El día domingo 23 de octubre se llevaron a cabo elecciones municipales en el país. Una vez conocidos los resultados, la discusión se centró en lo inmediatamente visible: la bajísima participación electoral y la derrota política sufrida por la Nueva Mayoría.

No hay duda alguna que ambos temas son importantes e interesantes; pero quizás hay otro fenómeno significativo que apareció con fuerza después de los resultados y es la ya casi alarmante sub-representación de la mujer en posiciones de poder político. De acuerdo a información oficial entregada por el Servel, sólo 30% de las candidaturas a alcaldes y concejales corresponden a postulaciones de mujeres, siendo el resto hombres. De los poco más de 14 mil postulantes, apenas 4.330 son mujeres; lo que de por sí es dramático, pero se torna peor cuando, al mirar los resultados de votación a alcaldes, apenas un 10% de los alcaldes electos son mujeres.

En materia de poder político, la participación de la mujer ha ido avanzando de forma marginal desde la recuperación democrática. De acuerdo al estudio de desempeño electoral de las mujeres por el Observatorio Electoral de la Universidad Diego Portales, para las elecciones municipales de 1992 sólo 16% de los candidatos eran mujeres, lo que manifiesta que ha habido algo de avance en esa materia. Pero al tomar los datos de poder real (vale decir, candidatas que efectivamente salen electas), los resultados han mantenido una constante: nunca, desde el retorno a la democracia, las mujeres han alcanzado más de 12,5% de las alcaldías.

El diagnóstico, en este sentido, es evidentemente lapidario. Y podría pensarse, con cierto grado de razón, que las causas son fundamentalmente estructurales, donde las condiciones sociales, políticas y culturales del país hacen que alcanzar el poder político para la mujer chilena represente un desafío casi inabordable. En esto, no hay mayores distinciones entre los diversos sectores políticos. Todos los partidos sub-representan las candidaturas de mujeres al poder político (ninguno llega, ni de cerca, al 40%), y todos los partidos de todas las tendencias políticas terminan teniendo muchas menos mujeres en el poder de aquellas que compiten por él. Con ese escenario, son dos las preguntas centrales que cabe formular: primero, ¿por qué la participación de la mujer se encuentra tan sub-representada? Y segundo, ¿qué cabría hacer para resolverlo?

Respecto de lo primero, es importante decir que el problema de la participación femenina en el poder político es un problema a nivel mundial. De acuerdo a datos de ONU mujeres, si bien en los último 20 años la presencia de las mujeres en el poder político ha tenido un incremento del 100%, igualmente esto se traduce en que sólo 22% de los escaños parlamentarios a nivel mundial son llenados por mujeres. De hecho, de los más de 193 países representados en Naciones Unidas sólo 2 (sí, sólo dos), tienen representación del 50% o más: Ruanda y Bolivia. A pesar de que ya hay 46 países que han alcanzado al menos 30%, esto sigue siendo muy menor considerando un criterio básico de equidad. Por lo mismo, si bien Chile tiene serias deficiencias en este ámbito, el país es reflejo de un problema mucho más transversal en el mundo.

Multiplicidad de estudios se han realizado para intentar responder a este problema. Muchos se quedan con la idea de que las relaciones de poder y de liderazgo se ven alteradas por las preconcepciones y prejuicios que subyacen a una sociedad. La psicóloga Alice Eagly, por ejemplo, habla que – para la mujer – llegar a una posición de poder es un verdadero laberinto, fundamentalmente porque no prosigue una dirección lineal y porque se observan multiplicidad de barreras para entrar al poder. Ellas se manifiestan en toda una serie de parcialidades cognitivas, donde se asume que los hombres son líderes naturales cuando no necesariamente lo son. Al mismo tiempo, la mujer, tiene una porción desproporcionada de las responsabilidades familiares, impidiendo o postergando en ocasiones su desarrollo profesional y político.

De más está decir que a esto se suma una constante discriminación de género que se observan en ámbitos diversos (por ejemplo, según la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, las mujeres representan dos tercios de las horas de trabajo a nivel mundial, producen la mitad de los alimentos, pero sólo obtienen el 10% de los ingresos, teniendo menos del 1% de la propiedad). Finalmente, Eagly también dice que en la mayoría de las sociedades se observa un prejuicio y una resistencia hacia el liderazgo femenino. Algunos defensores del statu quo de hecho tratan de defender esta idea en base a que hay un techo natural para la mujer dada por la psicología evolutiva. No es necesario decir que esta es una idea que raya en la grosería.

Conceptualmente, hay quienes han propuesto la idea que los liderazgos y el poder se expresan, para hombres y mujeres, siguiendo un binomio que toma el nombre de agéntico/comunal. Este conforma estereotipos relativos a lo que se proyecta y espera de liderazgos masculinos o femeninos. Así, los estudios demuestran que los hombres se ven como asertivos, directos, seguros de sí, competentes; mientras que las mujeres más comunales cálidas, colaborativas, serviciales. Por consiguiente, cuando las ideas de una persona sobre el liderazgo no calzan con su visión de la mujer, evalúan a la mujer menos favorable que los hombres.

“Los estereotipos bloquean el progreso femenino a través de laberinto del desarrollo social de dos formas: avivando las dudas de las personas sobre las habilidades de liderazgo de las mujeres y generando en esas mismas mujeres ansiedad por temor a confirmar esas dudas” – dice Eagly. Esto se encuentra refrendado por estudios como los de Karpowitz & Mendelberg plasmados en su libro “The Silent Sex” y donde muestran que las mujeres tienden a silenciar sus opiniones – por certeras que puedan ser – debido a que se impone sobre ellas un estándar invisible que temen no poder alcanzar. Esto manifiesta no sólo una situación de injusticia, sino que grafica toda la serie de imposiciones sociales y psicológicas sobre ellas que resultan extraordinariamente difíciles de combatir. Y acá viene un problema mayúsculo porque aquellas mujeres que, entonces, se vuelcan hacia un liderazgo agéntico, son resistidas y calificadas como demasiado asertivas, demasiado egocéntricas y (en el colmo de los colmos) muy masculinas.

Si bien no es del todo correcto extrapolar estos criterios al caso chileno, creo que intuitivamente entregan cierta panorámica en torno a las causas de por qué la participación de la mujer en la política chilena es tan precaria. La pregunta de los escépticos es: ¿por qué sería importante incrementar la participación femenina?

Mal que mal, podría decirse, la decisión depende en último término de los votantes. Pero hay que pensar que ya los candidatos son mayoritariamente hombres y que, los órganos a cargo de la selección de candidatos (léase los partidos políticos) ya operan en circunstancias donde estos estereotipos se encuentran activos. Es absolutamente sustantiva la participación de la mujer no solamente por una cuestión de equidad esencial, sino porque – como lo decía el periodista y escritor Christopher Hitchens – las sociedades que logran alcanzar un equilibrio de género tienden a ser mucho más prósperas, cuestión que, de hecho, es refrendada por uno de los últimos estudios sobre el tema llevado a cabo por la Unión Inter-parlamentaria.

El cambio debe concentrarse, entonces, en todo nivel. Pero debe comenzar por quienes se encuentran en una posición inmediata de tomar decisiones políticas: los partidos, partiendo por incrementar la cantidad de candidatas mujeres. Son ellos, en definitiva, quienes tienen la responsabilidad de mejorar una situación que sólo cabe calificar como vergonzosa.

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