A primera vista poco parecen tener en común un escritor italiano ya entrado en años, célebre y respetado en tanto académico de enorme peso intelectual, con otro japonés bastante más joven reconocido representante de la cultura popular. Y es que mientras Umberto Eco ocupa solemne su espacio propio dentro de la elite de la inteligencia más ortodoxa, Haruki Murakami destaca en los escaparates a medio camino entre el súper ventas y el escritor puro, ese que tiene algo que decir y lo dice con una artesanía propia, única e irrepetible. Por eso probablemente después de varias miradas tampoco se encuentren similitudes evidentes entre ambos y no sería raro, ya que bien podrían no tenerlas del todo, aparte del hecho simple de ser hombres y dedicarse a escribir. Pero lo cierto es que bastaría simplemente eso para discernir un tenue vínculo entre las respectivas últimas obras de uno y otro, “Número Cero” y “Hombres sin mujeres”, aunque a algunos más letrados que yo les parezca forzado. Ya verán.

En “Número Cero”, Umberto Eco ensaya una crítica mordaz al periodismo –principalmente la prensa escrita, aunque vale para toda la industria- y sus vínculos con el poder bajo la premisa de que los diarios no están para contar noticias tanto como para ocultarlas. La trama central, sus personajes entrañables, aunque estereotipados, son funcionales a este ensayo disfrazado de novela y han de ser materia de estudio obligado para todos los que hemos abrazado este oficio y especialmente quienes pretenden hacerlo seducidos por algún ideal sofistiticado o el simple oropel mediático. Sin embargo, entre líneas, como una capa tenue sobre el telón de fondo de Domani –que así se llama el hipotético diario cuyo número cero elaboran- queda expuesto el mundo interno de un hombre en los 50 –Colonna, el editor del pasquín- que se define a sí mismo como un perdedor, con estas palabras: “Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más: el placer de la erudición está reservado a los perdedores…” aunque al final sea el único que sale ganando, ciertamente no tanto por su habilidad, como por –alguna vez ha de sonarle la flauta al burro- el arrojo de ir por su oportunidad.

A su vez, Murakami presenta en “Hombres sin mujeres” siete relatos de una perfección enmudecedora, protagonizados por tipos muy diferentes entre sí que exponen a grados inusitados su vulnerabilidad ante la correspondiente musa, señora y dueña de los misterios de la naturaleza.

Posiblemente alcanzar tal grado superlativo de sensibilidad y exquisitez –tanto en el cómo narrativo como en el qué a narrar- solo sea posible desde la genética oriental. Cada cuento está hecho de pasos sobre papel de arroz, recorta la silueta de un bonsai único o elabora la perfección de un ideograma de trazos precisos.

Tal vez resulte algo trabajoso encontrar, sobre todo en el primer libro, esto que describo si se han de leer ambas obras estando inmerso en el fatuo y ramplón mundo másculino del experimento neoliberal occidental que llamamos Chile, donde la virilidad es un chiste ridículo, dónde se nos niega desde la infancia el potencial de desarrollo integral de nuestra sensibilidad, reemplazándolo por el mandato de ir por ahí embistiendo a espolonazos y acumulando cosas para presumir o procurar reemplazo narcicista a las caricias de mami, sean Ferraris o mujeres, da igual. Pero un hombre ha de hacer lo que un hombre debe hacer. Y tratándose de este tema, tal vez venga bien citar a otro que sabía lo que decía, el inefable Osho: “El amor no se trata de posesión. El amor se trata de apreciación”.

Número Cero. Umberto Eco. Lumen, 2015. 224 páginas. / Hombres sin Mujeres. Haruki Murakami
Tusquets, 2015. 272, páginas.

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