¡Bajo al tiro!, se oyó desde el piso alto. Unos minutos más tarde apareció por la escalera, tranquilo y sonriente. Era importante verle la cara esa mañana, la mañana siguiente al debate que todo el país comentaba.

La entrevista fue en su casa, esa casa antigua de tres pisos, de ladrillos rojos, patio empedrado y estilo inglés, que construyó su amigo Tomás Reyes hace treinta años. Y que hace unos meses debió adecuarse al ajetreo de la campaña. Un portero eléctrico y algún remozamiento en el tapiz de los muebles del living fueron suficientes.

Pero muy pronto la casa se hizo pequeña para tanta reunión. El comando arrendó entonces otra, en Américo Vespucio, y la arregló para audiencias. Claro que para algunas cosas él sigue prefiriendo reunirse en Arturo Medina. Allí mantiene una secretaria privada que recibe y recibe llamados. Hasta la nana deja la escoba esa mañana y hace de telefonista. Pero en la conversación uno se olvida de que la campaña prosigue acelerada detrás de la puerta. Es por la serenidad de Aylwin que parece decir tengo todo el tiempo del mundo.

Él sabe que no. Que el mare magnum en que está sumida recién comienza. La locura que lo ha obligado, a los 70 años, a redoblar su energía. Hay muchos que lo ayudan. El comando que organiza las giras y los eventos, Gonzalo Sepúlveda, su cardiólogo, que lo mantiene en constante chequeo. Y esa familia –decir aclanada es poco– que lo cuida como gato de espaldas. Y está rejuveneciendo.

PICOTONAZOS

–¿Qué pasó con el debate?

–Me habría gustado un debate más elevado. Büchi fue a las patadas desde el primer momento, a dar picotonazos contra el resto de la Concertación, en una campaña del terror, lo que me obligó a entrar a la defensiva y a replicar. En lugar de explicar cómo compatibiliza su programa, se fue en meras afirmaciones. Él va a ser presidente, él es moderno, él es capaz de hacer las cosas. Pero lo que no explicó es cómo lo va a hacer. Todo consistió en tratar de caricaturizar que mi posición era la vuelta al pasado, que era la dominación de los partidos marxistas, que era la repetición de las experiencias de Argentina y de Perú… Y eso no tiene ningún asidero.

–¿Por qué cree que Büchi empleó ese tono?

–Fue agresivo porque es lo que le soplaron sus asesores. Es un hecho que las encuestas me favorecen mucho; entonces él, que no tiene ninguna experiencia, trató de ver si me picaba y me descontrolaba.

–¿Y siente que lo logró?

–Ya a mis años no es fácil que me descontrolen.

–¿Cree que realmente con un debate se gane o se pierda según el voto?

–Creo que el programa tal como resultó no cambia las cosas. El análisis de mi comando era que Büchi tenía muchas posibilidades de ganar puntos si hacía una exposición muy brillante en materia económica y me acorralaba o me dejaba como un ignorante en el área técnica. En todo caso, yo diría que él no sacó esa ventaja y no creo que haya mejorado su posición. Yo, que estaba adelante, podía perder. Es decir, fui a este foro en la conciencia de que tenía muy poco que ganar y sí mucho que perder. Y él tenía mucho que ganar y nada que perder, pero no creo que haya mejorado su puntaje.

–¿Piensa usted que los votos que usted tiene a su favor son votos seguros?

–Sí, pero también hay lo que los técnicos llaman el voto blando. Un voto que está conmigo, pero no está con los otros candidatos de la Concertación o que está con los candidatos a parlamentarios de la Concertación, pero se manifiesta indeciso en cuando a presidente. En el fondo, corresponde a los que tienen miedo a la presencia marxista en mi campaña. Todo el esfuerzo de la campaña de Büchi está orientada a tratar de arrebatarme ese voto blando.

–¿Y no piensa usted, por ejemplo, en esta señora dueña de casa a la que efectivamente le gusta la democracia, pero le tiene mucho miedo a la combinación con partidos de izquierda..? Esa gente querría una definición más enfática…

–Creo que he sido bastante claro y categórico. Insisto en que si queremos terminar la guerra y queremos un país que avance superando estos traumas, tenemos que contar con esa gente a la cual ellos le tienen miedo. Entre esa gente hay una minoría que puede seguir con la cabeza caliente, pero hay claramente una mayoría dispuesta a trabajar para sacar este país adelante.

–¿Pero le ha expresado, por ejemplo, su molestia a Clodomiro Almeyda?

–He declarado públicamente que estoy en desacuerdo con sus declaraciones y también se lo voy a decir en privado.

–Vamos a sus contrincantes. ¿Qué es lo que le parece más peligroso de Hernan Büchi?

–Mire, sin falsa modestia, no le tengo miedo a Büchi. No lo creo un candidato capaz de aglutinar en torno suyo a una mayoría. Creo que fue un gran error histórico de la derecha de esta país que lo haya escogido a él y no a Jarpa. Y para mí fue un alivio. Yo a Jarpa le tenía temor. Con Jarpa yo no habría apostado a que gano.

-¿Y qué le parece Francisco Javier Errázuriz?

–Yo no veo a Francisco Javier Errázuriz rompiendo el cerco y superando la barrera. Da la sensación de un joven impetuoso, demasiado pagado de sí mismo, sin ninguna humildad. Y en la vida es necesario saber ser humilde. Él lo sabe todo, él tiene remedios para todo y la gente se da cuenta de eso. No pongo en duda su buena fe e intenciones, pero es poco creíble. Y no lo veo con equipo. Detrás de mí hay equipos, detrás de Büchi también, pero él no tiene equipos ni políticos ni técnicos. Tiene su persona, que es un motor de 120 caballos disparados.

–¿Y cuál es el punto más débil de su propia campaña?

–Obviamente, la vulnerabilidad que crea esta imagen explotada por nuestros adversarios y facilitada por declaraciones del sector más de izquierda de mis partidarios, de que hay mucha heterogeneidad en mi respaldo político. A eso yo contesto que el acuerdo en torno al programa fue un acuerdo serio, gestado en años de trabajo. Pero es evidente que hay sectores minoritarios de la izquierda que no se han desprendido del ideologismo ni del lenguaje de hace quince años y crean problemas. Eso, unido a la posición anómala en que se encuentra el partido comunista, que por un lado expresa que me apoya sin condiciones, mientras otros dicen que al día siguiente van a ser oposición o formulan declaraciones que no ayudan en nada. Y yo no he tratado ninguna condición para que me apoyen, salvo decir que ellos deben tener un lugar en la democracia si respetan las reglas del juego y renuncian a la violencia.

Lo dice en serio. Alguna vez, cuando recién se barajaban opciones posibles, alguien comentó que Aylwin era demasiado buena persona para ser Presidente. Y si le faltaba carisma o pasta de candidato, parece que ha aprendido. Hoy controla esa sonrisa fácil que tanto le criticaron. Claro que a veces le sale del alma sobrepasando al político en campaña. Y los años de baile le dan, en concentraciones y en pantalla, la soltura que no se aprende en maratónicas horas de ensayo. Aunque también se ensaya.

–Si los votos lo favorecen en diciembre, ¿qué le gustaría que se dijera del Presidente Aylwin en 1993?

–Si logro al cabo de cuatro años entregar un país con democracia política real, con participación de la gente, superados los odios, con paz interna, manteniendo una tasa de crecimiento razonable en lo económico y con mayores niveles de justicia social,  habré cumplido una tarea histórica y me sentiré tremendamente satisfecho.

–Usted dijo en televisión que esperaba entregarle el gobierno a otro DC y no a un socialista. ¿No se enojó Ricardo Lagos por sus expresiones?

–Es muy probable que no le guste, pero él mismo reconoce que no podía esperarse otra cosa. Lo dije deliberadamente porque como en su pequeñez, tontería o maldad, nuestros adversarios hablan de un pacto secreto por el cual yo tendría el compromiso de pavimentarle el camino a Lagos para que sea él el presidente, me pareció conveniente dejar las cosas en claro. Soy candidato de toda la Concertación y seré presidente por encima de mi partido, pero entiendo que el éxito de mi gobierno a quien más beneficia es a la DC, la que hoy por hoy tiene la mejor chance y el mejor título para aspirar a la sucesión. Eso va a depender del comportamiento de cada cual en el curso de estos años y de la confianza que logren ganar en la opinión pública.

FUERZAS ARMADAS

–Usted dijo que el tono de la campaña lo iba a imponer usted. ¿Ha logrado hacerlo?

–En línea gruesa, en la campaña se está dando el tono que yo he dado, que llama a la unidad y a buscar soluciones de paz. Podrá haber excepciones en algún candidato a diputado, yo no puedo controlarles la lengua a todos.

–Quiero entrar al rema de las Fuerzas Armadas. Ha dicho que prefiere ver al general Pinochet como senador vitalicio y no como comandante en jefe, y espera su retiro voluntario y pacífico. ¿Cómo piensa lograrlo?

–Bueno, ésa es una de las tareas que tendremos que abordar en su momento.

–Pero, ¿realmente lo cree posible?

–Lo creo posible, tengo mucha confianza en que lo vamos a conseguir. Pero creo que la mejor manera de ponerme dificultades para cumplir ese objetivo sería que empezara a ahora a explicar el cómo.

–También se ha dicho que la conversación con las Fuerzas Armadas debe ser después de diciembre. ¿Por qué entonces?

–Porque si en ese momento las Fuerzas Armadas quieren conversar sobre su status, las condiciones para el futuro y los problemas que les interese plantear, tendrían que conversar con los tres candidatos. Y en el hecho sería involucrarlas en el proceso electoral, porque según lo que cada uno de ellos les diga podrían irse cargando hacia uno u otro. Por lo demás, algunos de los mandos, como el almirante Merino, no han ocultado con quién están sus simpatías. Por eso a esta altura esa conversación no tiene sentido. Que, como dije en el debate, se pueda ir preparando la agenda, es otra cosa. Per no como lo insinúa el señor Büchi, en conversaciones son subalternos a espaldas de los mandos, sino con autorización de los mandos.

–O sea, ¿no se trata de que equipos de avanzada estén tratando de tirar cuerdas?

–No. Se trata de que, con autorización de los mandos, se reúnan personeros de ellos y de los partidos políticos y vean cuáles son los temas que debieran analizarse en una conversación posterior. Es lógico que el que converse sea el que gane y tengo mucha confianza de que voy a ser yo.

–¿Realmente el más probable futuro presidente no tiene amigos militares?

–No, militares en servicio activo no tengo.

–¿Por qué?

–Porque al militar que hubiera osado conversar conmigo en estos años, a las 24 horas lo habrían llamado a retiro… Podría darle el nombre y los apellidos de muchos militares que habrían querido conversar, pero no se han atrevido a hacerlo.

–¿Y usted ha intentado acercarse a ellos?

–Mire, en este momento me parece absurdo. Voy a esperar el 14 de diciembre.

–¿No le parece muy grave que un futuro presidente no tenga contacto con la plana militar?

–Es decir, en la historia de Chile eso ha sido lo normal. Tal vez no es bueno. Cuando don Jorge Alessandri llegó a la presidencia no había hablado con ningún militar y estoy seguro que Eduardo Frei tampoco.

–Pero fue grave que no lo hubieran hecho. Porque se fueron aumentando los rencores.

–Evidente. Ha habido históricamente una incomunicación entre el mundo militar y el mundo civil político de este país. Antes era la incomunicación en un mundo militar un poco marginado, hoy es un mundo militar dominante, dueño del poder. Pero lo cierto es eso. Ahora, es muy probable que los prejuicios de la prédica del general Pinochet contra los políticos estén generalizados en el mundo castrense, y tendremos que demostrar que esos prejuicios son falsos para lograr crear un clima de entendimiento y trabaja en una colaboración leal y franca.

DESDE EL SILLÓN

–Si le toca sentarse en el sillón presidencial, ¿a qué le teme más el Presidente Aylwin?

–Los problemas que el gobierno deberá afrontar van a ser serios fundamentalmente en tres temas. Uno, la reubicación del mundo castrense, acostumbrado a ejercer el poder político, en el plano que constitucionalmente le corresponde en una democracia, ajeno al ejercicio de toda función política. El segundo, vinculado con el anterior, es el tema de los derechos humanos. En esta materia tendremos que proceder procurando conciliar la virtud de la justicia con la virtud de la prudencia.

–Disculpe que o interrumpa. Respecto a esto último, ¿qué cree que es lo que el país realmente quiere?

–El país quiere saber la verdad y creo que tiene derecho a ello, pero esto no debe convertirse en una caza de brujas, en venganzas ni en juicios institucionales. Claramente yo he dicho: verdad, justicia, perdón. Algunos son reacios a los último, otros a lo primero y lo segundo, pero es lo que la mayoría del país quiere. Para mí, el ideal es que a eso se le dé in corte rápido, mientras más rápido mejor.

–¿Y el tercer tema?

–El riesgo evidente de que al llegar la democracia se produzca una revolución de expectativas, que la gente postergada durante todos estos años presione para que sus problemas se solucionen. Eso indudablemente abocaría al gobierno a una situación de convulsión social en la que, su cediera, conduciría a un fracaso económico. Tenemos que tener mucha comprensión con la gente, pero al mismo tiempo mucha claridad de objetivos y firmeza en las decisiones. El programa es claro en decir que no se van a remediar los problemas de la noche a la mañana, que necesitamos ir por etapas, y en todos mis discursos lo repito en forma majadera.

–¿Tendrán paciencia los socios de izquierda dentro de la Concertación?

–Es que los socios de izquierda entienden muy bien que si conducen al país o al gobierno al fracaso, o vamos a tener un nuevo golpe militar o en cuatro años más le entregaremos el poder a la derecha. No se trata sólo de que compartan mis puntos de vista y estén de acuerdo en que éste es el camino. Un mínimo de interés político sensato debe llevarlos a colaborar en una política responsable.

–Pero como todos están esperando que llegue la democracia a arreglarlo todo…

–Esa frase no es cierta. No todos los sectores están esperando que llegue la democracia a arreglarlo todo. La mayoría de la gente sabe que se inicia una etapa en que vamos a trabajar para que se vayan solucionando los problemas y que hay muchos que no tienen arreglo. Podrá esclarecerse la verdad de la gente que desapareció, pero que aparezcan… no tiene arreglo. ¿Vamos a crear de nuevo los servicios públicos que desaparecieron, y a nombrar a todo el personal despedido? No, categóricamente no. (Y por primera vez alza el tono).

–Büchi asegura que, económicamente, el trabajador y el poblador van a estar mejor con su programa que con el de la Concertación.

–Es que yo podría decir lo mismo de mi programa. ¿En qué se funda Büchi? Él tuvo una ocasión para demostrarlo en el debate por televisión y no lo hizo. Lo único que dice Büchi es que ha probado su capacidad. Ha probado capacidad para ciertas cosas, pero no exactamente para eso. Porque bajo su administración el poder adquisitivo de los trabajadores no aumentó, sino que disminuyó.

–¿Y cómo cree que van a estar los trabajadores al cabo de dos o tres años de gobierno de Patricio Aylwin?

–Primero, van a ser respetados como personas, no van a haber despidos arbitrarios simplemente porque se le frunce al patrón. Van a ganar ser escuchados y tener cauces de participación democrática para hacer valer sus puntos de vista. Se van a sentir colaborando en solucionar cosas y en afrontar sus problemas. Creo que muchos de los que hoy día no tienen trabajo van a tener trabajo, y que la gente que tiene ingresos mínimos va a tener ingresos sustancialmente mejores que los que tiene hoy.

–¿Y qué ganan los empresarios con su gobierno?

–Ganan la estabilidad que significa un régimen en el cual los trabajadores se sientan comprometidos y partícipes y no un régimen en el cual se sientan explotados y estén esperando la oportunidad para destruir el sistema. La estabilidad de una economía se logra no sólo con su progreso, sino con comprometer en su desarrollo a un máximo de gente, especialmente al sector laboral.