Aunque está fuera del gobierno, son días agitados para Michelle Bachelet Jeria (66). Su casa y oficina están revueltas, llenas de cajas, cables, maestros. Acaba de cambiarse de regreso al domicilio que tenía antes de ser elegida en 2013 y su fundación —sin nombre oficial— empieza a tomar forma en calle Del Inca en Las Condes. Su agenda nacional e internacional sigue repleta, pero con menos intensidad porque ella quiere pasar más tiempo en Chile.

Por estos días está en Ginebra en la Asamblea Mundial de la Salud y en las reuniones del Programa para la Salud de la Familia, la Mujer y el Niño de la OMS; dirección que asumirá este 20 de mayo, cuando Graça Machel, viuda de Nelson Mandela, le entregue el mando. Días antes participaba como speaker en el Asian Leadership bajo el lema: La globalización en crisis: navegando por el mundo con nuevas oportunidades, en Seúl, Corea. Pero su mente y energía están concentradas en partir con la fundación a comienzos de julio.

“La idea es aportar a un debate público distinto, con un espacio de encuentro permanente entre mundo político y ciudadano en torno a temas de futuro para Chile. No pretendemos duplicar el trabajo político de otras instituciones, la fundación será un complemento para articular mejor a todos los que creen en la democracia y la justicia social, es decir, en nuevas formas de participación, convivencia y desarrollo económico. Tenemos mucho que aprender y aportar vinculándonos con otros países y experiencias. Por eso una de nuestras características será su apertura a discusiones internacionales y el intercambio con expertos de otros países. Además, voy a seguir trabajando en temas que me apasionan como género, infancia y salud, desde mis nuevas responsabilidades en la OMS y la OPS”, cuenta de entrada.

Cuando fue fundada CARAS en 1988, Bachelet llevaba casi 10 años de regreso en el país, después de vivir el exilio en Australia y Alemania oriental. Su ingreso a la política fue tímido hasta que asumió como ministra de Salud durante el gobierno de Ricardo Lagos Escobar el 2000. “1988 fue un año muy importante. El Plebiscito se convirtió en una esperanza concreta para derrotar a la dictadura, veíamos que por fin era posible. Recuerdo ese tiempo con mucha alegría, empezábamos a ver que el proceso de recuperación democrática estaba a nuestro alcance. Lo que el país logró, en forma pacífica, ordenada, fue reconocido internacionalmente. La naciente Concertación se convirtió en una alternativa viable y demostró que Chile podía avanzar en muchísimos temas. La verdad es que es un tiempo que también veo con un poco de nostalgia. Había un ideal claro de sociedad, que era compartido transversalmente, con valores como la justicia, la igualdad, la libertad en sus diferentes expresiones. Por momentos, siento que es algo que se ha perdido. Pero tengo esperanza en que las nuevas generaciones van a reanudar con esa mística. Falta que volvamos a reencantar a los jóvenes con la política, con el compromiso por lo público, que ha sido fundamental para construir el país que tenemos. Es algo en lo que todos debemos colaborar.

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—Qué rescata de la transición?

—Pasar de una dictadura de 17 años a una democracia plena es indiscutiblemente complejo, no se puede hacer en un par de años. Soy parte de una tradición política que ha comprendido muy bien algo que una vez Pepe Mujica, ex Presidente de Uruguay, me dijo de la siguiente manera: “El todo o nada, generalmente es nada”. Eso no significa aceptar el inmovilismo, pero sí buscar construir acuerdos amplios y conquistar logros paso a paso. Por eso mis dos gobiernos se inscriben en ese intento de hacer lo máximo considerando las condiciones existentes.

—¿Se refiere a las reformas?

—Hicimos reformas porque eran necesarias, no por gusto, porque había llegado el momento de atreverse a más y porque creo firmemente que Chile debe ser una sociedad más igualitaria. Así, con el esfuerzo de todos, construyendo sobre lo que otros habían hecho, Chile ha llegado a ser lo que es: un país en el que se garantizan más y mejores derechos sociales.

—¿Cuál ha sido su experiencia con el poder?

—Es un gran honor haber sido la primera mujer presidenta de Chile, además la primera Jefa de Estado en ser reelegida desde el retorno a la democracia. Pero también es una tremenda responsabilidad. Pareciera que a nosotras cuando logramos cargos de alta visibilidad e injerencia se nos exige estar agradecidas, y responder en materias que no tienen que ver con la función misma. Eso debe cambiar, ya no es aceptable que a una presidenta mujer se le juzgue por cómo se viste o por su apariencia física. Hoy las mujeres estamos en posiciones de mayor poder, y es lo que corresponde, somos más del 50% de la población mundial. Es importante que los hombres entiendan que dejarnos al margen, es como jugar una final de campeonato con la mitad del equipo, eso no tiene ninguna racionalidad. Si bien hemos avanzado, aún falta mucho, sobre todo en lo que respecta a la violencia que sufren las mujeres por el solo hecho de serlo, física, simbólica, laboralmente, etc.

—¿Cómo sueña el país de 30 años más?

—Quisiera que la igualdad de derechos y oportunidades fuera una realidad, que todos pudieran experimentar: en los estudios, en el acceso a la vivienda, cuando necesitan atenderse en el sistema de salud, cuando quieren emprender, en el trato a hombres y mujeres. En otras palabras, que hayamos llegado, al fin, a ser desarrollados de verdad. Me imagino un país con conciencia de la fragilidad de sus recursos naturales, que los valora y los protege, que apuesta por el conocimiento para insertarse en los mercados internacionales sin temor. Veo totalmente posible que seamos un país que acepta y celebra su diversidad cultural, un país más cohesionado y unido, más respetuoso de todos y todas. Por eso no hay que bajar los brazos.