Una fábrica blanca con grandes ventanas y líneas metálicas negras destaca en medio de las casas de este barrio residencial. Al abrirse las rejas, se descubre también una construcción que resalta por sus coloridos vitraux. En el salón de estilo art nouveau está el descendiente directo de la quinta generación del fundador de la marca de equipajes más lujosa del mundo. Patrick-Louis Vuitton es una persona afable, que viste un traje de pana y siempre tiene su pipa cerca.

Con una afectuosa sonrisa comienza por presentarse: “Nací en Asnières, viví aquí durante treinta y cinco años y hace cuarenta que trabajo para la maison”. A pesar del peso de la herencia familiar dentro de la marca, Patrick-Louis no estaba entusiasmado con trabajar en la fábrica, “tenía más ganas de ir al campo, de ser veterinario y ocuparme de los animales. Siempre era un gran tema de discusión con mi abuelo”, cuenta. Fue un tiempo después, en 1970, cuando su abuela, madame Gaston-Louis Vuitton, retomó las riendas de la casa y lo convenció: “Como lo requiere la tradición, fui contratado de obrero”, relata con orgullo. En el atelier aprendió carpintería y todos los escalones de producción.
Con los años y la adquisición del savoir-faire tradicional pasó a la dirección del atelier de Asnières, para luego abrir fábricas en otras zonas de Francia. Como él mismo dice, es un ‘embajador itinerante’: “Me paseo por el mundo para diferentes eventos Louis Vuitton pero también me ocupo de la creación, desarrollo y fabricación de todos los pedidos especiales”. Hoy, ese departamento de pedidos hace soñar a muchos, aunque sólo unas trescientas solicitudes son aceptadas y creadas cada año.

“El cliente va a una tienda donde hay siempre un vendedor entrenado; luego me llega el expediente. Lo reviso con el equipo técnico para ver si es realizable o no y si se trata de una pieza compleja hago una reunión con el cliente en la que discutimos y dibujamos. Después se establece un presupuesto y, si lo acepta, se fabrica”, explica. Son varios los que dan rienda suelta a distintas excentricidades, pero Patrick-Louis es categórico: “Digo no. Hay gente que pide inmensos baúles y después de cierto tiempo llegamos a comprender que no es para viajar, sino que para hacer un mueble para sus casas. Eso no lo hago. La regla es que sea un equipaje que se pueda cerrar y que los objetos que están adentro lleguen en buen estado al otro lado del mundo”.
El heredero no revela los nombres de sus exclusivos clientes porque “cada proyecto pertenece a quien lo pidió”. Sin embargo, para Patrick-Louis todos tienen un punto en común: “Son grandes viajeros, que van a pasar cien, doscientos, hasta trescientos días al año en aviones, autos, trenes y necesitan un equipaje particular para transportar cosas específicas. Pueden ser vestimentas de artistas o un músico que quiere hacer viajar de la mejor forma posible su instrumento”, cuenta a modo de ejemplo. Claro que algunos pedidos lo han marcado más que otros.

UNA MUJER PIDIÓ UNA CAJITA CON DOS COPAS DE CRISTAL para llevarla cada vez que viajaba porque no le gustaba el champagne en los vasos del avión. “Estas partirán de París y llegarán quizás al otro lado del globo en perfecto estado”, dice.
Un chino le pedió un pequeño baúl que le permite ver la TV en cualquier parte del mundo y tomar café con amigos. “No hay diamantes ni oro, sino buen material, bien hecho. Para mí eso es un gran lujo”, sentencia.
A pesar de que vive rodeado de buen gusto y extravagancia, para Patrick-Louis el lujo no tiene que ver con el dinero: “Se trata de algo personal que está muy ligado al tiempo. Poder detenerse un momento de esta vida convulsionada para aprovechar el instante, puede ser un gran lujo. No es necesariamente el grifo en oro en un baño”, comenta.