Entre los escándalos de corrupción, la muerte de Julita y el efecto marzo ya estaba por tirar los guantes con esta ciudad. Por suerte en la agencia me mandaron a una reunión en Nueva York. Qué alivio.

Sentada en el aeropuerto de Florida, mientras esperaba un vuelo de conexión atrasado, una imagen en la pantalla capturó mi atención. Una vez más la noticia del día era el rabioso Donald Trump, que arrasó en el último Súper Martes en ese Estado quedándose con 99 delegados. En un par de minutos y sin filtro, corrían imágenes del empresario, candidato republicano a la presidencia, billonario y ex conductor del programa de TV El Aprendiz; atacando a mujeres, latinos, musulmanes, demócratas y negros: “Voy a construir una muralla para que los mexicanos no puedan entrar”, “Si eres mujer, lo único que importa es que tengas un dulce trasero”. Un nazi moderno, pensé, sin poder entender cómo un tipo como él ha logrado avanzar en la carrera electoral más allá de los más aciagos pronósticos. Lo que en un momento parecía una broma –O sea, ¡¿DONALD TRUMP para Presidente?!, ¿el sesentón con pelo de parrón y más encima decolorado? ¿El arrogante que se cree mejor que todos?– está llegando demasiado lejos.

No sé si mientras miraba la TV dejé salir algún comentario o si mi cara de asco era muy evidente, pero un típico gringo, alto, rubio, unos cuarenta años y un look que parecía sacado de una sitcom nerd me preguntó un tanto sorprendido: “¿No le gusta Donald Trump?”. Un poco confundida —o debiera decir, insultada— contesté con el alma: “¡Obvio que no!”. Tal vez con ganas de convencerme, sin esperar mi respuesta, a lo mejor aburrido de tanta espera o en un intento de evangelizarme en la inexplicable “trumpmanía”, comentó: “Lo que pasa es que Donald dice lo que todos pensamos pero que nadie se atreve a mencionar en voz alta. Por eso le molesta a algunos. No tiene miedo, dice las cosas de frente”, aseguraba con un brillo extraño en los ojos. “¿Pero no les molesta que sea racista o que quiera expulsar a todos los inmigrantes?”, que quiera construir un muro en la frontera con México o que esté de acuerdo con los métodos de tortura?, pregunté. “Es que es lo mejor para nuestro país, Estados Unidos necesita renacer y volver a ser lo que era”, me decía tal vez sin darse cuenta que, efectivamente, yo era una visitante latina. Y agregó:  “Alguien como él, con tan poco miedo, sabe hacer las cosas. Es un empresario, tiene billones, y eso es lo que necesita nuestro gobierno, un hombre que sepa manejar un negocio”.

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Debo haberme puesto roja, de la ira. Sentía que ya no podía más. Por el altoparlante surgió el llamado de mi vuelo. “Ayúdenos a hacer nuevamente grande a este país”. Ahí lo entendí: no se trata  de lo que dice ni de sus ideas, tampoco de su campaña. Se trata del “cómo”, de que Donald Trump se para al frente y en él se reconoce ese añejo espíritu norteamericano: el de “somos los mejores”, “nadie puede ganarnos”. Ese espíritu que detrás de la publicitada “era Obama” quedó escondido entre proclamaciones de Derechos Humanos y eslóganes anti-raciales pero que aparentemente clama por volver…

Él representa el león americano, el Tío Sam que lleva harto tiempo dormido y que, para un porcentaje de estadounidenses, necesita despertar para protegerlos de la “amenaza” de los latinos, de los musulmanes, de las mujeres empoderadas y de los afroamericanos que se hacen respetar.

Cuidado Norteamérica, que esta sed de autoritarismo nos tiene al borde de ver a un Hitler gringo y millonario poniéndose la banda presidencial.

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