Las vidas de las madres y de sus hijas suelen estar unidas por cordones indestructibles. Las de la Presidenta y Angela Jeria, sin embargo, parecieran estar selladas no sólo por el lazo familiar, sino por las marcas de su historia épica y la de Chile: la biografía de la primera mujer en llegar a La Moneda, no una vez sino dos, ha estado marcada por la figura de otra mujer, su madre, que ha sido testigo y puntal de Michelle Bachelet como ser humano y líder político. Y el devenir de sus respectivos destinos, que a veces parece ser uno solo, con sus hitos dolorosos y sus triunfos alegres perfectamente podrían ser un retrato de las mujeres de este país en el último siglo.

Siempre han estado juntas y son contadas las veces que se han separado desde que un 29 de septiembre de 1951 nació la pequeña Michelle, a los siete meses de gestación. Angela tuvo embarazos complicados y sólo dos llegaron a término: su hijo mayor, Alberto o Betingo, como lo llamaban en la familia, también había nacido prematuro cinco años antes. Y dicen que entre uno y otro hubo pérdidas. Pero la Presidenta nació en buen estado en el Hospital de Carabineros, aunque tuvo que estar un tiempo en incubadora. En esta entrevista, la madre rememora el momento en que la conoció: “Fue muy emocionante verla tan pequeñita, tan frágil y tan linda”.

Casi siempre se pone el foco en la hija y en el padre, el general Alberto Bachelet Martínez, y en su historia trágica que marcó la biografía de su única niña. Fallecido en marzo de 1974, después de las torturas de sus propios compañeros de la Fuerza Aérea, su muerte y sus circunstancias quebraron el camino de la estudiante de Medicina de 22 años que, convertida mucho después en ministra de Defensa, lideró en 2002 un proceso de modernización de las Fuerzas Armadas y el acercamiento cívico-militar que fue un reflejo de la reconciliación buscada durante años en Chile. Michelle se asemeja a él, demasiado: “Ella es muchísimo más parecida a mi marido que a mí”, relata la viuda de Bachelet.

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Pero basta cambiar algunos grados en la mirada, instalarla en la Presidenta y su madre, para darse cuenta de que la figura de Angela Jeria también ha sido clave y, a diferencia de las marcas que dejó el general, no ha sido observada del todo en el retrato complejo de la vida de su hija.

Es jueves 17 de abril, a media tarde, y las dos ingresan juntas al imponente Salón Azul, en el segundo piso de La Moneda. Es la primera vez que dan una entrevista juntas en los últimos años. Se ven contentas y cariñosas, pese a que ha sido un periodo complejo para el gobierno: en el primer mes de su segundo mandato, Bachelet ha debido enfrentar el terremoto en el norte y el incendio en Valparaíso. Pero aunque el tiempo es corto –el protocolo en el Palacio se cumple–, la mandataria parece cómoda en este inédito espacio de intimidad. Y hasta se ríe junto a su madre, a quien sus familiares y amigos llaman Gelo: “Ella es muy coqueta”, comenta Bachelet cuando Angela Jeria habla sobre el pañuelo que se ha puesto esta tarde, un regalo que su hija le compró en Asia.

La Presidenta de 62 años en todo momento parece preocupada de que su mamá esté cómoda, se sienta a gusto y no se canse. Angela se ve bien: aunque sufre de constantes resfriados y alguna molestia ocular que resuelve con anteojos oscuros, no representa para nada sus 87. Esta tarde se ha vestido en tonos suaves, como su hija, y cuenta que por la mañana fue a arreglarse a la peluquería del barrio, la de toda la vida. Y, como toda la vida, tan educada y medida, cuando empiezan las fotografías se resiste a ocupar el sillón del escritorio del Salón Azul reservado para la jefa de Estado. “¿Cómo me voy a instalar yo ahí?”. Bachelet resuelve: “Pero si eres mi mamá y siempre has estado junto a mí…  ¿Por qué no?”.

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Los retratos de Bernardo O’Higgins y Andrés Bello adornan las murallas gruesas de este lugar del Palacio, a pocos metros del despacho presidencial. Hace muchos años, en el gobierno de Pinochet, el símbolo de esta sala era un gobelino con el escudo nacional.

Nunca, o casi nunca, se han separado. Vivieron juntas en Chile hasta el verano de 1975 cuando fueron detenidas y torturadas en Villa Grimaldi y Cuatro Alamos. A la hija la amenazaban con matar a la madre y a la madre la amenazaban con matar a la hija. Cuando fueron liberadas por separado, sin saber la una de la otra, la incertidumbre era terrible, y lo cuenta Angela Jeria. “Pensaba que ella se quedaba sola en Chile y ni siquiera sabía si estaba o no libre. Y cuando la veo en el aeropuerto, nos abrazamos… creo que fue el momento más maravilloso de mi vida”.

Juntas llegaron a Sydney a la casa de Betingo, que vivía en la ciudad desde 1969 junto a su mujer y sus dos niños.

Unos meses después, sin separarse, fueron a la RDA: Michelle, que llegó primero a Alemania Oriental, hizo todos los trámites para mandar a buscar a su mamá a fines de 1975, y vivieron juntas en un departamento en Potsdam. La Presidenta, en esos años, era una estudiante de Medicina que intentaba aprender alemán y militaba en el Partido Socialista. Su madre, en cambio, ya era un personaje importante: tenía un programa en Radio Berlín y viajaba por medio mundo denunciando las violaciones a los derechos humanos en Chile.

Recién en 1977 Gelo dejó un tiempo a su hija cuando viajó a Estados Unidos, luego del asesinato de Orlando Letelier, para apoyar a la viuda del canciller en su trabajo internacional contra la dictadura. Pero se reencontraron pronto y, juntas, retornaron a Chile el 18 de febrero de 1979. Durante años fueron vecinas en el edificio de la Escuela Militar, donde Angela Jeria vive hasta la actualidad.

Como muchas madres chilenas, fue crucial para el desarrollo profesional de su hija. Bachelet llegó a Santiago con 27 años y ni ella ni su marido, Jorge Dávalos, se habían titulado. Ni ella era médico ni él arquitecto, pero tenían la responsabilidad tremenda de mantener a Sebastián, su primer hijo, que en ese tiempo era muy pequeño. Angela Jeria fue un apoyo clave y ayudó a Michelle mientras terminaba su carrera en la Universidad de Chile, donde no le reconocieron sus semestres de Berlín y tuvo que volver a cuarto año.

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La propia Angela, como muchas madres chilenas, se pospuso por su hija y sus nietos. En 1970 había ingresado a la carrera de Arqueología, a los 43 años, para cumplir un sueño de juventud. El Golpe de Estado, sin embargo, interrumpió su anhelo y, cuando retornó a Chile, decidió terminar su carrera. Con la llegada de la democracia en 1990 quiso titularse, pero no pudo: decidió ayudar a Bachelet en la crianza de sus tres niños. Por eso Gelo siempre aclara que ella no es arqueóloga, sino solamente Licenciada en Arqueología.

No fue una típica mujer de militar, dedicada a la casa y a los niños: en las destinaciones de su marido, Angela Jeria siempre se las arregló para trabajar y aportar a la economía doméstica. Inquieta y culta –le encantan los libros y la música-  no era raro verla conversar por horas con su marido y sus compañeros de la Fuerza Aérea, en los años en que esas tertulias parecían reservadas para los hombres.

Nunca se han separado y han vivido dolores inmensos juntas. Y de ello también hablan en esta conversación: de la muerte de general Bachelet y fallecimiento inesperado de Betingo en 2001, que tenía sólo 55 años cuando sufrió un infarto cardíaco. “La muerte de mi papá y de mi hermano fueron grandes dolores que nos hicieron estar más unidas que nunca”, señala Bachelet.

Pero volvamos al comienzo, cuando la madre y la hija el jueves 17 de abril entraron juntas en el Salón Azul.

—¿Cómo es este vínculo madre-hija que han llevado durante sus vidas? Ustedes pocas veces se han separado.

—Bachelet: Hemos estado juntas en momentos muy dolorosos, pero también hemos compartido grandes alegrías. Mi mamá ha sido mi gran apoyo y compañía, mi aliada, siempre he podido contar con ella. Siento gran admiración por su valentía y consecuencia de vida.

—Ángela Jeria: Las circunstancias de la vida han hecho que nos quedemos solas. De ser una familia muy unida de cuatro personas, ahora sólo estamos las dos. Por eso los lazos de afecto entre nosotras son profundos. El cariño es inmenso y el respeto es mutuo. La valoro mucho y nunca he querido interferir en su vida. Y aunque no nos veamos todos los días, cuando estamos juntas lo pasamos muy bien: compartimos el gusto por la naturaleza, el aire libre, la lectura, la música y el deporte.

—Presidenta, ¿qué ha heredado usted de su madre, en lo humano y en lo político?

—Bachelet: Claro que heredé varias cosas de mi mamá: el respeto y preocupación por los demás, la tranquilidad para enfrentar los momentos duros, su visión positiva de la vida, su entereza. Su templanza, en fin… tantas cosas. En lo político, la defensa de los derechos humanos de las personas, el coraje. Ser consecuente en la vida que uno lleva.

 —Señora Ángela, ¿la preocupación por los temas de género y el progresismo, es un rasgo que su hija también heredó de usted?

—Ángela Jeria: Nosotros formábamos una familia muy unida, donde siempre se hablaba de todos los temas, especialmente, de la preocupación por el ser humano, la desigualdad, la necesidad de cambiar las cosas. Ella se vio inmersa desde que nació en este ambiente. Cuento esto para graficar que esos eran los temas que se hablaban en nuestra casa, siempre de la ciencia, del ser humano. Yo era de ideas de izquierda y mi marido era militar, pero era progresista también. Michelle dice que yo fui un modelo de mujer, porque trabajé desde que me casé. Pero siempre quise estudiar Arqueología y sólo pude hacerlo cuando jubilé y ya era abuela. Entré a la Universidad de Chile casi al mismo tiempo que Michelle a Medicina.

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—¿Y en qué aspectos su hija es distinta a usted?

—Ángela Jeria: En realidad, debo decir que ella es muchísimo más parecida a mi marido que a mí, especialmente en su carácter, en sus inquietudes, en su capacidad, su manera de ser, su alegría. Es muy inteligente, una persona muy completa, capaz de hacer muchas cosas distintas a la vez y hacerlas bien. Además, es muy entretenida, alegre, tiene facilidad para tocar instrumentos, para cantar. A mí me gusta apreciar todo eso, porque yo no tengo esos talentos. Ella tiene la capacidad y el interés de acercarse y conocer los problemas de cada persona y de tener una empatía con ellas. Tiene el carisma que tenía mi marido.

—¿Cuál es el momento más entrañable que cada una recuerda haber pasado junto a la otra?

—Michelle Bachelet: Tengo miles de hermosos recuerdos de mi infancia, pero los momentos de dolor -cuando muere mi padre o mi hermano- estar juntas nos permitió sobreponernos de mejor manera. También cuando nos reencontramos en el aeropuerto al salir de Chile, luego de muchos días sin saber de nosotras, nos dimos un fuerte abrazo y no paramos de hablar en el avión para saber qué nos había pasado y cómo estábamos.

—Ángela Jeria: Es que son varios y tan distintos. Yo creo que cuando ella nació, porque fue sietemesina, fue muy emocionante verla tan pequeñita, tan frágil y tan linda… Estuvo en incubadora un mes, y cuando pudimos tenerla en brazos, fue algo muy hermoso.

Otro momento entrañable fue el tiempo en que nos detuvieron y estuvimos primero en Villa Grimaldi y después en Cuatro Alamos, en el pabellón de incomunicados. A Michelle la soltaron antes que a mí, pero yo no lo supe, y cuando me liberaron para expulsarme de Chile a Australia y me llevaron al aeropuerto mi angustia era enorme. Pensaba que ella se quedaba sola en Chile y ni siquiera sabía si estaba o no libre. Y cuando la veo en el aeropuerto, nos abrazamos… creo que fue el momento más maravilloso de mi vida.

—Presidenta, usted en su discurso el día del triunfo, el 15 de diciembre, agradeció a los chilenos el cariño que le tienen a su madre… ¿En qué situaciones ha sentido ese afecto?

—Michelle Bachelet: Mi madre es una persona muy activa y en la última campaña se sumó a varias actividades en terreno. Y era muy impresionante cómo las personas se le acercaban, la saludaban y a través de ella me mandaban recados, cariños y ¡mucha fuerza!

Para mi proclamación en el Teatro Caupolicán, en primarias, los locutores por error no la nombraron al empezar el acto, y de repente se escucharon miles de voces diciendo: “¡La mamá! ¡la mamá!”. Fue ahí cuando la presentaron y el teatro se vino abajo aplaudiéndola.

—¿Cómo se han acompañado y ayudado, en lo humano, después de dos pérdidas tan importantes como fueron la del general Bachelet, primero, y la de Betingo, en 2001? ¿Fueron dolores conversados o llevados más bien silenciosamente?

—Michelle Bachelet: La muerte de mi papá y de mi hermano fueron grandes dolores que nos hicieron estar más unidas que nunca. En esos minutos dolorosos la compañía y el cariño permitieron sobrellevar la pena. Nos mostrábamos muy enteras, pero en el fondo pensaba que le haría bien a mi mamá y sospecho que ella pensaba lo mismo para mí.

—Ángela Jeria: Cuando murió mi marido no pudimos conversar, teníamos mucho que hacer, eran tiempos muy complicados, así que solamente nos abrazamos y lloramos. Nos tocó ir solas al Instituto Médico Legal, sacarlo de la cámara de frío, verlo muerto, después de haberlo buscado un día entero. Fueron momentos difíciles, una pena muy grande.

Cuando murió mi hijo, que estaba en Estados Unidos, Michelle fue increíble, se movió, hizo todos los trámites para viajar de inmediato, y así conseguimos llegar a tiempo al funeral. Nos fuimos tomadas de la mano en el avión hasta llegar. Nos acompañamos en el dolor. No hablamos mucho, pero me abrazaba y me consolaba. Yo no lloro casi nunca, ella tampoco.