Puede estar en el programa de televisión de la popular Oprah, paseando por el Palacio de Buckingham junto a la reina Isabel, hablando en el pleno de las Naciones Unidas o moviendo las caderas en algún recital de su amiga Beyoncé y la mujer de Barack Obama parece igual relajada y cómoda. Decidida a marcar la diferencia con sus antecesoras, abrió las puertas de la Casa Blanca al mundo con una mezcla de autenticidad y reivindicación social nunca antes vista.
Con sus propias manos plantó la primera huerta orgánica de la residencia presidencial y gracias a su proyecto Let’s move, movilizó al país en la lucha contra la obesidad infantil. Mientras, las revistas de moda elogiaban su buen gusto a la hora de elegir a los diseñadores. Ni las caderas anchas ni una estampa más bien voluptuosa han interferido en su conversión en un verdadero icono fashion. De la mano de, Narciso Rodríguez, Aurora Cornejo o Vera Wang destila elegancia y esa impronta es la que también reflejan sus ahora juveniles Malia (17) y Sasha (14).

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Tataranieta de un esclavo de Carolina del Sur, Michelle (51) creció en un barrio obrero de Chicago llena de privaciones pero con la certeza de un mañana mejor. A punta de tesón, llegó a las universidades más prestigiosas del país aun cuando sus profesores no le tenían mucha fe, según ella misma declaró en varias entrevistas. Estudió Sociología en Princeton y Derecho en Harvard, obteniendo siempre las más altas calificaciones.
“La historia de su familia es uno de los clásicos retratos estadounidenses de emigración del sur hacia los grandes centros urbanos”, cuenta Liza Mundy en su libro Michelle, la biografía. Ahí relata cómo su padre, Fraser Robinson, la impulsó con una simple pero efectiva receta: “Siempre tienes que mantener una visión positiva ante las adversidades. No hay nada más imposible que lo que uno no quiere proponerse”, le repetía cada vez que la veía flaquear.
Sus críticos cuestionan sus peleas con el personal de la Casa Blanca e incluso la han tildado de “la típica mujer negra enojada”, por la vehemencia con que defiende las políticas del gobierno, pero a ella no le entran balas. Convencida de que tiene que existir consecuencia entre la vida privada y pública, no tiene temor a mostrar los avatares de la familia Obama en las redes sociales, donde continuamente es trending topic.

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“La educación puede llevae a los niños tan lejos como nunca han imaginado”, dijo, hace pocas semanas, en la última Cumbre Mundial para la Innovación en Educación celebrada en Qatar. Emocionada, recordó su propia historia pero también deslizó críticas que molestaron a varios de los asistentes. “Nuestra sociedad debe ser capaz de superar las tradiciones milenarias que oprimen a las mujeres. Ustedes son expertos en sus respectivos gobiernos, pero también tienen que ser punta de lanza para cambiar la mentalidad y abrir un debate de cómo se ve a las mujeres en la sociedad”, afirmó, sin que le temblara la voz.
Si hay algo de marketing en su sonrisa perfecta, a nadie le importa, el encanto Michelle traspasa fronteras, seduce al poder y augura que aún lejos de Washington, seguirá ejerciendo el liderazgo que construyó en los últimos ocho años. Ya acercándose al final del segundo mandato de Obama en la Casa Blanca —en enero de 2017 deja el cargo—, no son pocos los que al interior del Partido Demócrata creen que la carrera política de Michelle recién comienza y que perfectamente podría seguir los pasos de Barack, el hombre que conoció en 1991 en el buffet de abogados de Sidley Austin y del que se confiesa “perdidamente enamorada”.