¿Cuál es el escenario de las nuevas letras nacionales? Desde la aparición de Bonsai de Alejandro Zambra, se atisbó una nueva narrativa que se la jugó por desacralizar la novela. La pequeña obra, de dimensiones de un cuento, mostró un fenómeno de escritores que  se aventuraron a crear carreras literarias a partir de libros ínfimos. Literatura rápida para una industria agonizante, pero donde la agonía es la generalidad desde que la dictadura mató todo intento de letrar a este país. Esa es la nueva narrativa chilena, un mercado donde juegan un puñado de escritores y otro puñado aún más enano de escritoras quienes retratan el espíritu nacional de la actualidad, heredero del quiebre institucional. 

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En ese grupo se encuentra el periodista Patricio Urzúa, quien lanzó su segunda novela, Las variables cataclísmicas. Un texto de consumo rápido donde se crea un universo de personajes que no tienen nada en común uno con el otro, salvo la larga contemplación que cada uno tiene de sí mismo. Y el ser, casi todos, chilenos. Un joven que viaja en avión pensando en el amor perdido con quien compartía la costumbre de follar con viejos; una anciana sueca que escribe un diario de vida. Un joven taxista conflictuado con su padre, falso detenido desaparecido, un aparente líder de secta alimentado por los aparatos represores de la dictadura con prisioneros destinados a ser parte de rituales ¿satánicos?, ¿políticos?, un joven neonazi carnicero, obsesionado con Goebbels, una especie de instrospección del Pato Core del Caso Zamudio. Voces dialogantes de un laboratorio farmacéutico que practica un ensayo para pacientes de autismo que nos recuerdan que a los grupos económicos nada les interesa la gente ni sus vidas. Y por último, un guión de cómic que une de nuevo a todos los personajes. Lo más destacable en Las variables cataclísmicas es que plantea la total atomización de los habitantes de una ciudad. Lo común se encuentra diluido y perdido entre cabos que apenas consiguen unir una historia con la otra, una vida con la otra. El libro de Urzúa logra entretener, pero inquieta. ¿Es la ciudad en la que nos movemos la misma donde un joven carnicero golpea a todos los que atentan contra su idea de raza? ¿Podemos afirmar que somos tan chilenos como un taxista que aprovecha el relato de la dictadura para asumir la pérdida y la desaparición como parte de la vida? Es el problema planteado por la nueva literatura nacional. La disolución de lo común. Como las variables cataclísmicas, estrellas que orbitan una alrededor de la otra. Pero sólo eso. Objetos hermosos, pero prescindibles. Accidentales. Como todo lo que parece suceder hoy en Santiago.