El viernes 13 es el día del año en el que incluso los más incrédulos piensan en jugar al Euromillion, es el día de suerte. El viernes es también el último día de trabajo para muchos y para celebrarlo nada mejor que sentarse en una terraza en una dulce noche otoñal. Así comenzó nuestro viernes 13.

Aunque nosotros no encontramos espacio en la terraza, nos sentamos en una mesa al lado de la puerta del Café Chéri(e) en el boulevard de la Villete, en el X distrito de París. Disfrutando nuestra cerveza con mi amiga, conversando, la noche partía como cualquier otra. Cuando ella va al baño, yo tengo el reflejo de revisar mi celular: Le Monde me avisaba de un tiroteo en un bar del distrito XI, o sea, muy cerca. Espero a mi amiga, le cuento y comenzamos a buscar información. Al entrar a la aplicación de Liberation, se hablaba de otro tiroteo, esta vez a menos de diez minutos de nosotros, en uno de los bares que somos habitués, el Carillon.

Un chico que trabaja en el bar entró desde la terraza diciendo que esto era algo grande. Le pregunte qué sabía y dijo que había tiroteos en varios lados y que algo pasaba en el Stade de France, para luego recomendarme que nos fuéramos al fondo del bar y nos alejemos de las ventanas. Al mismo tiempo, se desalojó la terraza. Los que quisieran podían resguardarse al interior. Cuando todos estábamos dentro, bajaron las cortinas metálicas. La música seguía sonando, lo que hacía que la angustia bajara un poco.

Todos estábamos tratando de saber qué pasaba. Parece que tipos armados andaban por el barrio disparando. Había miedo de salir a la calle. Luego de casi una hora, mi amiga, a través de la puerta de seguridad abierta encuentra un taxi que dejaba a alguien y partimos a su casa en las cercanías de París. Las afueras parecían más a salvo esa noche que mi departamento al lado de la Gare du Nord, una de las estaciones más transitadas de Europa.

¿Qué pasó? ¿Quién podría haber sido parte de la masacre más grande en Francia desde la II Guerra Mundial? Pasados unos días, ya se empiezan a aclarar algunas cosas sobre los atentados que han dejado hasta el momento 129 muertos y 352 heridos. Luego de que el Estado Islámico (EI) reivindicara los ataques a través de un comunicado en el que menciona el “Bataclan, donde estaban reunidos centenas de idólatras en una fiesta de perversidad”, hoy cinco autores han sido formalmente identificados, hasta el momento, todos de nacionalidad francesa, varios de ellos habrían pasado por Siria o residieron en Molenbeek, una comuna de Bruselas en Bélgica. Además hay uno que se encuentra fugitivo y que se sospecha que es el octavo terrorista, Salah Abdeslam. Se cree que el hombre detrás de los ataques podría ser Abdelhamid Abaaoud, un belga de 27 años quien fue a hacer la yihad en Siria, donde habría escalado en el seno del Estado Islámico, para luego el movimiento le confiara la misión de entrenar a los yihadistas para la planificación de atentados en Europa.

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Desde un comienzo, algunos testimonios hablaban de la juventud y determinación de los asaltantes. De cómo el EI reúne jóvenes listos a suicidarse para matar a un máximo de gente, fue una de las preguntas a las que respondió a Mediapart, Pierre-Jean Luizard, autor del libro La trampa Daech, especialista del movimiento y de Irak. Para él, primero debemos entender que “ocho militantes yihadistas sean capaces de conmocionar a un país, está ligado al hecho de que no podemos combatir en igualdad a personas que están listas para el martirio. Este elemento, muy importante para esta corriente del islam radical yihadista, les permite ponerse en igualdad con las grandes potencias occidentales que ellos combaten”.

Luizard explica que los objetivos elegidos, “los hinchas de fútbol y la juventud bobo (burgués bohemio) de barrios del este de París, no lo fueron por azar. Encontramos en la reivindicación las diatribas tradicionales contra la idolatría, especialmente los jugadores de fútbol y contra los lugares de perversión que serían las salas de espectáculos. Pero es sobre todo, una manera de atacar a la juventud más tolerante hacia el Islam, a una población que reflexiona sobre la situación del mundo, a un público educado que trata de entender”.

Según Luizard, eso es lo que quiere romper el EI “empujando a la sociedad francesa a un repliegue identitario y al miedo del otro, suscitando reacciones irracionales donde la explicación y la reflexión no tienen lugar, para llegar a lo que han logrado hacer en Medio Oriente, que cada uno considere al otro no más en función de lo que piensa y de lo que es, sino que en función de su pertenencia comunitaria. Quieren obligar a la sociedad francesa, incluso tomando como rehenes a los musulmanes franceses, en un proceso sin retorno y de enfrentamientos comunitarios del que serían los únicos vencedores”.

Pero cuando se empiezan a buscar los culpables de llegar hasta este punto, cuando se piensa en que Occidente tiene gran responsabilidad de todo lo que está pasando en Medio Oriente y por ende termina pagando en sus tierras, no se puede dejar de pensar por qué Francia y no Reino Unido o Estados Unidos, los que han atacado más seguido al EI en Siria o Irak y es ahí que Luizard explica que el país galo sería la “encarnación de un proyecto universalista rechazado por Daech y que es también el país colonizador que más ha renegado los valores de sus prácticas coloniales, especialmente en Argelia”.

Es a la forma de vida a lo que se quiere atacar, ese laicismo y desenvoltura francés al que tienen como objetivo. Los jóvenes que fueron adoctrinados no se sienten dentro y forman parte de un gran problema, de aquellos que no son integrados, que sienten que hagan lo que hagan, no serán un ciudadano igual. Solo hace falta ver los porcentajes de controles policiales por rostro en el país, la mayoría son de fisionomía árabe o negra, aunque sea un grupo de amigos que solo camina por la calle.

Pero en lugares como el Carillon, a solo unos pasos del canal Saint-Martin, no había diferencias y aún existe la mezcla social. Siempre lleno, su terraza desbordada en invierno o verano. El domingo pasado, luego de pasar encerrados en casa mirando solo París por la ventana con sus calles casi vacías, salió el sol. No sabía qué hacer, tener miedo o no, salir o no. Hablando con amigos y escuchando a parisinos en la radio, una frase se repetía “Je suis en terrasses”, algo así como “estoy en terraza”, jugando con el eslogan que se utilizó tras los atentados de Charlie Hebdo. Todos repetían que habitamos una ciudad que desde hace siglos vive afuera, a la que le gusta tomar, fumar, comer, disfrutar, amar al aire libre, en público y ¿por qué cambiarlo? ¿Por qué hacer algo diferente? ¿Por miedo? ¡No! “Si tienes miedo, ganan ellos”, me dijeron. Así que partí caminando, tomé la ruta del canal Saint-Martin y bella sorpresa: las mesas estaban fuera, las terrazas llenas y niños jugando con sus monopatines aprovechaban que las calles estaban cerradas para autos los domingos.

Puede ser que haya sido declarado el estado de urgencia por el presidente Hollande, que muchos seamos más prudentes, que haya más vigilancia y que nos encontremos con militares o policías por todos lados, pero al ver cómo los padres llevan a sus hijos a la escuela sintiendo casi un orgullo militante, cómo la gente se reúne igual a pesar de la prohibición, ya sea para rendir homenaje en los lugares atacados, en la plaza de la Republique o en las afueras de la Catedral de Notre-Dame, nos muestran que los parisinos no quieren sucumbir al miedo y que como dice la canción Paris sera toujours Paris.