El New York Fashion Week ya no es lo que era. O todo lo contrario. En las afueras del Lincoln Center —epicentro del NYFW— ya no se ven hordas de fotógrafos retratando a aspirantes a fashion bloggers. Es que desde el minuto en que sus organizadores dijeron que el evento se había convertido en una suerte de zoológico lleno de gente que “no aporta nada a la industria”, los diseñadores se han puesto más selectivos con sus invitados. Se nota en el ambiente. La gente que se pasea por las afueras de los desfiles es ciento por ciento estilosa. Se ven pocos pelos de colores y casi ningún zapato incaminable. Tal vez sea porque es uno de los inviernos más fríos en Manhattan. O, quizá, simplemente porque este evento ha recobrado su concepto de exclusividad.

Uno de los diseñadores consagrados que continuó apostando por las redes sociales fue Tommy Hilfiger. El hombre que supo montar un imperio de la moda cuyo nombre hoy es sinónimo del estilo norteamericano insiste en que es la mejor manera de “democratizar la colección”, y por eso sentó en primera fila a influyentes instagrameros. Fue uno de los desfiles más concurridos, y contó con la presencia de Anna Wintour, la célebre editora de Vogue, quien llegó minutos antes de que la música comenzara a sonar envuelta en un abrigo de piel color beige que casi se mimetizaba con su clásica melena.

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La pasarela parecía un pueblo de montaña. Pinos con la copa blanca y nieve en el piso marcaban el camino serpenteante por el cual se desplazaron las cincuenta modelos, entre ellas la top Malaika Firth. Ya en el backstage se respiraba el espíritu outdoor. Pat Mcgrath, la makeup artist más importante del mundo, fue la responsable del maquillaje de las modelos. Base translúcida, apenas blush y ojos levemente esfumados fueron las pautas de belleza. Para el próximo invierno, la propuesta de Tommy Hilfiger incluyó básicos renovados como ponchos y chaquetas tipo bomber pero con nuevas texturas: cuero, chiporro y terciopelo en un mismo outfit que, muy al estilo del diseñador, se mueven en una paleta de colores dominada por rojos, azules y verdes. “Me gusta la mujer clásica pero con un twist”, había dicho el diseñador a CARAS la mañana anterior, y esa frase se materializó en cada una de las pasadas. Vestidos asimétricos, lana, cashmir y abrigos oversize tiñeron la pasarela con un aire bohemio y chic a la vez. Gorros de lana tipo alpinos, con pompones y borlas colgando, fueron el accesorio más comentado.

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Otro de los desfiles más esperados fue el de Carolina Herrera. Es una de las pasarelas que genera mayor expectativa y, como de costumbre, la diseñadora venezolana volvió a cosechar aplausos. Luego de declarar que era una propuesta pensada “para la mujer actual que mira al futuro”, la top Karlie Kloss fue la reponsable de abrir la pasarela con un abrigo de lana negro, un suéter de cuello alto y una falda a la rodilla. Inspirada en cortes arquitectónicos, Herrera presentó una propuesta de líneas rectas con un dejo espacial. Destacaron los tejidos y las siluetas vaporosas en tonos neutros, azul, rojo y toffie.
También se vio inspiración futurista en el desfile del español DelPozo, con un claro guiño a la tendencia outdoor. Abrigos de cuellos cónicos, formas geométricas y mucho terciopelo para capear el invierno sin perder estilo. MAC Cosmetics estuvo a cargo del maquillaje del desfile, en el que los ojos glossy marcaron el regreso de las miradas como protagonistas del look.

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Con clima festivo y confeti sobre la pasarela, bajo el título Bohemian Wrapsody la diseñadora Diane Von Fustenberg celebró en el NYFW los 40 años de su célebre vestido wrap. Una prenda que se ha convertido en un clásico y que es una perfecta síntesis de cómo la comodidad se ha vuelto fundamental para la mujer moderna. En palabras de Tommy Hilfiger: “Hoy el calce es más importante que el diseño, el color y la tela”. Más claro, imposible