Debe ser uno de los sacerdotes más opinantes, aunque de bajo perfil comparado con Felipe Berríos o Fernando Montes —jesuitas, igual que él—. Da pocas entrevistas, pero cuando habla, habla. Y lo hace sin pelos en la lengua. El capellán general del Hogar de Cristo es de los que afirma, por ejemplo, que hay que despenalizar el consumo de drogas y abordarlo como un problema sanitario, y de paso retirar a la marihuana de la lista de drogas duras.

También sostiene —como lo hizo a través de su cuenta de Twitter— que en las poblaciones no hay Estado de Derecho, en respuesta a la polémica inserción de la Sofofa donde el gremio denunciaba que ésa era la situación de los industriales en La Araucanía. Pablo Walker Cruchaga va más allá y afirma que hemos caído en un “subdesarrollo moral”, donde lo que estructura a la sociedad no son los valores sino que el consumo.

“Pero luego de esta tragedia vendrá el sinceramiento”, dice por los megaincendios que han asolado al país y que lo tuvo trabajando en Santa Olga, para dos campañas del Hogar de Cristo y Techo, y que permitieron reunir un total de más de dos mil millones de pesos para levantar tres escuelas equipadas y la reconstrucción de dos mil hogares en diferentes zonas del sur.

—¿Qué es lo que diría el Padre Hurtado si viera el estado de nuestra sociedad hoy?

—Sería muy claro en manifestar que cuando se pierde el sentido del bien común, la comunidad se transforma en una colección de egoístas donde cada uno corre por su carril pero donde no hay una posta ni un sentido de equipo. Esa es la herida que Chile tiene hoy en el alma. El sistema de desarrollo que hemos adoptado nos ha ido deshumanizando porque ha puesto como motor del desarrollo la acumulación y el bienestar, entendido en términos de acumulación y de una capitalización individual de los frutos del desarrollo. En el fondo, la tesis del egoísmo, de que cuando se piensa individualmente, se llega más lejos. Una realidad que, dice este sacerdote, constata a diario.

“Las personas muy pobres experimentan un secuestro de su libertad; se les condena a la dependencia, a representar roles casi teatrales, de limosna; se les expulsa socialmente y se ven sometidos a sistemas de relación donde lo que hace la diferencia son los apellidos, la comuna donde naciste, la familia a la que perteneces, y que a ellos los condena a ser evaluados como seres de segunda, tercera, cuarta o quinta categoría”.

—¿Y eso se ha ido agudizando con el tiempo?

—Sí, y ha generado como resultado una respuesta penal, judicial, policíaca, donde se violan los derechos humanos que están declarados en la Constitución. Y lo que se les debe a las personas por derecho se reemplaza con limosna, o con bonos, incluso con cualquier campaña que pueda tener un tono condescendiente, caritativo, incluso asistencialista… Y la clase alta también está secuestrada, no tengo la menor duda.

—¿Cómo es eso?

—El nivel de expectativas es tan alto, y por tanto el temor a descender o salir de los estándares de consumo —en la educación, los lugares de veraneo, el tipo de trabajo que tienes, el círculo con el que te relacionas— que no existe la posibilidad de optar por una vida más sencilla. Incluso en el medio católico hay una suerte de escisión de la consciencia; pareciera que lo que dice Jesús de Nazareth respecto de la dignidad humana no es tema. Rehenes de ciertos pactos sociales, de microculturas, que te dicen “por favor, cómo vas a ser tan rasca, cómo no les vas a dar todo esto a tus hijos, cómo te vas a perder este tercer crucero, o tal marca…”.

—¿Una sociedad de consumo, donde el mercado es el que estructura, no los valores?

—Sí… Algunos podrán decir que el consumo es una cierta forma de inclusión, porque a través del dinero puedes acceder a lo que tienen los otros, pero creer que esa es la única forma no honra la dignidad humana. Al menos esa forma de entender la libertad, que es la que viene justamente de la corriente liberal, no calza con el humanismo que nos enseñó el Padre Hurtado.

—Precisamente, Eugenio Tironi y Carlos Peña han defendido en CARAS al modelo neoliberal y la importancia del consumo como un factor liberador y dignificante para las personas…

—La corriente humanista social de la que el Padre Hurtado es heredero, considera que la dignidad humana está directamente relacionada con el ensanchamiento del corazón, con la solidaridad. Es la capacidad de establecer vínculos más fuertes, reparadores, inclusivos y significantes.

Y se cuestiona la construcción de la identidad a través del consumo, algo de lo que debemos hacernos cargo. Walker, quien al momento de la entrevista se encontraba en terreno, coordinando la ayuda a las familias damnificadas por el incendio, observa: “Tendremos que sincerarnos después de esto (los incendios), porque este tipo de tragedias se vuelven aún más dramáticas cuando hay catástrofes éticas de fondo. Cuando las familias se ven impedidas de poner su identidad en el estándar de consumo —porque lo han perdido todo—, entonces vuelven a otra manera de entender la dignidad. Porque el consumo no da dignidad. Cuando ya no hay internet, la casa se quemó, se perdieron los ahorros, la cosecha, aparece otra manera de entender el ‘patrimonio’, como un ‘estoy contigo, contamos con Dios’. Ves que personas mucho más pobres te ayudaron, a inmigrantes que arriesgaron su vida combatiendo los incendios. Esa es una lección que aprendemos una vez que abrimos los ojos. Lo que pasa es que es tan fuerte el chantaje social del modelo económico que no puede haber otra manera de entender la dignidad humana que la producción, el consumo y la acumulación de bienes para la realización individual”.

Añade que situaciones límite como haber estado a punto de morir o haberlo perdido todo, la chance más última que nos van quedando para despertar. “De ahí que es tan potente que las experiencias de sencillez, de liberación, sobre todo entre la clase media, dejar el arribismo y convertirse en personas que lograron acceder a oportunidades que sus padres no tuvieron. Pero sin olvidar nunca de dónde vinieron, cuánto trabajaron y sufrieron sus antecesores. Esa buena memoria es dignidad. Pero somos un país amnésico, y probablemente en unos días vamos a olvidar que nos necesitamos mutuamente. Y esa falta de memoria, esa frivolidad en el fondo, es lo que deshumaniza”.

—¿Entonces cómo analiza el rol de la clase política frente a la catástrofe?

—Hay que aprender que la utilización del sufrimiento de cualquier ser humano para defender un cargo o llegar a uno, es deplorable. Todo lo que hemos visto en cuanto a acusaciones mutuas me parece una penosa falta de inteligencia y lucidez.

—En el peor momento de los incendios, se publicó una encuesta evaluando la gestión del gobierno ante la catástrofe y la Presidenta bajó 10 puntos y creció su nivel de rechazo… ¿Es un aporte este tipo de información cuando el país vive una situación dramática y los ánimos están por el suelo? ¿Ayuda?

—Cuando el dolor es tan grande, se pueden postergar este tipo de proyectos, para solidarizar y poner un foco común. Cuando la granada te estalla en las manos y abarca a buena parte del país, socialmente tan transversal, hay prioridades. Los chilenos no debemos ser opinólogos respecto de la tragedia de terceros o del desempeño de las instituciones, sino ser personas corresponsables de esos servicios públicos, como parte de la sociedad civil organizada, y que nos metamos en política, en la vida de iglesia, en las organizaciones sociales. Cualquier cosa que nos aleje de la actitud del consumo de opinión.

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“Hoy lo que mueve el mundo y a nuestro país es el miedo…”, dice ahora el sacerdote. “Es el temor de no sobrevivir o no prevalecer, que aparezca alguien que pueda impedir tu desarrollo, por ejemplo. Hay una máquina productora que infla las expectativas, que nos lleva a atrincherarnos y a convencernos de que tenemos razones para estar permanentemente insatisfechos con lo que somos. El miedo es un depredador de las relaciones humanas, de tu entorno natural, de tus confianzas. Y te conviertes en un oportunista crónico que aprovecha cualquier instancia, ya sea al borde o más allá de la ley, y ciertamente muy lejos de lo que impondría una mirada de bien común ante el que más necesita”.

Y agrega: “Hoy se lucra con el miedo. La plusvalía del barrio alto no para de subir porque satisfacen este temor y defienden este miedo de quedar vinculados a personas distintas, pobres, o que vienen a incomodar nuestras costumbres, o que podrían significar una merma en nuestro posicionamiento social. Así construimos estos guetos donde no existe el Estado de Derecho”.

Walker reaccionó con palabras muy similares a través de su cuenta de Twitter (con más de 7 mil seguidores) tras conocerse la inserción que pagó la Sofofa en El Mercurio, donde el gremio de los industriales reclamó que en La Araucanía “no había Estado de Derecho”. El sacerdote, que vive en el corazón de la población Los Nogales, en Estación Central, conoce de primera mano la realidad de miles de personas en los sectores tomados por el narcotráfico.

“Es cosa de recorrer las más de 80 poblaciones que hay en Santiago… Sin embargo, en vez de dar una respuesta policíaca, de seguridad, debiéramos preguntarnos por qué estas personas llegaron a vivir ahí, hacinadas, ¿cómo se produjo esto? Todos fuimos condescendientes con esta práctica de sacar a los campamentos que por ejemplo estaban en Vitacura con Juan Agustín Alcalde y llevarlos lejos. ¿Qué pasó en mí que me pareció bien que algo así sucediera? ¿Qué miedo se ha metido en mi corazón, qué manera de entender mi dignidad que he aceptado alejar a mis hermanos?”.

—¿Qué impacto cree que generan inserciones como la publicada por la Sofofa en El Mercurio?

—Creo que efectivamente hay situaciones de violencia en La Araucanía, quemas de camiones, de casas, y objetivamente son crímenes. Pero si aplico sólo la mirada de seguridad y no me pregunto qué situaciones estructurales han empujado a los actores a responder violentamente para satisfacer sus legítimas demandas, no vamos a solucionar nada. Nos debemos conversaciones incómodas, difíciles, donde el Estado de Chile también tiene que sincerar y reconocer a las comunidades mapuche, que como pueblo perciben que, tal como están siendo tratados, se han vuelto inviables.

—Se les ha apuntado como sospechosos de provocar los megaincendios, de estar asociados con grupos terroristas, en una acción planificada y concertada.

—No hay que ser sociólogo para saber que esa tesis es indefendible. Hubo esa reacción en las redes sociales, que no son precisamente un manual de buenas costumbres. Pero todavía queda sentido común… ¿Hasta cuándo vamos a utilizar las tragedias para posicionar puntos de vista de sectores de interés? Es vomitivo. ¡Basta!

—Aunque tampoco está descartado que existan acciones terroristas, como lo reconoció el propio ministro del Interior…

—Lo primero que le debemos a un Estado de Derecho es investigar, no anticipar una tesis para consolidar una situación de hegemonía o para mostrar que se tiene la razón. Ya está bueno.