Pedro Cayuqueo Millaqueo (36 años, separado, una hija) se pasea apurado por el lobby del Hotel Foresta, frente al cerro Santa Lucía. Hablamos sobre la estatua de Caupolicán —obra clásica de Nicanor Plaza— que está en el sagrado Huelén. Nos dice riéndose que si la figura tiene una corona de plumas, no es mapuche, sino cualquier cosa. Caminamos a tomar un café cerca del Bellas Artes, por las calles de lo que él considera otro país.
Periodista filudo, columnista de The Clinic, El Post y El Mostrador, además de fundador de los periódicos Mapuche Times y Azkintuwe. Cayuqueo se declara habitante de Wallmapu (Estado mapuche, en mapudungún), dice ser “indio, salvaje, quemabosques o como usted prefiera” en su biografía tuitera, donde tiene 18 mil seguidores. También —y por si no fuera poco el ajetreo— es miembro del consejo consultivo del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) y sus ideas las recopiló editorial Catalonia en Solo por ser indios, que será lanzado en pocos días en la Feria del Libro de Santiago.
Tiene un discurso ponderado. Sabe lo que quiere decir, lo ha estudiado. Ha dado conferencias en el extranjero sobre el tema e incluso lo han invitado a la televisión a explicar qué piensa este periodista que formalmente no representa a nadie, pero que suma adeptos a ambos lados de la frontera araucana.
En sus años como estudiante de derecho y periodismo (es titulado en la Universidad de La Frontera), fue dirigente de la Confech, pero asegura que nunca ha militado en un partido, lo que no le impide soñar con ser —algún día— alcalde de su querido Temuco, capital de lo que llama la ‘nación mapuche’.
“Nací en Puerto Saavedra. Soy mapuche por todos lados. Yo soy urbano, pero mi raíz es gente de campo. Mi madre era de Entre Ríos y mi papá de Carahue. Se conocieron en Santiago. Mi mamá estudiaba enseñanza media y mi papá hacía el servicio militar. El 70 por ciento de los mapuches vive en ciudades y de esos, la mitad está en Santiago”, cuenta mientras se devora un pan con palta y habla del bulliying que sufrían los mapuches en el colegio. “A mí no me afectó eso de indio o negro curiche. Cuando niño sólo pensaba que quería ser biólogo marino, porque alucinaba con Jacques Cousteau”, recuerda.

“Igual cuando chico sentí vergüenza de mi origen, me dolían las burlas, cuando pasaban la lista en el colegio. Eso se revirtió para la celebración del quinto centenario (del descubrimiento de América), en 1992. Me encontré con ese choque. Mis abuelos me contaban que éramos una raza guerrera, indomable y que los chilenos no existían acá hace 100 años. Pero en la escuela te decían otra cosa y ahí me empezó a surgir la sensación de que había algo raro que no estaban contando”.
—Al grano y para los que no saben: ¿Cuál es hoy la zona más conflictiva?
—Si tuvieras que describir la Araucanía como Santiago, La Legua emergencia sería Ercilla. Hace unos días allí le hicieron una funa al ministro Mañalich, le quemaron la casa a un lonko. Ahí murió el sargento Albornoz, mataron a Mendoza Collío. Allí están los niveles más bajos de educación… hay alcoholismo, hacinamiento, droga. Ercilla es pobrísima. Cuando empecé a conectarme con sus líderes, me di cuenta de que eso era el quinto mundo. Las madereras han hecho mucho daño medioambiental. Las familias no tienen agua en los pozos, la tierra está seca, hay mucha hostilidad y bolsones de pobreza gigantescos. Y si te fijas, el conflicto que aparece en la prensa, está situado en Ercilla, Traiguén y Lumaco. Eso es paradójico, porque ahí están instaladas las mayores forestales y si es por eso deberían ser comunas ricas, pero allí sólo se genera empleo precario, donde la gente poda árboles cada tres años. El asunto es una condena donde no queda otra que patalear.
—Piñera firmó el decreto que crea el área de desarrollo indígena de Ercilla (ADI), que será presidido por el lonko Juan Carlos Curinao, el mismo al que le quemaron la casa hace unos días. ¿Qué opina de él y qué le parece la iniciativa?
—El ADI, en la medida que implica posicionar el diálogo por sobre la lógica de los calabozos y la represión, es para Ercilla un gran avance. Inédito en la historia reciente. Cuestión diferente es si realmente podrá transformarse en una ‘salida política’ a la conflictividad existente en la zona. Por lo pronto, cuenta con el respaldo mayoritario de las comunidades y esa legitimidad, guste o no, nadie la podría cuestionar. Así como tampoco el respeto que muchos mapuches, no sólo de Ercilla, sienten por el lonko Juan Carlos Curinao, un hombre de destacada trayectoria en la lucha mapuche. No se trata de un ‘aparecido’ o de un traidor como se lo ha querido caricaturizar. El gobierno tiene una tremenda oportunidad de hacer las cosas bien. Y también de farrearse la coyuntura, cosa que la Concertación hizo por 20 años. El ADI Ercilla es un libro abierto, con páginas en blanco aún por escribir.
—¿Qué hay tras los ataques de sectores radicales a fundos?
—No niego que exista violencia mapuche y la he condenado públicamente, porque no me parece que sea el camino. La vida ha sido tan penca con algunos, que siento que no tienen para qué quemar cosas para demostrar su descontento. Ahora, es tal el grado de abandono y tan poco lo que el Estado ofrece como solución, que se llega a la violencia.
—También se habla de autoataques de los fundistas para cobrar seguros.
—Reconociendo que existe violencia mapuche y que hay algunos que creen en esa vía, a mí me sorprende y me merecen dudas los ataques contra pequeños campesinos pobres winkas (no mapuches). Hasta el más radical se da cuenta de que quemarle la casa a un pequeño agricultor no suma a la causa.
—¿Entonces qué es lo que pasa ahí?
—El conflicto se transformó en un negocio donde los mapuches no son los beneficiados. En el sur hay especulación inmobiliaria con las tierras y las disputas cayeron del cielo para muchos dueños de fundos que estaban completamente quebrados. En ese escenario, la tierra se vuelve un bien rentable, con gente dispuesta a pagar tres veces el valor de la hectárea. Eso genera un caldo de cultivo para que operen mafias de corredoras de propiedades y agricultores que les interesa incrementar el escenario de violencia…
—¿Cómo queda el comunero mapuche ahí?
—Como el que recibe los palos y se va preso.
—¿Cuál es la mayor reivindicación pedida?
—La gente de las comunidades quiere recuperar tierras que legalmente le corresponden. A veces se caricaturiza esto, como que queremos volver al siglo XV, pero este problema tiene 130 años, cuando se fundó Temuco. ¡Antes Chile no existía ahí! ¡Por eso que cuando paso el Biobío, digo que estoy en otro país! Incluso hay muchos problemas de tierras que tienen 30 años, con la contrarreforma agraria de Pinochet, cuando muchos territorios de comunidades fueron usurpados por dueños de fundos.
— ¿Entonces lo que se plantea como reivindicación sería una nueva reforma agraria?
—No. En la llamada pacificación de la Araucanía hubo una guerra que los mapuches perdieron y se le encerró en reducciones. Ese es el nombre legal y dice mucho. Se crearon como 2 mil. Un territorio, que para nosotros es el país mapuche, quedó convertido en pedacitos rodeados de terrenos fiscales donde el Estado trajo colonos extranjeros. Obviamente las tierras mapuches se ubicaron en los cerros y no en los valles, donde ahora está Urban y otros colonos. El abuelo de Urban llegó desde Suiza y el Estado le regaló tierras. Ellos corrieron los cercos y mataron gente. Cuando se habla de quemas y usurpación de tierras, pareciera que se olvida que Chile hizo lo mismo.
—Además de la tierra ¿qué más hay?
—Como mapuche urbano, periodista, siento solidaridad étnica, pero para mí el tema ahora no pasa por la tierra, sino por una cuestión geopolítica. A nosotros nos interesa tener poder.
“Al chileno es difícil pedirle que entienda de diferencias culturales. La educación tiene una deuda ahí. Cuando digo que no soy chileno, se enojan… ¿Cómo le explicas que alguien puede ser catalán y español a la vez? Hay definiciones universales: si hay una lengua común, un territorio, una religión, patrones culturales. ¡Eso es una nación! ¡Te guste o no! ¡Y en el concierto internacional, las naciones tienen derechos!”.
—¿Cuál es su percepción respecto de la idea de la autodeterminación?
—Somos una nación. Una de las salidas políticas a esto es que se genere lo que pasa en España: las comunidades autónomas, como Euskadi, Cataluña o Galicia… ¿Por qué los mapuches no podríamos ser un autogobierno en la Araucanía, con presupuesto propio y un parlamento regional? ¡Y eso no significa separarse de Chile! Por ejemplo el caso vasco: ¿Prefieres tener a ETA matando españoles o participando por vías institucionales? En Quebec pasa lo mismo. A mí no me cae mal Chile, no soy racista, pero hay mapuches que, por ejemplo no hablarían contigo, con un winka y en ti personificarían 500 años de mala onda. Eso no me parece.
—¿Cuáles son las ayudas mutuas, las oportunidades que ve entre chilenos y mapuches?
—Chile tiene una tremenda oportunidad porque carece de identidad. Un sociólogo francés me dijo que acá el mayor símbolo de identificación era la selección de fútbol. Si la cohesión es esa, estamos mal. El chileno niega lo mapuche.

“ESTE PAÍS ES MESTIZO, SON PRIMOS NUESTROS PERO NO LO RECONOCEN. El chileno no quiere asumir que es hijo de la nana mapuche de su casa. De esa que lo educó, le cocinó y limpió el poto. Pensar que pueden estar relacionados con ella, les da picazón. Y eso habla de una sociedad arribista, conservadora, que no le gusta la diversidad. A muchos estudiantes les he dicho que se miren al espejo y se den cuenta de que tienen más cara de indígena que yo”.
—¿Quiénes son sus enemigos?
—No tengo. Lo que tengo son obstáculos y son todos los que se niegan a que Chile llegue al siglo XXI. Lo moderno en el mundo no son los estados centralizados, por eso estamos en crisis. Lo demuestran los conflictos en Aisén, Calama… En Santiago se invierten 3 mil millones de dólares en una línea de metro y en Temuco, la segunda ciudad más contaminada de Chile, nada. Eso no se entiende. ¿Cuál es la mirada santiaguina al conflicto mapuche?: Seguridad pública. Te aseguro que Hinzpeter no tiene idea de la historia mapuche y no lo culpo por eso. Me da pena, porque nunca le enseñaron.

Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl