Quisiera días con 36 horas para alcanzar a hacer todo lo que debe. Fuera de su oficina lo esperan. Su Blackberry está atochado, igual que la agenda. Al día siguiente de esta entrevista parte en una gira de dos días por seis países… Difícilmente puede ser de otra forma considerando que hace poco la revista Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Moisés Naím (60, tres hijos) es uno de los columnistas más leídos y sus opiniones se publican en más de cuarenta periódicos (El País, de España, y Financial Times, entre otros). Ha escrito más de diez libros sobre economía y política internacional. Además, es Senior associate de Economía Internacional del Carnegie Endowment for International Peace, el think tank dedicado al análisis de la política exterior más antiguo de Estados Unidos. Fundó y preside el G-50, grupo de selectos empresarios de América Latina.

Ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela en el segundo gobierno del Carlos Andrés Pérez, director del Banco Central y director ejecutivo del Banco Mundial, derivó hacia el periodismo y análisis internacional. Dirigió la revista Foreign Policy, y ahora dirige y conduce Efecto Naím, espacio semanal de TV transmitido en EE.UU. y Latinoamérica. En 2011 recibió el Premio Ortega y Gasset de periodismo a la mejor trayectoria.
—En vísperas de las presidenciales de Estados Unidos, ¿quién gana?
—No lo sé. Hoy las encuestas indican que Barack Obama y Mitt Romney están básicamente empatados. Pero este país se caracteriza por lo que se llama ‘october surprise’, porque siempre, pocas semanas antes de la votación, pasa algo inesperado que termina siendo determinante en el resultado. Todo parece indicar, a pesar del empate en las encuestas, que el Presidente Obama tendrá una cierta ventaja. La tiene hasta ahora porque domina internet y lo que se llama el microtargeting electoral.

“LA DE ROOSEVELT FUE LA ELECCIÓN DE LA RADIO; la de Kennedy, de la televisión; la de Obama, si se da, será la del data mining, que es la capacidad de utilizar técnicas sofisticadas para desarrollar perfiles de personas sobre la base de sus conductas en la red. Es decir, conocer qué compran, qué leen, con quiénes se conectan, cómo actúan por internet, para de allí derivar a cuáles podrían ser sus preferencias electorales. Entonces se les manda mensajes absolutamente diseñados para seducirlos. En ese ámbito, Obama y su campaña tecnológica tiene una ventaja significativa”.
—Pero usted, entre otros columnistas, coincide en que Romney tiene una maquinaria política muy poderosa y podría ganar. ¿Qué puede pasar si triunfa?
—El problema con Romney no es Romney sino que para haber sido seleccionado como candidato del Partido Republicano debió hacer concesiones muy importantes al ala más extrema del partido, concretamente, al Tea party… Si gana llega la idea, por ejemplo, que cuestiona la teoría de Darwin y de la evolución. Ideas bastante primitivas respecto del rol de las mujeres, el enfoque sobre el aborto, matrimonio gay, inmigración. El llega gracias al apoyo de gente que tiene ideas que, a mi juicio, son repugnantes.
—A principios de año afirmó que el principal tema político de 2012 sería la desigualdad. ¿Advierte esfuerzos por resolverla que vayan en la dirección correcta?
—Dije que este año sería visto como un punto de inflexión para muchas naciones que hasta ahora habían escondido la desigualdad. Incluyo a los Estados Unidos que históricamente toleró y celebró la riqueza. La gente no tiene ningún problema con que Bill Gates o quien haya inventado Google sea muy rico. Pero la cosa empieza a ser más complicada porque hay muchos que sí tienen problemas con los que son ricos porque formaron parte de los bancos y llevaron al país a una crisis y, a pesar de eso, sus ejecutivos siguen gozando de bonos multimillonarios.
—¿Se puede resolver la inequidad?
—Absolutamente. El campeón mundial en estadísticas de desigualdad es Brasil. Y en los últimos años ha tenido un avance inmenso, no sólo en disminuir sus índices de pobreza sino en reducir el índice Gini, que mide la desigualdad. No es fácil, pero se puede. A nivel global la desigualdad ha disminuido en términos absolutos, a pesar de que en muchos países aumentó.
—En Chile, los estudiantes se toman las calles en demanda de una educación de mejor calidad y de fin al lucro. ¿Se acabó la paciencia frente a un modelo que ellos ven como fracasado?
—Vamos por partes. Describir a Chile como un modelo económico fracasado es, por decir lo menos, sorprendente. Y tendencioso, por decir lo más. Todos los indicadores apuntan a que, considerando lo que era y en comparación con otros países de América Latina, el modelo de Chile es un éxito indiscutible. Los estudiantes que se toman las calles para protestar por mejores servicios públicos, especialmente educación, tienen muchísimo en común con quienes, en todo el mundo, demandan a sus gobiernos que hagan más por las clases medias que en Estados Unidos, España, Italia, Grecia, que están atribuladas, bajo riesgo de perder sus estándares de vida. Y lo hacen para pedir no ‘más’ sino mejor. Sucede en China, donde se quejan de la mala calidad de los apartamentos que les dan, y tienen razón. Pero hace cinco años no vivían en apartamentos.
—Entrevistó al Presidente Piñera el año pasado. Hoy su popularidad en las encuestas es muy baja, pese al modelo político y económico estable. ¿Cómo se explica?
—Obedece a una combinación de factores, unos ajenos a él y otros muy cercanos. Los más macro son los que ya describí: la expansión acelerada del éxito, de la clase media, las posibilidades de activación de una sociedad que demanda más y un gobierno que tiene recursos limitados para satisfacer simultáneamente todas esas aspiraciones. Esos recursos no son solamente dinero, sino también capacidad institucional. Hay cuellos de botellas que van más allá del dinero.
—¿Y lo que sí tiene que ver con Piñera?
—El viene precedido de una aureola de riqueza, de estar vinculado y ser producto del sector privado, de ser alguien autosuficiente que, quizá, no está conectado o no tiene esa sensibilidad con las necesidades y circunstancias de los más pobres. No estoy diciendo que sea así, no lo estoy acusando, pero es la percepción que existe. Y la combinación de esa circunstancia macro real, que lo habría tenido que enfrentar cualquier gobierno, con la imagen de hombre rico, genera la impopularidad.
—¿Su flaqueza es la falta de credibilidad?
—Es muy difícil evaluar a los presidentes durante sus mandatos. Existe mucha turbulencia social en Chile. Hay que esperar y ver cómo termina. El tiene un apetito enorme por ser visto como mandatario muy exitoso. Y alguien exitoso en tantos ámbitos hará lo que pueda para pasar a la historia como un buen presidente.

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