio que depone a su padre a mediados de los 90s. Hasta ese momento, Qatar cumplía un rol de subordinación a los poderes regionales, pero Al Thani decide reorientar la política estratégica del país, intentando desacoplarse de la influencia de las potencias de la península, y, para hacerlo, buscará realinear al país buscando nuevas alianzas y acuerdos, incluso con actores que podrían alienar a Riad.

Por otro lado, los antagonismos políticos se tornan críticos en el contexto post-primaveras árabes en el ámbito de política exterior y  el contraterrorismo. Qatar, de forma oportunista, evalúa que las llamadas primaveras árabes pueden servir a los intereses de Doha en base a asistir, mediante asistencia financiera, a grupos o personas ideológicamente comprometidos con el país. El poder financiero de Qatar (al año 2015 su PIB per cápita era de 75.000 dólares) se instrumentaliza con fines políticos y es así como Qatar apoyará a los Hermanos Musulmanes en Egipto y algunos grupos islámicos en Libia. El problema con esto es que dichas decisiones iban en oposición a los intereses de Riad, generando así el marco básico del actual conflicto.

Naturalmente, la crisis tiene componentes algo más anecdóticas pero igualmente importantes. Por ejemplo, se ha informado de supuestas grabaciones entre el líder de Qatar y Gaddafi para minar la monarquía saudita en el pasado; y poco antes de que la crisis estallara se publican supuestas palabras de al Thani en una graduación militar diciendo palabras favorables hacia los Hermanos Musulmanes e Irán – quien está actualmente en una verdadera competencia por el predominio regional contra Arabia Saudira. Si bien ya había habido un corte de relaciones con anterioridad (que se reestablecen en 2014), lo que ocurre en estas primeras semanas de junio por debe leerse como uno de reiteración del desencuentro.

Pues bien, la relevancia de este evento es de tres tipos. Primero, como dijimos, el poder de Qatar se entiende a partir de una estrategia de apertura casi total, incluyendo diálogo con actores adversarios del resto de los países de la región: Hezbollah, Israel, Irán, los Talibán, e incluso Al Qaeda. Dada esta heterogeneidad, es casi predeterminado que Qatar haya encontrado animadversión con alguno de los países vecinos. A esto se suma el uso propagandístico y político de Al Jazeera que llega a los extremos de tener una entrevista en un programa del medio con Abu Mohammed Al Jolani, líder de Jabhat al Nusrah, en su momento franquicia de Al Qaeda en Siria y grupo que – de forma pública – ha sido denunciado por los países de la península arábiga.

En segundo lugar, Qatar ha mantenido relaciones cordiales con Irán y con Turquía, países que tienen claras agendas en Siria. Teherán apoyando al régimen de Al Assad, mientras que Turquía con una posición más crítica del gobierno de Damasco pero definitivamente contra los grupos kurdos. Ambos objetivos son contrarios – en una mirada simplificada – a la de aquellos países que rompen relaciones con Qatar. De hecho, los sauditas dicen que hay un eje Anakara-Doha-Teherán que busca desestabilizar a la monarquía (y tiene algo de razón en esto).

Finalmente, en lo que es una estrategia de seguridad, Qatar ha mantenido siempre como un imperativo la necesidad de estar impermeable al yihadismo (porque la inseguridad interna es receta para la deslegitimación de Al Thani), y esto lo logra, paradójicamente, financiándolo. La razón de hacer esto es que el financiamiento establece, ipso facto, una relación de dominio y por tanto de control. Pero el resultado de esto es que ese financiamiento se redirige contra objetivos que se pueden encontrar en Egipto o en Arabia Saudita.

Así vistas las cosas, la intención con el corte de relaciones es someter a Doha a los designios de los poderes regionales. Pero las condiciones serán muy difíciles de aceptar (incluye la obligación de cerrar Al Jazeera). Si Qatar no acepta, no es impensable una estrategia abierta de confrontación que perfectamente podría graficarse en la ampliación de los conflictos proxys que se han visto en los últimos años. Esto es un recetario magistral para ampliar las zonas de violencia en una zona ya suficientemente brutalizada.

Comentarios

comentarios