Una de nuestras falencias graves como especie es esta incapacidad de ponderar acontecimientos mientras ocurren y solo valorarlos posteriormente, cuando la mayoría de las veces ya no hay caso. En todos los ámbitos esto puede ser nefasto, aunque en algunos hemos de reconocer que, como dice el refrán, “no hay mal que por bien no venga”. Es imposible imaginar, por ejemplo, qué habría pasado si Mozart no hubiera padecido esa personalidad atormentada y autodestructiva que cortó su joven vida o si Van Gogh hubiera tenido un agente que vendiera sus pinturas y lo hubiera hecho millonario. Pero siendo tremendamente pragmático y un poco mala onda, ok, digo valoramos hoy su legado sin duda sabiendo que, probablemente, no habría sido lo mismo con éxito económico y reconocimiento social.

Pero en política, en lo que la administración de la sociedad se refiere, esto solo puede traer consecuencias catastróficas, porque el paso del tiempo tampoco garantiza un correcto juicio de los acontecimientos y menos de las personas. Quedan los paradigmas y la historia que escribe el bando vencedor, pero ¿una lección aprendida? Parece que no. Nadie podría asegurar que las cosas no volverán a tomar un curso, otra vez, como aquellos que condujeron a la guerra civil de 1891 o al golpe del 73, por ejemplo. Podemos, probablemente, equivocarnos de nuevo eligiendo un patán que no esté a la altura del cargo o ser incapaces de impedir el ascenso de un sinvergüenza especulador, pequeños paréntesis irrelevantes en la suma, pero el costo de no leer correctamente los procesos sociales profundos, las grandes transformaciones que tienen lugar en las calles mientras en los salones se pelea por las chauchas, es uno que no podemos darnos el gusto –otra vez- de pagar.
Siempre soy malinterpretado cuando digo que observo la contingencia desde la perspectiva de la historia futura, pero mientras la mayoría incuba odiosidades, a mi esto permite reconciliar paradojas. Y cuando pienso así en Michelle Bachelet se me eriza la piel de emoción, expectación… y miedo.

En nuestra malagradecida memoria hemos olvidado la épica de su primera elección. Tan rápido ocurren los cambios. Recuerdo haber escrito que la sola razón de poder mostrarles a mis hijas que ya no hay algo a lo que una mujer no pueda aspirar bastaba para votar por ella con orgullo, reivindicando la mayor justicia, reparando el error patriarcal, instalando un nuevo paradigma. No sospechábamos entonces que su figura crecería para adquirir ribetes históricos aún mayores.

Michelle vuelve a La Moneda con la aprobación que nunca tuvo un mandatario y probablemente con desafíos tanto o más grandes que los que enfrentaron Balmaceda y Allende. Quiero creer que ella está consciente de esto al punto de haber decidido ejercer ese liderazgo que le pertenece en exclusiva, de asumir el mandato del pueblo y cambiar de una vez por todas este país. Pero entonces la veo tan instalada en el ámbito Bilderlberg, tan del gusto de los Rockefeller, tan cerca de la oligarquía experta en inventar políticos útiles y sacar conejos del sombrero… Quiero creer, pero veo a la maquinaria de los partidos, la mediocre y rancia canalla dorada concertacionista, eso que se ha llamado “la nueva pillería”, veo la chapucería de ciertas designaciones recientes y pienso con horror en eso del “dime con quién andas…”

Pero qué más da. Solo los genios pueden darse el lujo de escoger un camino en solitario. Quienes siendo personas normales aunque señaladas, deben asumir el llamado de la historia, por quién sabe qué capricho de cuál dios, como el caso de Michelle, están obligados a arar con los bueyes que están a mano, resignados y confiados en que de alguna manera hay que comenzar y que en el camino de acomoda la carga. Eso, al menos, quiero creer.

La gran pregunta, y perdóneme Michelle que sea tan directo (tengo la suerte de no tener que caerle bien a su equipo de comunicaciones-guardaespaldas para poder hacer mi trabajo) es para quién trabaja en realidad la Presidenta de Chile y ha llego el momento de saberlo. Quiero creer que en lo más profundo de sus convicciones, al margen de sus redes, padrinos, compromisos, círculos de hierro, grandezas y debilidades personales, esté ese pueblo apabullado, postergado, malquerido que somos los chilenos. La clase trabajadora-esclavizada víctima de la usura y el abuso y que ha puesto en Michelle sus esperanzas. Ojalá que sea su motivación para no conformarse con buenas cifras de esto y lo otro que no influyen en nada en la vida de los consumidores-usuarios-cotizantes-contribuyentes-sufragantes.

Y este escenario, esta posibilidad hermosa pero remota e ilusa -digámoslo- es el que más me aterra. Por el eterno retorno, por Spengler, porque se ha visto repetidas veces que antes que la fronda aristocrática y la canalla dorada, la chusma inconsciente puede ser el peor enemigo de sus propias reivindicaciones. Contra las fantasías y las expectativas poco puede hacer una persona, por muy singular que sea, sobre todo si está llena de buenas intenciones y rodeada de aduladores.

De modo que, por lo menos para mí, solo cabe tomar palco y observar a la propia historia desarrollarse en tiempo real, a la historia con mayúscula, no una anotación cronológica al margen del gran libro, como fueron estos cuatro años. Y rogar que los dioses nos sean propicios y Michelle esté nuevamente a la altura del desafío.

Comentarios

comentarios