El ex ministro de Defensa apuesta por su experiencia política y ella se aventura a hablar sobre el sello que tendría como primera dama. Aquí su historia de amor y de servicio público.

No quieren que la campaña presidencial arrase con su vida íntima. Y hasta ahora lo han resistido. Andrés Allamand (56) y Marcela Cubillos (45) aún intentan mantener espacios como los almuerzos familiares de fin de semana y las sagradas idas  al estadio a ver a la Católica, aunque —por la apretada agenda del precandidato RN— ya han comenzado a hacer concesiones. Partiendo por recibirnos un sábado a mediodía; después, eso sí, llevarán a los niños de Marcela a comer hamburguesas.
Habitan en dos departamentos que unieron poco antes de casarse —en marzo del 2012— en Los Trapenses. Una construcción de hormigón a la vista, con una decoración que mezcla lo clásico y lo moderno, llena de desniveles, fotos familiares y ventanales que dan a los extensos jardines del condominio, donde viven con los tres hijos de ella —José Antonio (18), León (14) y Baltazar (12)—, y hasta donde llegan a menudo los otros tres del ex ministro de Defensa —Olivia (32), Ignacia (31) y Raimundo (24)—. Le están poniendo empeño y energías a esta nueva familia que empezaron a formar hace seis años, y que —reconocen— los tiene entusiasmados. La influencia de ella en él —y viceversa— es evidente: Andrés Allamand dice que gracias a su mujer es hoy un hombre más feliz;  Marcela Cubillos confiesa que en este camino juntos se ha ido despojando de rigideces valóricas que la hacían perder libertad.

Ambos con look relajado de short y polera, parecen seguir de luna de miel. Se ven cómplices, amigos, partners, al punto que la abogada es hoy el pilar fundamental de la campaña de su marido. Ella también acumula mucho kilometraje político. Primero como dirigente universitaria y niña símbolo del gremialismo en la UC, y luego con dos períodos como diputada UDI. En 2010 tomó la decisión de dejar la política por considerar que se había vuelto “agresiva”, y también para dedicarle más tiempo a sus hijos.
De todos modos, no es primera vez que trabajan juntos, ya antes lo habían hecho en el Parlamento, y ambos escribieron el libro La estrella y el arco iris donde analizan los 20 años de Concertación y cómo la derecha llegó a La Moneda.
Marcela —actual directora del Centro de Gestión Pública de la Universidad Mayor— no quiere un rol formal en el comando, aunque se sabe que Allamand chequea con ella cada decisión de esta crucial etapa: desde la planificación estratégica, las salidas a terreno, los aspectos comunicacionales, la toma de decisiones e incluso la vocería si es necesario. “Lo que más me interesa es que conozcan a Andrés; cuando descubren cómo es, la gente lo aprecia y le cree. Con el accidente de Juan Fernández (donde murió su hermano Felipe) me di cuenta de que no lo conocían. La política te encierra en un rol, y ese hecho le permitió mostrarse como era”.
—Andrés Allamand: Mi mujer es mi pilar, mi consejera, ¡todo! A ver cómo te lo explico, es que yo soy súper corto de genio…
—Marcela Cubillos: Sí, es súper tímido. Muchas veces cuando vamos a un lugar tengo que decirle ‘Andrés, te quieren saludar’, ¡pero le da vergüenza! Tengo que explicarle que la gente no lo entiende así y se quedan con la imagen de que no quiere acercarse…
—AA: Es una pelea que doy por perdida. Y lo peor es que no saben que soy cortado, que me da pudor bailar, expresar mis sentimientos. Soy particularmente reservado en mis cosas personales.

Se levantó la sesión y ahí partIó todo. Allamand fue muy amigo del padre de Marcela, el ex canciller del gobierno militar Hernán Cubillos, sin embargo se descubrieron en el Congreso. “Estaba preparando la interpelación al ministro Zilic, y Chadwick me dijo que Andrés daría una charla en el Senado sobre educación que me podía servir. Yo llegué, no me alcancé ni a sentar y Frei dijo: ‘bueno, se levanta la sesión’, ¡y no pudo hablar! Chadwick me sugirió que lo llamara, y así empezamos a conversar. Nos fuimos conociendo en otro plano, se dio todo muy natural”, recuerda.
—AA: Después nos tocó trabajar juntos en una propuesta de educación de la Alianza, y hasta hoy Piñera y Chadwick discuten quién fue el primero que se dio cuenta de que teníamos algo… Me enamoré de Marcela por su tremenda alegría e inteligencia; una combinación muy cautivante, fascinante…
—Ha dicho que ella cambió su vida.
—AA: Hoy soy una persona mucho más alegre. Estoy en una etapa de serenidad, contento con mi vida familiar y de tener buenos amigos.
—¿Y usted Marcela?
—MC: Nos unen los mismos ideales y el sentido país. Andrés tiene hacia mí valoración y respeto. Me escucha, me pregunta, me empuja a ser mejor, a lograr mis metas; me motiva y exige. Es emocionante que un hombre te diga a diario que adora a tus niños. El me transmitió desde el primer día que ellos no eran un problema ni un costo; los quiso desde un comienzo.
—¿Y sus hijos?
—MC: Lo adoraron al tiro. Yo venía de una separación difícil, ellos no han tenido una vida fácil. Andrés los conoció en edades complicadas, y los hemos sacado adelante juntos. Hemos hecho la pega… Con decirte que cuando Andrés aún era ministro de Defensa, Baltazar —que tiene un tremendo carácter—, estaba furioso conmigo porque lo había castigado. Muy enojado me dijo: ‘voy a llamar a Andrés, que es el único buena onda de esta familia’. Y yo claro, le contesté: llámalo, pensando que con lo ocupado que es no le iba a responder. Pero marcó, ¡y Andrés le contesta de inmediato! (ríe)…
—AA: Todos juntos hemos salido adelante… Mis hijos son mayores, pero al final son un mismo lote, ¡un choclón!
—MC: Mi hermano Felipe que también estaba separado, cada vez que llegaba a mi casa me decía: ‘chica, envidio lo que tienes, qué maravilla es Andrés con tus niños, cómo son ellos con él’.
—Usted Andrés perdió un hijo el 2006, y Marcela a su hermano, ¿cuánto pueden llegar a unir dolores tan límites?
—MC: La vida tiene vueltas extrañas. Un día Andrés me dijo que por un lado ésta le quitó un hijo con todo el dolor que implica, pero le dio la oportunidad de querer, sacar adelante y ayudar a crecer a mis niños.
—Andrés: Es que los siento como míos. En esto no somos muy distintos a muchos chilenos que terminan armando una familia entre varios.
—Marcela, usted era de posturas muy rígidas, me imagino que nunca pensó que podía separarse…
—MC: Si los dolores te enseñan, ¡bienvenidos sean! He aprendido… Vivir con el corazón y la mente cerrada no es bueno. Me tocó una separación muy complicada, difícil, y me volqué a mis niños. Siempre le digo a Andrés que nos conocimos de la única forma posible, porque pensar en salir o en ir a alguna cita, ¡olvídalo!
“Aprendí a vivir con menos dureza. Cuando eres joven te crees dueña de la verdad. Quizá llevar una vida perfecta no te remece como sí los dolores y problemas. Ser menos rígida te da más libertad personal”, reflexiona Cubillos.
—¿Qué tan dura era?
—MC: Vivía y actuaba de acuerdo al minuto.Y así como la vida me cambió en algunas cosas, me afirmó en otras. Siempre supe que la maternidad cambiaría mi existencia, y así fue, ¡y no puedo ser más mamá! Ahí está mi felicidad.
—Votó en contra de la ley del divorcio, ¿hoy lo haría a favor?
—MC: Lo habría hecho distinto. ¡Imagínate, me divorcié y me casé de nuevo! Dudaba si esa ley contribuiría a más separaciones. He cambiado y el aprendizaje ha sido en todos los ámbitos. A mis hijos los he formado distinto a mí; con valores claros, pero muy libres, empáticos y humanos.
—AA: La sociedad ha evolucionado. Aunque aún hay un marcado individualismo, también hay mayor respeto por la dignidad de las personas. Me alegra el paso que dimos con Andrés Chadwick en cuanto a avanzar hacia uniones civiles con el Acuerdo de Vida en Común (AVC). Hasta hoy recibo críticas,  lo central fue abrir un camino de respeto a las parejas homosexuales.
—Pero al parecer el proyecto mutó, lo que no tendría conforme al mundo gay.
—AA: El mío y el que presentó el gobierno son casi idénticos; deberían fusionarse.
Instalados en el comedor, mientras comienzan a despertar los adolescentes de la casa y sin perder nunca la complicidad —“de mirarnos sabemos qué piensa el otro”, confiesan—, el ex ministro hace una reflexión importante: “La vida me ha ido preparando para ser presidente”. Asegura que su aspiración no es fruto del azar, ni de la improvisación o de un capricho personal. “Me inspira que la gente pueda cumplir sus sueños. Y es el minuto. Estoy preparado para jugar el partido más importante, y en esto influye tener experiencia en política, con sus éxitos y fracasos. Estoy desde muy joven en esto, con la suerte de haber podido aprender de ex presidentes. De Aylwin, he rescatado la importancia de los acuerdos; de Lagos, el sentido republicano y su firmeza, por ejemplo su actitud de no ceder ante la presión de EE.UU. de apoyar la invasión a Irak… Insisto, conocer permite resolver bien las cosas que vienen por delante”.
—¿Sería su mayor plus frente a Golborne?
—AA: Para ser presidente hay que haber estado años donde las papas queman. Hay quienes creen que la experiencia empresarial es más importante; no lo estimo así. Para ser presidente es fundamental haber sido parlamentario, ministro, dirigente estudiantil, porque conoces cómo funciona el andamiaje y los circuitos del poder político; algo muy relevante para generar acuerdos. Hoy veo cómo negocian los ministros que antes fueron parlamentarios y los que no, y los primeros tienen mayor destreza en las arenas legislativas. Y quien salga electo necesitará acuerdos en Energía —porque el país está con un cuello de botella preocupante— y en Seguridad, donde se necesita que todas las piezas de este sistema funcionen en una misma dirección.

Lea la entrevista completa en la edición del 18 de enero.