El 23 de enero pasado, Mirna Salamanca Astorga estaba en su casa con una de sus hijas cuando la televisión informó que la Corte de Apelaciones de París había rechazado la extradición de su hijo Ricardo Palma Salamanca.

El prófugo chileno más buscado en los últimos años, condenado a cadena perpetua como autor material del homicidio del senador Jaime Guzmán y el secuestro a Cristián Edwards, entre otros crímenes,  fue uno de los cuatro exfrentistas fugados cinematográficamente de la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago el 30 de diciembre de 1996. Mirna lo había visitado tres días antes, sin saber que pasarían 22 años antes de volver a hacerlo.

La decisión judicial en París, Mirna Salamanca la recibió tranquila. No hubo lágrimas. Estaba en su dormitorio ordenando y una amiga de su hija Marcela les avisó por WhatsApp que habían anunciado el veredicto. De inmediato prendió la televisión y se sentó a esperar la noticia, rodeada de sus gatos, en la austera casa de paredes blancas que habita en la comuna de La Reina.

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—¿Temía por su hijo si lo extraditaban?

—Nunca pensé que tendría que volver. No sé si era una manera de cubrir mi miedo, pero siempre dije que no hay que quejarse ni llorar antes de tiempo. Cuando escuché el fallo, ni me emocioné. Me alegré de ver feliz  a la gente que lo conocía y únicamente pensé que de ahora en adelante podrá pasar las noches tranquilo.

A sus 84 años, Mirna se ve en buena forma. Es delgada, algo que le queda de sus tiempos como profesora de Educación Física. Con su pelo blanco muy corto y sus movimientos pausados, transmite una fragilidad que inspira incluso ternura. Sin embargo, al hablar lo hace con una convicción y entereza tales que impresiona.

Dice que ahora su hijo “tendrá la posibilidad de hacer lo que quiera, estudiar, trabajar o tener una vivienda. Es posible que en la medida que se haga ciudadano francés y aprenda el idioma, pueda transitar libremente por otros lugares. El ve su futuro haciendo lo que sabe hacer: escribir y sacar fotos”.

El veredicto de la corte francesa es inapelable y por tanto, irreversible. En Chile, el canciller Ampuero lo calificó de incomprensible y en la UDI las reacciones han ido desde pedir que el Parlamento Europeo se pronuncie hasta anunciar un proyecto de ley que revoque la nacionalidad chilena a los condenados por terrorismo. El senador José Antonio Coloma calificó la decisión como “un triunfo de la impunidad”, mientras la alcaldesa Evelyn Matthei advertía que “los asesinos siempre pagan”.

Para la madre de Ricardo Palma, son declaraciones sin ninguna validez. “Si yo fuera de derecha mejor no diría nada”, sugiere, “creo que no tiene moral para decir lo malo que hicieron otros, porque ellos lo hicieron peor…”  A su juicio, los políticos deberían entender que Francia llevó adelante un proceso judicial y decidió.

De hecho, el tribunal francés consideró  las declaraciones de Palma sobre el uso de tortura para lograr su confesión en el caso de Jaime Guzmán. “Me gustaría citar al abogado que lo defendió. Dijo que si un individuo viene de un país que tuvo tantos años de represión, con muertes y búsqueda de gente para eliminarla, evidentemente no tenía otra opción que salir de donde estaba”.

—¿Entiende la necesidad de justicia de los familiares de Jaime Guzmán y de sus partidarios?

—Obviamente lamento que hayan perdido a su hijo o hermano… pero él también hizo de las suyas, fue el que transformó la Constitución. Entiendo a cualquier padre, madre o hermano que sienta tristeza porque esa persona murió, pero más allá no opino.

—¿Aún sostiene que la acción contra Guzmán fue un acto político?

—Sí, hasta que me muera. Sí, fue un acto político… uno de los peores actos políticos, pero fue un acto político.

En 1965, casada y con dos de sus tres hijos ya nacidos, Mirna Salamanca se incorporó al Partido Comunista. Fue muy activa durante la dictadura, incluso, en 1988 debió salir del país y viajó a Suecia por un tiempo. En ese tiempo trabajaba como profesora de gimnasia en el Colegio Latinoamericano de Integración, desde donde Ricardo, el menor de sus tres hijos, acababa de egresar para estudiar fotografía en el Instituto Arcos.

Las dos hermanas mayores de Ricardo, Marcela y Andrea, fueron dirigentas estudiantiles desde fines de los ’70 y ambas estuvieron detenidas y fueron torturadas, una de ellas incluso estando embarazada. Pero para Ricardo, el activismo político que veía en su familia no era suficiente, él tenía convicciones más extremas.

Mirna está segura de que el secuestro y posterior degollamiento de Manuel Guerrero, José Manuel Parada y Santiago Nattino en marzo de 1985 —los dos primeros fueron detenidos en la entrada del Colegio Latinoamericano—fue un hecho que lo marcó. Recuerda que ese día  se desocupó antes de su clase y salió a comprar. “Cuando venía de vuelta sentí un balazo y al llegar al colegio encontré a Ricardo desesperado y angustiado también porque yo andaba en la calle. Desde ese momento, creo yo, reforzó sus convicciones”.

Palma Salamanca tenía 18 o 19 años cuando le reconoció a su madre que quería pertenecer al Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Mirna no recuerda cómo se lo dijo exactamente,  pero afirma que no pudo hacer nada pues nunca les prohibió algo a sus hijos. Además Ricardo había crecido en un círculo muy politizado de izquierda. “Era imposible disuadirlo… siempre quiso pertenecer al Frente. Sabía que no le podía decir nada, ni siquiera asustarlo con que si le pasaba algo yo me iba a quedar sola. Siempre les di libertad de ser a mis hijos”, admite.

—¿Y a usted le costó aceptar su decisión?

—Es una pena que mi hijo haya sido testigo de algo tan crudo en su adolescencia y que eligiera estar en ese ambiente, pero él nunca dejó de ir a dormir a la casa. Yo sabía que los jóvenes que postulaban y quedaban en el Frente se iban de la casa, pero él nunca se fue.

—Con eso los expuso a todos…

—Nos expusimos. Estaba convencida de que uno tiene que hacer su aporte. A mis hijas les pedía por favor que fueran cuidadosas, pero a mi hijo no le decía nada. Lo dejé ser, eso era lo que él quería.

Antes de despedirse, se detiene para decir algo que le parece fundamental dejar aquí establecido: “Todavía me siento orgullosa del hijo que crié.

El Negro, como apodan a Ricardo Palma, fue apresado por la Policía de Investigaciones en 1992 y condenado a sendas cadenas perpetuas por el secuestro de Cristián Edwards y el asesinato del senador UDI, ambos hechos ocurridos entre 1991 y 1992. Antes también participó en otros tres asesinatos cometidos por el Frente en 1989 y 1990. Luego de su legendaria fuga en helicóptero junto a otros cuatro frentistas, pasó más de veinte años en la clandestinidad —la mayoría de ellos en México— hasta que en febrero de 2018 fue detenido por la policía francesa en París. Se presume que llevaba cerca de nueve meses en la ciudad y que su captura fue posible luego que otro exfrentista refugiado en México fuera capturado por participar en varios secuestros y entregara indicios sobre Palma Salamanca, quien debió huir del país azteca junto a su pareja, Silvia Brzovic.

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Tras ser sometido a control y liberado por la policía francesa bajo prohibición de salir de ese país hasta resolver su situación judicial, Palma Salamanca debió presentarse diariamente a firmar en una comisaría.

Solo entonces, al verlo en los noticieros, Mirna Salamanca tuvo la certeza de que su hijo no estaba muerto. La última vez él tenía 27 años y el hombre que ahora le mostraban los canales era un hombre canoso de 48.

Mirna jamás faltó a las visitas de los días viernes en el tiempo que su hijo estuvo preso. Luego de su detención, a Palma Salamanca lo mantuvieron en la Brigada de Homicidios de la PDI, donde —dice su madre— lo trataron muy mal, lo torturaron y lo mantenían a puro café. Luego pasó a la Penitenciaría, a la cárcel de San Miguel y finalmente a la Cárcel de Alta Seguridad. “Nunca lo vi mal cuando lo visitábamos. Escribía mucho y nos mandaba cartas. Siempre se reía, jugaba fútbol, no sentía rabia ni pena”, rememora.

Ese 27 de diciembre de 1996 se despidieron como siempre, pero antes de irse Mirna se dio vuelta para verlo una vez más. En ese momento su hijo se devolvió corriendo y le dio un beso grande, con mucho cariño. “Me impresionó tanto que le dije que todavía no era Año Nuevo. Fue como un gesto desesperado, creo que él en ese momento pensaba ‘mamá no te puedo decir lo que quiero’. Fue la última vez que lo vi”.

Tres días después, estaba en la sede de los familiares de los presos de la CAS  cuando una periodista llamó para contar, casi gritando, que cuatro integrantes del FPMR se habían escapado por el aire en una fuga que parecía sacada de una película. Un helicóptero se posó en el aire sobre el patio de la cárcel mientras desde la cabina eran disparadas ráfagas de fusiles M-16 para impedir la acción de los gendarmes. Los frentistas se subieron a un canasto blindado que colgaba del aparato y este emprendió el vuelo rápidamente. “No podíamos creer que alguien pudiera fugarse de esa cárcel. Estaba hecha para no fugarse. Yo pensaba que los iban a encontrar en seguida y temía por la seguridad de mi hijo. Pero todo estaba tan bien hecho, que pudieron escapar y salir del país”.

Palma habría buscado refugio en Cuba, pero también pasó un tiempo en Argentina. Tampoco se sabe con precisión cuándo se estableció en México junto a Silvia Brzovic. Según Interpol, desde hace una década que Palma vivía con ella y sus dos hijos en San Miguel de Allende, un pueblo turístico. Sus identidades falsas eran Esteban Solís Tamayo y Pilar Quezada Moreno, él fotógrafo y  ella directora de arte de una galería.

En estos años, Mirna Salamanca nunca habló con su hijo, pues creía que le jugaría en contra y lo podían detener. Sin embargo, le aseguraban que estaba bien. Un mes después de la fuga, le entregaron unas fotos de los prófugos que luego fueron reproducidas por la prensa, junto a una carta. “Tocaron el timbre y me entregaron un sobre. Cuando miré para pagar ya no había nadie, no sé quién fue”, asegura.  Confiesa que en los años siguientes le llegaron algunas cartas de su hijo, pero que jamás supo dónde estaba.

Mujer de pocas palabras, los años le han conferido el temple de alguien que ha debido esperar. Pero más allá de la incertidumbre, jamás pensó que su hijo fuera a morir o que no fuera a saber más de él. “Nunca me puse en un mal escenario, creo que eso me salvó. Viví de puros recuerdos, pero él siempre estaba en la familia. Con mis hijas tomábamos once y nos acordábamos de sus chistes. A veces Ricardo se levantaba de la mesa  los domingos y se iba dando un paso de ballet, juntando los pies en el aire. Cuando le preguntaba a dónde iba me decía que a un ensayo de su papá, que era director de un grupo folclórico”.

El reencuentro

A fines de 2017, la prensa chilena informó que en junio de ese año Palma Salamanca había sido detenido en Francia cuando ingresaba a ese país con su familia por el aeropuerto Charles de Gaulle, pero luego puesto en libertad. El gobierno chileno solo habría tomado conocimiento el 1 de diciembre de 2017.

La prensa lo vinculó a una red de secuestradores en México señalando a Palma como cómplice del exfrentista Raúl Escobar Poblete, alias “el comandante Emilio”, detenido desde mayo de 2017 por las autoridades mexicanas. “No lo creí, lo único que hubiera creído es si me mostraban el cadáver de mi hijo”, dice Mirna. “Ricardo no se metió en nada en México, se dedicó a trabajar. En San Miguel de Allende los niños estaban en el colegio y ellos eran buenos apoderados”, agrega. Hasta que detuvieron al “comandante Emilio”.  Ese día, Ricardo Palma le dijo a su familia que arreglaran sus cosas de inmediato porque se iban de México. Partieron al día siguiente, a las seis de la mañana.

Informado de su presencia en Francia, en 2018 el gobierno chileno inició la ofensiva para extraditarlo y que cumpliera su condena en nuestro país. Por su parte, los familiares del fugado contrataron en Francia al prestigioso abogado Jean-Pierre Mignard, experto en derechos humanos, mientras gestionaban la solicitud de asilo político. Este le fue concedido en noviembre por la Oficina de Protección a los Refugiados y Apátridas de Francia (OPFRA).

En abril de 2018, Mirna, su hija Marcela y el mayor de sus nietos viajaron a París a encontrarse con Ricardo y Silvia. En la oportunidad también conocieron por primera vez a los dos hijos de ambos.  “Fue intenso y no nos dedicamos a conversar los detalles. Me dio gusto verlo porque estaba igual,  claro que habían pasado 20 años y ya no era el Ricardito: ahora se corta muy corto el pelo, no era su costumbre”, comenta de ese reencuentro. El acercamiento con sus nietos Palma Brzovic fue despacio: “El niño es bien retraído, porque se llevó la parte más dura de la vida de su padre; pero ella es muy simpática y muy chilena, pese a no haber estado nunca en este país”, observa.

—¿Le dijo a Ricardo que se sentía orgullosa de él?

—Todavía me siento orgullosa del hijo que crié. Nunca nos peleamos, tampoco nos recriminamos ni le negué nada.

Esos días de abril en París estuvieron salpicados de momentos familiares como no los habían tenido en décadas, como los de antes. No pelearon, ni se recriminaron nada. Y el último día, cuando ya regresaban a Chile y una lluvia primaveral los sorprendió camino al aeropuerto, la nostalgia superó a Mirna y se emocionó: “Ricardo se acercó y me dijo cuídese mucho, mucho y ahí yo no aguanté y lloré”, reconoce, dando por finalizada nuestra entrevista”.