Aparece en su departamento de la mítica Quinta Michita de rojo furioso, igual que ella: roja y furiosa, porque siempre se sintió más cerca del Partido Socialista de Salvador Allende y no tanto de la DC, donde su marido —el arquitecto Fernando Castillo Velasco, de quien es viuda— era un militante destacado. Y sobre todo furiosa, porque si hay algo que no acepta es la sed de poder que terminó subyugando a quienes hace 45 años eran un grupo de jóvenes idealistas de la JDC y parte del movimiento estudiantil de fines de los ’60 y que terminaron traicionando sus ideales políticos y su propia moralidad por entregarse a las regalías del dinero y el poder. 

Enrique Correa, Eugenio Tironi, Oscar Guillermo Garretón, José Joaquín Brunner, Max Marambio, Jaime Estévez, Fernando Flores y Marcelo Schilling conforman la lista de sus 8 más odiados. A todos los conoció bien: fueron cercanos a ella y a su marido antes y durante la UP, y con la misma autoridad los encara en un nuevo libro que lleva el insolente título de ¡Háganme callar! y en el que —entre una serie de duros calificativos— los sindica cuando menos de desleales y traidores. “Claudicaron de sus principios, se trasladaron al bando contrario, y eso me resulta inexplicable, doloroso. ¡Cómo no recordar a los que arriesgaron sus vidas por los ideales de la Unidad Popular en los trágicos años de la tiranía y a los otros que sufrieron torturas, exilio, muerte! (…). Estos, mis personajes, hoy hombres de influencia, festejados y populares, ¿tendrían algún motivo profundo para actuar de esa forma?”, destacó en el prólogo. De ellos rastreó sus infancias y juventudes, evocó los momentos y situaciones vividas en común, y recordó sus roles de poder durante la UP para atestiguar, estupefacta, su conversión.

A cada uno los llamó para entrevistarlos; los únicos que la recibieron con gusto fueron Enrique Correa y Eugenio Tironi; Joaquín Brunner aceptó pero llegado el momento —y las preguntas— se retiró ofuscado y prefirió enviar sus respuestas por email; Jaime Estévez —de quien fue vecina en la Quinta Michita— le prohibió encender la grabadora… Con el resto se encontró con una serie de rudas negativas: Marcelo Schilling le colgó el teléfono; Max Marambio se perdió en el anonimato; Fernando Flores figuró inubicable y despidió a la secretaria que osó transmitirle su mensaje… En tanto que Oscar Guillermo Garretón le envió una carta nada de agradable. 

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Rodeada de obras de arte, fotografías familiares y una vista a un pequeño jardín en el que sobrevuelan los picaflores, el edificio de Simón Bolívar, a pasos de Avenida Ossa, está en los límites del fundo familiar más conocido como la Quinta Michita, mítica en los ’60 cuando Fernando Castillo Velasco (entonces alcalde de La Reina), junto a la ayuda de pobladores que se habían tomado el lugar, lo transformaron en un célebre conjunto de casas pareadas y compactas, espaciosas e iluminadas, hoy codiciadas por artistas e intelectuales de la vieja y la nueva izquierda; una nueva elite que ella mira con distancia. 

“Ya estoy vieja, tengo 95 años y estaba atorada de rabia, de cosas que debía decir antes de morir y que no había expresado al ver a esta gente tan rica y poderosa —dice ahora sobre los ‘conversos’ citados en su libro—, llenos de redes en todos lados. ¡Alguien tenía que decirles algo, encararlos! Total —dice mirando con sus ojos chicos de indignación—,  iré a morir en 6 meses o en un par de años, ¿qué más podía perder? Fernando, que falleció en 2014, habría estado encantado. Le entristecía ver estas ‘ventas’ de personas que antes considerábamos compañeros de ideales y que ahora se dieron vuelta la chaqueta. No les importó nada, no han perdido puestos y mucho menos poder. La amoralidad se ha convertido en el peor mal; antes podríamos haber tenido miles de defectos pero éste era un país probo; sin importar si de izquierda o de derecha, ningún presidente jamás fue calificado de deshonesto. Ese era nuestro orgullo, nos daba una cierta aura. Pero todo eso se derrumbó y el poderoso dios dinero pasó a ser lo más importante”

—Usted dirige su rabia a los ‘conversos’. ¿Qué rol les atribuye en este cambio que ha experimentado nuestro país?

—Ellos fueron la gente idealista que nos rodeó con Fernando y que hicieron que entráramos en política; nos entusiasmaron en esto de la reforma de la Universidad Católica, de la UP… Eran personas total y absolutamente austeras, para ellos el dinero no tenía importancia. Pero con el retorno de la democracia empezaron a venderse incluso a los que habían dado el golpe de Estado, ¡a sus propios enemigos!… Con Ponce Lerou ya fue el colmo; transgredieron su propia moral, su rectitud, todo lo que alguna vez fueron. Vendieron su alma. ¡Es demasiado triste!

Bajando la mirada, Mónica reflexiona: 

—Hoy no existe el poder sin dinero; van unidos. Es cierto que desde siempre ansiaron estar en una posición de influencia, pero con fines más altruistas. Hoy sus objetivos cambiaron.

—¿Entonces llegaron al dinero como una necesidad política o por el interés de enriquecerse?

—Hoy tienen riquezas, lanchas, helicópteros, islas en el sur, grandes casas. Lo suyo ahora es la ostentación.

—Aunque Enrique Correa se jacta de ser muy sencillo y no pierde oportunidad de contar que tiene casa en El Quisco y que no le interesan los lujos… En su libro usted lo llamó —con ironía— su “converso favorito”.

—Es un seductor, al igual que Eugenio Tironi. Pero a Correa lo puse en un lugar protagónico por una clara razón: hoy su poder es tal que está gobernando Chile.

Mirando muy seria, agrega:

—No estoy exagerando. Está en la izquierda y en la derecha, en la Fundación Salvador Allende y con los máximos empresarios de este país, incluyendo a Julio Ponce Lerou, el yerno de Pinochet. Tiene lazos en el Ejército, en la Iglesia y en el Congreso. Está en todos lados. Pero aspira apropiarse del poder político y ahora está apostando sus fichas a Isabel Allende, con quien habla casi a diario.

Y a sus 95 años recurre a una infidencia:

—El es parte del Consejo Directivo de la Fundación Salvador Allende y muchas de las reuniones se han hecho en la oficina de Imaginacción. Enrique siempre fue muy cercano a Tencha, amistad que después traspasó a su hija Isabel, apuntalando su carrera política y a quien asesora en sus estrategias y entrevistas. Incluso la apoyó públicamente en su campaña a la presidencia del PS a pesar de que dos de sus grandes amigos: José Miguel Insulza y José Antonio Viera Gallo, estaban con Escalona. Su agenda es a que Isabel llegue a La Moneda y de esta forma hacerse del poder total.

—¿También fue lo que intentó con Bachelet?

—Claro, pero no le resultó. Trató a través de su influencia con Rodrigo Peñailillo y su relación con Jorge Insunza, pero se equivocó; ocurrió lo de SQM, los vínculos con Peñailillo, y todo se le vino abajo. Quedó picado… Se siente tan fuerte y poderoso que no está dispuesto a que vuelva a pasar, por eso está tan pendiente de Isabel… 

—¿Por qué cree que ella, a pesar de la trágica muerte de su padre, se permite esta relación con Enrique Correa y todo lo que él simboliza: asesor de las FF.AA., de SQM y del yerno de Pinochet?

—A lo mejor es débil y por eso él puede envolverla y manipularla con facilidad… 

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Mónica Echeverría sabe de lo que habla: fue muy cercana a los Allende (su hija Carmen estuvo casada con Andrés Pascal Allende), sobre todo de Tencha, de quien fue gran amiga desde tiempos de los veraneos familiares en Algarrobo. “Yo conocí bien la infancia de Isabel. Para su papá, Salvador, su heredera política siempre fue su hija Beatriz, Tati. Ella era su todo y la moldeó a su imagen, al punto que cuando llegó a la presidencia, en 1970, ella se convirtió en su más cercana asesora y colaboradora. A Isabel, en cambio, la miraba en menos y eso a ella le hizo mucho mal, la insegurizó. Tú sabes que Salvador era machista, a Hortensia la hacía callar: Tenchita, no se meta en la conversación si usted no tiene sentido del humor y no entiende nada, le decía… Cuando ella murió, hice un discurso muy bonito en el Congreso Nacional donde conté que había sido despreciada por Salvador, pero cuando él murió empezó a hacer discursos políticos por toda Europa y se volvió inteligente, con esa inteligencia que Salvador nunca le permitió demostrar”. 

—¿Entonces la inseguridad de Isabel, forjada desde su infancia, la habría llevado a confiar en los consejos de Enrique Correa?

—Mi temor es que no sepa lo peligroso que es. Porque Enrique es muy inteligente, extremadamente hábil. Seduce en tal sentido que es muy difícil resistirse. Conmigo lo intentó, y terminó cautivando a Jaime con su discurso de los DD.HH. y todo eso… La maravilla es que él, con ese físico y a la clase social a la que pertenece, a su forma de hablar —en sus tiempos como vocero de Aylwin algunos se burlaban de él porque arrastraba la ‘ch’—, es en tal sentido un seductor que conquistó a su mujer, a sus hijos, a sus amigos más íntimos… Feo y mal vestido, seduce absolutamente.

—¿Cuáles son sus armas?

—El adivina o siente cuál es tu debilidad y según eso actúa. Cambia de personalidad según el momento y la situación que le conviene.

—Carlos Huneeus dijo en una entrevista con CARAS que Enrique Correa era un impostor, ¿está de acuerdo?

—¡Claro! Por algo le pedí a Carlos que presentara mi libro.

—¿Cuál es el daño que le atribuye a este lobbista?

—El contaminó la forma en que se hacía política en Chile. Ha sido un corruptor de nuestra moralidad. Un seductor y un pervertidor, dos adjetivos que lo definen.

—De toda su lista de personajes que usted enumera en su libro, ¿él ha sido el más dañino?

—Hoy día, sí. Los demás pueden haber pervertido en algunos momentos pero no implican el mismo peligro que representa para Chile Enrique Correa.

Con el propio Correa habló en su oficina de Imaginacción. ¿Qué lo hizo cambiar, que lo llevó a abandonar sus ideales de igualdad para representar los intereses empresariales? La explicación fue la misma que le dio en su turno Eugenio Tironi y el resto de las figuras con las que logró hablar para su libro: “Que el paso por la UP y la izquierda había sido una utopía, algo irrealizable, que eso hoy ya no tenía ningún sentido ni valor alguno, por lo que debieron dar vuelta la página… ¿Cómo íbamos a creer que eso alguna vez iba a ser posible? Eso fue lo que me contestaron todos, sin excepción…”.

—¿Eso argumentaron entonces, tan simple como un error de juventud?

—Sí, es patético. ¿En qué nos vamos a transformar? Ese Chile con el que soñamos —igualitario, democrático, justo— hay que botarlo porque no es más que basura, una especie de delirio de jóvenes demasiado inspirados, una utopía sin destino. No se hacen cargo del rol que jugaron ¡cuando fueron demasiado importantes! El ejemplo que están dando es gravísimo para las nuevas  generaciones. Recuerdo a Carlos Altamirano, que se dio cuenta de que se trataba de una ilusión pero no se vendió. Siguió viviendo de forma austera y no aspiró a cargos ni al poder. Se equivocó y lo pagó, en cambio los otros terminaron sacando ventaja.