“Cada vez que alguien viene a visitarme los llevo de turismo a Molenbeek. Es que se ha vuelto muy conocido y pienso que es una manera de tener una imagen completa de Bruselas”, dice Hugo Santibáñez, chileno, residente en Bélgica hace 33 años, quien cuenta esta anécdota pocas horas  después de que dos explosiones comandadas por el Estado Islámico dejaran más de 30 muertos en Bruselas.

Molenbeek es una de las 19 comunas que forman Bruselas y hoy es tristemente célebre por ser la cuna del yihadismo europeo, en un país que proporcionalmente envía el mayor número de combatientes a luchar en Siria e Irak.

Y es que desde hace décadas aquí han vivido o pernoctado los autores de distintos atentados islamistas, como el asesino del comandante Massoud en Afganistán en 2001, muerto dos días antes de los ataques a las torres gemelas en Nueva York o Hassan El Haski, condenado como uno de los cerebros de los atentados contra los ferrocarriles de cercanías de Madrid en el 2004. De aquí también salió Mehdi Nemmouche, el autor del atentado contra el museo judío de Bruselas del 2014 en el que murieron cuatro personas, y a pocos días de los atentados contra el periódico satírico Charlie Hebdo en París, hasta aquí llegaron los allanamientos de la policía belga, siguiendo una célula yihadista de Verviers. Amedy Coulibaly, el terrorista del supermercado judío de París compró en este barrio las armas con que dio muerte a cinco personas en enero del 2015, al igual que Ayoub El Khazzani, el hombre que abrió fuego en un tren de alta velocidad que viajaba entre Bruselas y París ese mismo año.

La lista continúa. Tres de los atacantes de noviembre en París tenían vínculos con esta comuna, incluido el cerebro de la masacre, Abdelhamid Abaaoud. Y fue aquí donde Salah Abdeslam, logista de esos ataques, fue detenido cuatro días antes de los atentados de Bruselas.

Con ese currículum y después de las tres explosiones del 22 de marzo, la comuna vive entre allanamientos y operativos policiales, mientras los habitantes de origen magrebí se sienten cada vez más marginados, lo que produce un caldo de cultivo para los reclutadores de yihadistas, como reconoce Mohamed, uno de sus habitantes: “la gente está mal porque todo cae sobre Molenbeek. No todos somos terroristas y entre nosotros hemos comenzado a mirarnos con desconfianza”.

La diversidad de Molenbeek viene de los años ’60 y ’70 cuando la parte baja del barrio se llenó de campesinos turcos y marroquíes que vinieron a trabajar a la industria instalada a lo largo del canal gracias a acuerdos bilaterales entre sus gobiernos y Bélgica. Al llegar ocuparon los barrios que los obreros belgas habían vaciado para instalarse en la parte alta de la comuna, más allá de la línea del tren.

Cuesta calzar la imagen “yihadista” del barrio con la descripción que hace de él la profesora de Derecho Internacional de la Universidad de Concepción y experta en Relaciones Internacionales Paulina Astroza, que vivió cuatro años en la capital belga. “Pasé muchas veces por este barrio. Allí se ubica el centro de eventos “Tours and Taxis” muy conocido y se instala en el verano una playa artificial. Es una comuna muy activa con parques, comercio, vida nocturna y como en todo Bruselas, existe una gran mezcla y diversidad”.

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Alexandre Laumonier, editor francés que vive y trabaja en este barrio decidió escribir una carta en defensa de Molenbeek publicada por varios medios belgas y Le Monde. Asegura que Moleenbeck “no es Molenbeekinstán como muchos medios quieren hacer creer, no es un gueto”. Aquí se siente seguro y el único peligro, según él, es toparse con un auto que circula en sentido contrario. “Aquí cohabitan más de 100 nacionalidades sin que nunca haya tensión entre las comunidades”.
Con la misma vehemencia que defiende su barrio, Laumonier reconoce que “faltaría a la verdad” si no admite que en los últimos años las chicas que atienden en la panadería han cambiado el pañuelo en la cabeza por el niqab, o velo negro que las cubre de los pies a la cabeza. “Tampoco es raro ver en los mesones de las panaderías folletos invitando a una manifestación musulmana con las fotos de predicadores extranjeros que cuando se busca por internet aparecen en videos llamando a quemar judíos”.

Según la antropóloga francesa Dounia Bouzar, especialista pionera sobre radicalización, el caso belga es distinto al francés, donde “el perfil del joven adoctrinado es muy variado, tenemos incluso hijos de médicos y de abogados. El perfil del yihadista de Molenbeek es el que bautizamos como ‘clásico’, gente de origen magrebí, primera o segunda generación de la inmigración, que no tiene objetivos claros y que viene de una estructura familiar frágil, sin esperanza social”.

Laumonier insiste en que “hay muchos micro barrios dentro de la comuna” y  que la radicalización ocurre sólo en el centro histórico de esta aglomeración de 100 mil habitantes y la responsabilidad no es de sus estigmatizados vecinos, sino del abandono en que las autoridades han dejado este barrio desde hace más de 30 años. “Varias de sus calles parecen vertederos a cielo abierto. Pese al aumento exponencial de la población de origen magrebí desde el año 2000, en esta comuna que tiene la tasa de natalidad más alta de Bruselas, ningún plan de construcción de escuelas o salacunas se ha puesto en práctica, por lo que para educar a su hijo ha debido dejar la comuna”. El 57 por ciento de sus habitantes vive bajo la línea de la pobreza. El sueldo promedio alcanza los 776 euros, menos que la media nacional, y las ayudas sociales en cambio, son proporcionalmente más bajas que en el resto del país.

Jeff Van Damme, concejal socialista que fundó hace siete años I Love Molenbeek, un movimiento que busca destacar sólo los aspectos positivos de la comuna, enumera las causas del problema: “Hay estudios que han comprobado que los jóvenes de aquí son discriminados en el mercado de trabajo y la sociedad en general por sus apellidos. Eso hace que sean frágiles y receptivos a ideas radicales extremistas. Además, la radicalización no ocurre en las mezquitas, como piensan muchos, sino alrededor de ellas. Finalmente, en nuestro barrio tenemos un problema de criminalidad y muchas veces la radicalización se produce a través de los contactos que se hacen en la cárcel”.

Molenbeek ha llegado a situarse como la segunda comuna más pobre de Bélgica. Laumonier asegura que la clase media se está yendo del barrio. Van Damme prefiere hablar de Molenbeek como del ascensor social belga: “Es un barrio de llegada, elegido por la gente que viene del extranjero, en su mayoría de bajos recursos, que llegan aquí porque hay una red de familias de su mismo origen, así como una infraestructura de pequeños negocios que no son caros y centros de llamadas, y porque los alquileres son más baratos”.

Después de los atentados de París, en una suerte de mea culpa, el primer ministro Charles Michel reconoció  “el laxismo de las autoridades hacia esta comuna” y que Bélgica está “pagando los platos rotos por algo que no se hizo en el pasado”. Pese a todo, Van Damme prefiere quedarse con el lado positivo de su barrio. “Nuestros problemas son grandes, pero pese a las dificultades logramos vivir juntos y de manera constructiva. Pocos saben que en los últimos años ha llegado mucha gente de Europa del este y que aquí vive la mayor comunidad del Africa negra de Bélgica. En Molenbeek hay mucho amor, comprensión y esfuerzos que se hacen entre los vecinos todos los días. Los que han partido a Siria, una decena, son proporcionalmente una ínfima parte de sus 100 mil habitantes”.