En una mañana luminosa, instalado en la mesa con café recién preparado y vista al jardín que pide a gritos una podadora, el optimismo de Patricio Fernández descoloca. No es lo que se esperaría del director del periódico The Clinic, novelista, miembro del panel Alerta Temprana (Vía X), opinólogo radial e integrante del Consejo de Observadores para la nueva Constitución. Sin embargo, cuando todo parece derrumbarse —las instituciones, el modelo, la credibilidad de los políticos, la alta jerarquía eclesiástica, el gobierno, la ANFP, etc.— en medio del polvo y las ruinas, Fernández aplaude, como él declara, igual que en la última escena de Zorba el griego. “Hay ciertas cosas que se tienen que derrumbar y a mí me encantan los derrumbes; hay algunos que son virtuosos aunque exigen un trabajo de reconstrucción arduo”.

Celebra, por ejemplo, algo que para él se hizo evidente al terminar el 2015: “Ya no existe una casta superior, los cardenales no son mejores que los diáconos, el millonario más millonario moralmente no es distinto al junior, los ladrones no viven solo en las poblaciones y ya nadie debiera poder tratar a otro como un inferior. El clasismo chileno recibió un gran golpe”, declara. Y no descarta que, así como en el pasado año en Las Condes y en Vitacura se organizaron cacerolazos para reclamar contra la delincuencia, este 2016 nadie debiera extrañarse si los vecinos de La Pintana o La Pincoya protestan “contra los delincuentes que viven en el barrio alto”. Palabras que hay que tomar como de quien vienen: Patricio Fernández Chadwick, egresado del Verbo Divino, sobrino de Andrés Chadwick Piñera y, por tanto, íntimamente emparentado con el ex Presidente Sebastián Piñera. Hace años, cuando The Clinic recién llegaba a los quioscos, recibió un combo ni más ni menos que de Carlos Alberto Délano —hoy formalizado en el marco del Caso Penta— a quien no le hizo ninguna gracia una portada de Jaime Guzmán apareciéndose a Longueira en un sauna. Anécdotas que alimentan su imagen de enfant terrible y que él no tiene problemas en cultivar.

“Ya no hay santones, se acabaron las virgencitas. Y como yo nunca he considerado la virginidad un valor, estoy feliz”, continúa entusiasta. Y fundamenta su proclama optimista: “Mientras algunos creen que todo se vino abajo, para mí está la posibilidad de mejorarlo todo. Por eso aplaudo que este país se esté derrumbando”.

—¿De verdad cree que eso vaya a pasar?

—No soy profeta, pero me gustaría creer que será así. Algunas cosas ya se ven: la clase alta siempre utilizó sociedades de inversión para hacer determinados gastos y cargarlo a la empresa para evadir impuestos; hoy algunos tendrán que pensarlo dos veces si es que pretenden comprar pasajes para las vacaciones a través de sus sociedades o pedir factura en el supermercado para fiestas familiares.

—Sin embargo, cada vez que en un restorán llega la hora de pedir la cuenta, el mozo pregunta con toda naturalidad “boleta o factura”, aunque se trate de un cumpleaños infantil un día domingo…

—Las cosas cambian de a poco, son procesos, lo importante es que a partir del 2016 en este país no seguirá siendo el mismo.

Y agrega:

“Ahora, decir que estábamos en las garras de unos sátrapas tampoco me convence; ellos hacían trampa simplemente porque podían, porque estaban todas las condiciones. Por lo tanto, reclamar porque no actuaron sin pensar en el bien del prójimo es una ingenuidad. Además, en Chile durante mucho tiempo existió la mentalidad de que ganar plata era sinónimo de virtud, no había nada mejor, persona más exitosa, que un emprendedor lleno de triunfos”.

—La visión que se impuso con la dictadura económica.

—Pero después la Concertación se fascinó con la productividad y el crecimiento… No lo condeno, pero andar encandilado por la vida, como si ese fuera el único objetivo y motor, no me parece.

—Pero eso es algo que está cambiando con las nuevas generaciones…

Giorgio, la Camila, Boric, todos ellos nacieron en 1988, el año del Plebiscito. No dialogan con la dictadura sino que con la transición, y le han venido a cobrar sus cuentas. Ahora, que sean ellos los que vengan a sentirse santones y vean a las generaciones anteriores como si fueran lo peor… Habría que recordarles que fueron estas personas las que se tomaron la UC a fines de los 60, quienes hicieron la reforma universitaria y entraron siendo muy jóvenes a la UP, o sea, fueron mucho más revolucionarios. Pero pasó el tiempo y se acomodaron.

Observando detrás de sus gruesos anteojos a ambos mundos en pugna, la herencia de la dictadura y las exigencias de los hijos de la transición, Fernández cree que la única salida “se llama reformismo”.

—Sin embargo, para Michelle Bachelet no ha sido fácil; sus reformas han generado grandes resistencias en el mundo del poder.

—Es la caída de las elites: tienen mucho que cuidar, deben defender sus privilegios. Al mundo empresarial, amparado en su amor por el crecimiento y su deseo de generar riqueza, se les ha permitido hacer zamba y canuta. Han hecho lo que han querido.

Y así como analiza al mundo empresarial desde los privilegios históricamente aceptados, ahora dirigiendo el foco al sector político, declara: “Ellos no son una manga de sinvergüenzas, no es verdad, al menos no más frescos que el sindicato número 33 de Ferrocarriles; han estado sumidos en un ámbito de manga ancha donde se conseguían platas para sus campañas de manera trucha porque se podía. Lagos hizo una ley para el financiamiento de la política que permitió la entrada de las empresas, lo que quedó establecido como una práctica. Pero antes el sistema funcionaba con platas dentro de maletines. Así que esto no es un camino de perversión reciente. En Chile la democracia se constituyó pidiéndole recursos a Sadam Hussein y hasta Bettino Craxi, figuras repoco ejemplares cuyos dineros llegaban en maletas, pero había que reconstruir la democracia y no era para estar chillando. Pero si hoy la política se financiara como en el ’96 sería un escándalo de proporciones cósmicas. Por eso, pensar que Chile está en el acabose es una pendejada, y amplificar lo que está sucediendo en vez de ver las posibles correcciones que están sobre la mesa es una irresponsabilidad.

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—Algunas de esas correcciones están en las reformas de Bachelet, sin embargo, ha debido enfrentar la ‘cocina’ de la DC y también existen críticas que no han sido bien hechas.

—Siento temor cuando todo sale tal cual uno se lo propone; las cosas se enriquecen con las transformaciones del trayecto. Dicho esto, creo que las reformas se pensaron poco. Y creo que efectivamente tuvieron más de titular que de desarrollo. Pero me pregunto: ¿con exceso de cálculo y de información se pueden echar a andar reformas importantes? Tiene que haber un impulso algo demente para que la historia se mueva; ahora, si la demencia perdura entonces nos vamos al carajo. Me habría gustado, por ejemplo, que la reforma educacional hubiese partido por la escolaridad y se hubiese abocado en generar una potente educación pública en primerísimo primer lugar, pero se echó a andar y hoy ya nadie se atreve a decir que no era necesaria. Entonces estamos conversando con la vara un poco más arriba.

—¿Michelle Bachelet está pagando el precio por su “locura” al hacer las reformas?

—¡Por supuesto! Pero llevarlas adelante sin pagar el precio es imposible. Se está enfrentando al poder más encarnado, a los dueños de Chile. Pero a pesar de que algunas cosas no han estado bien hechas, hay algo claro: ya nadie podrá deshacer lo avanzado. ¿O tú crees que si Sebastián Piñera vuelve se atreverá a bajar los impuestos o le quitará la gratuidad a las 200 mil familias que este año obtuvieron este beneficio? Se trata de votos.

—Está convertido en un optimista, Patricio.

—Es que el pesimismo me aburre. Si piensas que todo está mal, que nada va a cambiar, mejor acuéstate y deja de pensar. Mejorar las cosas requiere de un esfuerzo y de un rigor intelectual, creativo y artístico.

—¿Pero dónde queda su optimismo cuando analiza al momento actual de la Presidenta con el Caso Caval?

—Ahí me cuesta un poco. (Suspira) Compadezco a Michelle Bachelet. El Caso Caval es un problema político y humano de dimesiones extraordinarias que puede ir cada vez peor; a medida que se distancia la relación madre-hijo la amenaza de que él se convierta en su enemigo frontal es cada vez mayor. Si no estuviera haciendo tantas cosas e involucrado en un proyecto literario periodístico me abocaría a escribir esta mega-novela.

—Usted entrevistó a Michelle Bachelet cuando recién llegó a Chile desde Nueva York, tras terminar su cargo en la ONU.

—Ella no quería ser Presidenta, pongo las manos al fuego por eso.

—¿Se lo dijo?

—Fue parte de nuestra conversación y además era fácil percibirlo. Michelle era feliz en su estado de anonimato y de reconstrucción familiar; estamos hablando de una mujer sola, con tres hijos bastante dispersos a quienes no ha tenido la ocasión de prestarles atención. Además, si algo la caracteriza —y es lo que le dio la popularidad durante mucho tiempo— es que no es un ser humano sediento de poder. A diferencia de los grandes políticos que reconocen la cara horrible del poder y se excitan, ella se aterra y se encierra. Pero la manera de matar a los fantasmas es jugar con ellos, no paralogizarse. Pensé que el liderazgo en ese sentido lo iba a asumir Burgos, que con el cambio de gabinete se iba a convertir en el líder de este gobierno, pero no lo he notado.

—¿La Presidenta tenía que empoderarlo?

—Las cosas no son así. Las generaciones políticas no tienen que ser empoderadas: se toman el poder.

—¿No fue eso lo que ocurrió tras el impasse de la Araucanía: golpeó la mesa y tomó las riendas?

—No sé, como dicen en el póker, pago por ver. Además que la DC no se cuadró con el ministro del Interior sino que jugó una serie de miserias personales, cada uno por su lado, con Pizarro, Gutenberg Martínez, mientras tanto Burgos era el pavo de la fiesta. Espero que tome las riendas, esa es su tarea.

Twitter: @PatoFdez