EXTRA:

A pocas horas de conocerse la elección del cardenal Bergoglio como nuevo Pontífice, el sacerdote del colegio Sagrados Corazones de Manquehue dijo a CARAS sentirse “profundamente sorprendido y tremendamente alegre y agradecido por la noticia. “Me sorprendió la rapidez de la elección, lo cual refleja que existió un consenso que, dado los últimos acontecimientos, no era lo previsible”, dijo. “Pero sin duda, algo muy significativo fueron los gestos del Papa electo: que hiciera su aparición en el balcón con traje blanco, que es el de uso diario, sin ningún boato. Luego, saludó y se despidió coloquialmente, e invitó a los feligreses de Roma a rezar por el Papa Emérito Benedicto XVI. Y él se inclina para hacer esa oración. Algo muy lindo. A continuación, antes de bendecirlos, le pide al pueblo que recen por él”.

Percival Cowley también destaca la inmensa novedad de que sea un Papa latinoamericano, el continente donde hay más católicos en el mundo, pero que a su vez presenta mayores diferencias en los niveles de ingreso. “Entonces, veo una urgencia por vincular la fe con la justicia”.
“También es un signo –afirma- el hecho que sea el primer Papa jesuita en la historia; hay que pensar que era el único cardenal de esa orden presente en el cónclave. Los jesuitas tienen una sólida formación espiritual e intelectual, y yo destacaría algo que tiene el espíritu ignaciano, que es salvar la proposición del contrario. Esto tiene que ver con la voluntad de diálogo, y también con la comunión entre los obispos y el mundo. Hay aquí una señal en torno a un tema central: la relación que debe tener el Papa con los obispos, ya que él es primus inter pares (primero entre iguales)”.

Finalmente, algo central es el nombre que escoge, explica el sacerdote. “El nombre de Francesco que irrumpe e interrumpe las tradiciones de los nombres anteriores. El elige este nombre como señal de tomar un modelo de sencillez y humildad en San Francisco. Ya de obispo, Bergoglio era conocido como un sacerdote que se cocinaba su propia comida, que andaba en colectivo, en el metro, que caminaba por las calles y que conversaba con la gente. Todos estos son una sucesión de gestos muy esperanzadores”.

Percival-Cowley02ENTREVISTA:

Viene llegando de vacaciones. Cuatro semanas en la costa donde se quedó en las casas de distintas amistades. Ahí leyó bastante, y tuvo el tiempo para sostener largas y ricas conversaciones con muchos de los grandes amigos, que regularmente lo acogen en sus casas de la playa. En esas largas sobremesas también se habló de la situación de la Iglesia Católica, y por supuesto de la renuncia de Benedicto XVI y de los desafíos de quién lo suceda en el cargo.

Conocido como un sacerdote frontal y sobre todo valiente, la credibilidad de Percival Cowley (79 años, 50 de sacerdocio) se ha fortalecido tras el apoyo que —en momentos cruciales— le entregó a James Hamilton. El médico llevaba largo tiempo intentando denunciar ante la alta jerarquía eclesiástica los abusos que él y otros cercanos a la parroquia El Bosque sufrieron de parte de Fernando Karadima. Cuando a James Hamilton se le cerraron todas las puertas, acudió a Cowley, quien, tras un profundo discernimiento, decidió llevar el caso hasta el propio Francisco Javier Errázuriz, entonces arzobispo de Santiago. Posteriormente Cowley confesaría que el cardenal no le creyó, y que incluso lo trató de “mentiroso”, incidente que se convirtió en una molestia para su sucesor, monseñor Ricardo Ezzati, debido a que en un par de entrevistas el ex capellán de La Moneda cuestionó el proceder de la Iglesia en este caso.
“Me han dicho cosas muy dolorosas, muy duras, que obedecen a una falta de reflexión o a reacciones muy emocionales”, admite sin ganas de entrar en detalles.

Sí se extiende sobre los momentos cruciales que hoy vive la Iglesia tras la partida de Benedicto XVI. “La renuncia del Papa fue sorprendente, muy inesperada”, afirma. “Su acto de valentía no fue tanto dejar el cargo sino haberlo aceptado. Su partida es un llamado de atención respecto de la vida misma de la Iglesia, a lo que está pasando dentro y también a lo que ocurre en el mundo, donde la pobreza es tanta y las posibilidades de lograr una vida digna son bajas porque lo importante, tal parece, es el desarrollo económico y no el de la persona humana. Es la prescindencia de Dios la que ha llevado a que los desafíos sean inmensos; en este intento por seguir a Jesús es donde se producen estos dos tipos de escándalos de los que hoy somos testigos: la corrupción en el Banco Vaticano y la pederastia”.
El admite que el dinero a ratos muestra una cara oscura de la Iglesia, pero que así también hay otra: “Están, por ejemplo, los aportes que entregan tantas viudas de población que, sumados en el mundo, significan nada menos que el 27 por ciento de todo lo que se gasta globalmente para tratar el Sida. Esta es una Iglesia cercana a los que sufren”.
—¿Lo sorprendió este escándalo que rodeó la dimisión del Papa?
—Sobre la situación concreta de los Vatileaks, no tenía idea; de repente uno escucha algo por ahí, pero no es un tema donde tenga puesto el corazón. Pero lo de la pederastia es distinto, ha sido más fuerte y tiene sus años; y Benedicto XVI ha sido más firme en eso. Hace poco se informó sobre la renuncia del cardenal arzobispo de Escocia por algo que pasó en los ’80. Y como él ha habido otros que han estado en situaciones similares y que han actuado de un modo diverso. Al final, son temas que tienen que ver con la conciencia del ser humano y con la prudencia.
—¿Cómo interpreta entonces la actuación de monseñor Francisco Javier Errázuriz? El New York Times señaló que debió abstenerse del cónclave por haber errado en el combate contra abusos sexuales y encubrir a sacerdotes?
—No soy quien para calificarlo. Sí puedo pronunciarme sobre el comportamiento concreto en los hechos y en su momento lo hice, buscando la verdad y tratando de poner los problemas sobre la mesa, como creo que corresponde. Ahora la decisión que tome cada cardenal respecto a su participación en el cónclave es un tema de la conciencia de cada uno, y ahí no me atrevo a meterme; sólo puedo decir que en su momento el ex arzobispo no tomó las medidas necesarias, que dejó pasar las cosas, pero no puedo hacer un juicio a su conciencia.
—James Hamilton mencionó en una entrevista que monseñor Errázuriz no debiera estar en el cónclave sino tras las rejas.
—Me explico la reacción de James Hamilton y de otros; el impacto emocional de un abuso es algo serio, con consecuencias muy graves. Entiendo que sus palabras hayan sido tan duras. Ahora, que (Errázuriz) tenga que estar dentro o fuera de las rejas es un problema de la legislación civil  (la Iglesia no tiene cárceles). Por otro lado, está el derecho canónico, y ahí permanece el padre Karadima encerrado en una casa religiosa, sometido a una disciplina, con la amenaza de que, si no cumple, puede ser expulsado del ministerio. Personas como él son un peligro para la sociedad, pero dado que no hay cárcel por parte de la Iglesia ni la hubo por parte del Estado, las medidas que se tomaron, dentro de todo, parecieran ser las más prudentes.
—A partir de 2003 que los denunciantes buscaron justicia. ¿Por qué cree que en todo ese tiempo Errázuriz no abordó el tema?
—Desde el punto de vista público era un asunto nuevo que, por su complejidad, era natural que provocara desconcierto.
—¿Le parece justificable?
—No quiero aparecer juzgando, sólo intento poner el acento en que entonces, cuando aparecieron las denuncias, el tema era una novedad y no se sabía cómo actuar. Y también existía otro elemento en juego: la realidad es que hay cada vez menos sacerdotes, y como contrapartida él estaba logrando muchas vocaciones en la Iglesia El Bosque, así que creo que había un espíritu como de: ‘por favor no lo toquen’.
—Aunque ya desde los ’80 circulaban rumores sobre Karadima. Usted mismo sospechaba…
—Había cosas extrañas, encontraba raro el ambiente de El Bosque. Pero finalmente el tema de fondo es el poder que él ejerció y que permitió abusar de las conciencias de otros más frágiles.
—Monseñor Errázuriz a usted lo trató de ‘mentiroso’ cuando dio cuenta de las denuncias.
—Sí… Habitualmente no me gusta que me digan eso. Pero son situaciones que a veces toca vivir y hay que enfrentarlas. La pregunta que me hice antes de involucrarme en esto fue la del Padre Hurtado: ‘¿qué haría Cristo en mi lugar?’, y con eso fui a la capilla y recé pidiéndole al Señor una señal.
—¿Tuvo costos para usted?
—Algunos…
Percival-Cowley03—¿Se sintió aislado, marginado?
—En un momento sí, aunque también mucha gente tuvo una reacción que fue impresionante: me llegaron más de 500 mails, llamados telefónicos, personas que vinieron a verme, que me saludaron en la calle y que yo ni conocía. Pero lo que rescato de todo esto es que pude ayudar frente al estupor de algunos.
—¿También hubo gente que se alejó?
—Algún miembro de la jerarquía, pero no fueron tantos. Posiblemente por el mismo desconcierto.
—¿Todavía están distanciados? ¿Qué pasa con el perdón?
—Yo no sé en concreto qué se puede hacer, si tendrían que dar ellos un paso hacia mí o si tendría que darlo yo… Me han dicho cosas muy duras que atribuyo a una falta de reflexión o a reacciones muy emocionales.
—¿Cómo lo afectó en lo anímico?
—En un primer momento me dolió mucho; es muy doloroso que el obispo maltrate a un sacerdote, sobre todo diciéndole cosas tan violentas.Pero después me quedé tranquilo con mi conciencia, por haber hecho lo que debía y aquello que yo creía que el Señor me estaba pidiendo. Y como a estas alturas no puedo pretender nada que se vincule con el poder, soy más libre.
—¿Perdonó a monseñor Errázuriz?
—No guardo resentimiento alguno.
—Se han dado muchos casos de abuso, tanto en Chile como en el mundo. ¿Tiene que ver con que en el Vaticano el ejemplo no ha sido el mejor?
—Aunque haya algunos en la cabeza que se hayan pervertido, la Iglesia sigue estando viva. No hay ninguna prueba más evidente de la existencia de Dios que la sobrevivencia de la institución durante 2.000 años, pese a todos los errores que hemos cometido. Ninguna organización es capaz de resistir estos embates. No hay sociología que explique esta realidad. Por eso hay que afirmarse en la Roca.
—Aunque se ha llegado al extremo de que, según los Vatileaks, Benedicto XVI habría temido por su vida…
—Pueden ser malas costumbres, gente que se habitúa al poder. Lo dije en el Vaticano, cuando me invitó la ex Presidenta Bachelet para la celebración de los 25 años de la paz con Argentina. El pobre monseñor con quien estaba compartiendo la mesa posiblemente se incomodó. Y lo repetí acá, hace algo más de un año, cuando pude conversar en privado con un cardenal. Él en un momento me dijo: ‘Usted es muy crítico, padre…’ Le contesté: ‘Soy el último carro del tren, me toca hablar con harta gente, con muchos que están tremendamente críticos de la jerarquía de la Iglesia, y si yo no le puedo decir esto, entonces ¿a quién?’. Se quedó callado.
—El cardenal Carlo María Martini dijo antes de morir que el Papa debiera hacerse aconsejar por 12 sacerdotes externos al Vaticano, los cuales tuvieran contacto con los jóvenes y con la pobreza, una mirada más fresca, ajena a la jerarquía. ¿Qué opina de esto?
—Creo que podrían invitar a un grupo de sacerdotes de distintos países, de más de 75 años, para que fueran a Roma a contarles cómo los vemos. Porque hay tantos sacerdotes que viven en poblaciones, con unos ingresos mensuales miserables, con poco más de 100 mil pesos al mes, en esta Iglesia que parece ser tan rica.

Lea la entrevista completa en la edición del 15 de marzo.

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