En Dinamarca se aplica un sistema público y uno complementario privado: hay una “jubilación pública nacional” (folkepension) que corresponde a un ingreso mínimo básico garantizado por el Estado —hoy cerca de 737.000 pesos chileno—, y un fondo de pensión privado de contribución obligatoria (ATP), con la posibilidad de un ahorro voluntario. Además, quienes tienen una pensión privada insuficiente, pueden acceder a ayudas adicionales como impuestos más bajos o descuentos importantes en medicamentos —un gasto fundamental durante la vejez—.

El principio es que quien ha terminado su vida laboral activa ha aportado mucho a la sociedad y es justo que, en su tercera edad, reciba a cambio los beneficios de esos años de esfuerzo y dedicación. Hay que recordar que este conocido “Estado de bienestar” es posible gracias a los impuestos que todos pagamos y que pueden superar el 60% del salario, realidad aceptada mayoritariamente pensando en el bien común que se logra.

Se trata de una tasa que duplica la de Chile, pero acá nadie se queja porque la solidaridad aquí es un principio intransable, parte de la identidad danesa y se reconoce como el fundamento de lo que han logrado como sociedad. Además, todos tienen claro que gracias a sus tributos es posible, por ejemplo, que la salud y la educación sean gratuitas, algo imposible para todos sin los aportes que cada uno hacemos.

Quiero resaltar dos aspectos que me parecen relevantes: por un lado el respeto y el aprecio por un adulto mayor que disfrute sus años dorados con dignidad y manteniéndose activo y, por otro, el concepto de asumir de manera solidaria el estado de la sociedad en su conjunto, lo que significa que siempre estemos aportando para que los beneficios sean compartidos y, en principio, iguales para todos, con un costo que es también compartido.

Cuando las abuelas, mis suegros y los tíos del vikingo debieron pensionarse, comenzaron a pensar en viajes, en nuevos cursos, a disfrutar de su nuevo rol de “jubilados” y me daba gusto ver que lo hacían con tranquilidad. Veo responsabilidad y una confianza absoluta en las instituciones públicas y privadas encargadas de administrar los fondos que se ahorran para las pensiones.

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Esta confianza en las personas y en las instituciones, además de asumir como una obviedad que la corrupción o la evasión de impuestos no debe ser parte de las acciones ni privadas ni públicas, son parte de los valores sobre los que se ha construido este reino y que hacen que las cosas funcionen.

Desde hace unos años también los partidos políticos en su conjunto han acordado revisar la edad de jubilación en función de la esperanza de vida de los ciudadanos, así como del tipo de trabajo que se ha realizado.

Considerando el envejecimiento de la población y la consiguiente disminución en el número de personas activas, éste será sin duda uno de los grandes desafíos del modelo danés a futuro, como ya han pronosticado economistas e investigadores. Y claro, como no dejan para mañana lo que pueden hacer hoy, ya hay institutos de investigación dedicados a resolver esa crítica situación que sin duda se presentará en el futuro.

No deja de sorprenderme, por ejemplo, que mi vikingo asuma y se entusiasme con la perspectiva de permanecer saludable y activo en el mercado laboral por más años. Como su trabajo es de oficina y no uno que te desgaste física o emocionalmente, él supone que, lo mismo que yo, pasaremos los 70 antes de jubilar.

Esa actitud y la confianza en que los ahorros previsionales han sido bien gestionados hace que la perspectiva de jubilar se vea de manera positiva, alentadora y también productiva. Y seguramente es también parte de la respuesta de la positividad en la manera de enfrentar la vida que tienen estos vikingos.