Michelle Bachelet (65) revisa documentos en el escritorio presidencial. La oficina está llena de recuerdos, condecoraciones, regalos, fotografías por montones, libros… y la luz escasea. Son poco más de las 7 de la mañana y La Moneda todavía está en penumbras, sólo hay oficiales de seguridad y miembros del servicio de palacio.

La presidenta está de buen humor, habla de sus mascotas —tres perras, una gata y un gato— sin apuros. Un estado que dura apenas unos minutos, porque debe partir a Cerro Navia y su agenda no parará hasta que vuelva a estar oscuro. A kilómetros de allí hay varios ciudadanos que fantasean con ocupar ese escritorio y llenar las paredes con sus propios recuerdos. La campaña por elegir a su sucesor o sucesora está en marcha y todos, inevitablemente, se apoyan en su mandato para articular propuestas.

“Es natural que quienes aspiren a ser presidentes planteen al país sus ideas, pero es equivocado pensar que parten de cero. Las naciones tienen procesos y cualquiera que llegue a La Moneda, se supone, debe seguir construyendo desde lo que hay. Hasta ahora, tal vez porque estamos en período de pre-campaña, no he escuchado de ninguno un programa de gobierno. Lo que sí he visto de los candidatos de la Nueva Mayoría (NM) es que están conscientes de que ha habido una transformación en el país que era necesaria hacer, y que quieren mantener esos cambios. Eso me parece bien porque hay otros candidatos que no son de la NM que han planteado una suerte de restauración conservadora, llegar al gobierno y cambiarlo todo”.

—Una especie de retroexcavadora con otra marca.

—Es posible. Pero las transformaciones que hemos hecho hay que mantenerlas, algunas profundizarlas. Y en la NM, más allá que pueda haber matices, creo que eso está claro.

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—Quedan 10 meses de gobierno, ¿cómo ve la recta final?

—No es fácil gobernar en período electoral. Hay mucha energía, tensión política. Lo que me corresponde como gobierno es ir cerrando, cumpliendo y consolidando lo que hemos hecho.

—¿Pero cómo lo vive? ¿Hay más ansiedad, nerviosismo?

—Diría que estoy entusiasmada, con energía para completar las tareas.

—¿Con qué certeza se irá?

—Con que lo más valioso es nuestra gente. Somos un país del cual —más allá de que hay cosas que no nos gustan— podemos estar orgullosos porque enfrentamos los problemas. Chile tiene el coraje de asumir que el mundo es más demandante, que se requiere que la política sea cada vez más transparente. Es muy impresionante, la diferencia de cómo nos vemos nosotros y cómo nos ve el resto.

—¿En ese sentido no le parece que quedará en deuda?

—Hubo dos situaciones que hicieron que, manteniendo la dirección, tuviéramos que modificar un poco el camino: la economía nos ha llevado a ser más prudentes en el gasto fiscal y por otro lado, la cantidad de emergencias y desastres naturales nos ha significado tener que utilizar energías y recursos en cosas que no estaban planificadas. No podría decir que estamos en deuda por eso, sino que hemos tenido que re-priorizar lo urgente, lo indispensable.

—Un estudio de Ciudadano inteligente dice que sólo ha cumplido con el 48% de su programa de gobierno.

—Como le decía la economía no ha acompañado para hacer todo. Hemos logrado el 50% de gratuidad, no el 60% como me había comprometido. Pero esto es gradual y esperamos llegar a gratuidad universal. Sólo que va a tomar un poquito más de tiempo dado que se requieren recursos e ingresos permanentes para gastos que son permanentes. Es importante que se reconozcan los avances sobre todo en una institución independiente como Ciudadano Inteligente.

—¿Y los cambios a la Constitución?

—Dije que iba a ser un proceso participativo, institucional y democrático, pero era clave no apurarlo. Participaron más de 204 mil ciudadanos y acordaron cuál era el país en que querían vivir. Voy a cumplir con el compromiso de hacer una reforma constitucional para poder hacer una nueva Constitución. Porque la actual sólo define la reforma de unas partecitas, y fija quórums extremadamente elevados. Hemos mandado un proyecto de ley para poder reformarla. Una vez aprobada, enviaremos un proyecto de ley que implique lo que los abogados llaman ‘la sede’; es decir dónde se discutirá y aprobará esa nueva Carta Fundamental. Antes de irme enviaré un proyecto de nueva Constitución al Parlamento.

—¿Hará algo con respecto a la previsión?

—Nos comprometimos a identificar un sistema previsional más adecuado que permitiera asegurar pensiones más dignas. Eso ya lo hicimos con la comisión Bravo, lo que pasa es que no llegó a un acuerdo, pero esa tarea se hizo. Dado que el tema de las pensiones adquirió tanta relevancia, aunque no era una reforma comprometida, enviaré un proyecto que permita avanzar gradualmente hacia pensiones más dignas.

—¿Qué desilusiones ha sufrido?

—Bueno, soy bien autocrítica y siempre pienso que podría haber hecho las cosas mejor, pero no me arrepiento de ser persistente con lo que me comprometí. En general soy jugada con lo que creo, y en ese sentido cuando uno tiene ilusiones se desilusiona… pero a la vez soy muy realista y sé cómo es la política, aunque hay cosas que no me gustan y que no hago como descalificar, menos en el terreno familiar o personal. Por eso es que no es desilusión, es que hay cosas que yo no haría jamás, ni como presidenta ni como persona.

—Pero sabía que era parte de las reglas.

—Por supuesto, no tenía la ilusión de que ser presidenta fuera el paraíso. Uno sabe cuáles son las reglas de la política, y hay ciertas cosas que no me parecen, pero uno acepta las condiciones. Como dicen algunos: es sin llorar.

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¿Y ha sido sin llorar?

—No he llorado. Es decir, hay situaciones que me producen una tristeza profunda, como la violencia contra la mujer. Pero en el ejercicio del trabajo uno asume todo lo que hay que asumir nomás.

—¿Se blinda?

—No, esto viene con el traje, con la posición. Porque hay gente que es muy curiosa; por la prensa dicen las cosas más horribles de uno, y después se muestran afectuosas, incluso de beso. Yo no sería capaz de desdoblarme. Pero, insisto, no nací ayer, esto lo he visto hace años, no es lo que a mí me gusta, pero así es, por eso es que es sin llorar.

—¿Qué se llevará de su segundo período?

—Lo esencial: el cariño que me entregan las personas en mis viajes por Chile y el extranjero. También la lealtad y el compañerismo de quienes han trabajado conmigo. Y el orgullo, en el buen sentido de la palabra, de que tuvimos el coraje de enfrentar tareas que no eran fáciles y que hemos puesto en marcha cambios que los ciudadanos demandaban.

En 2010 Bachelet terminó su primer gobierno con un 84% de aprobación, hoy está en casi un cuarto de eso. El impacto del Caso Caval en su imagen y el efecto de las reformas, explican en algo estos números.

“Conducir un país para hacer tareas difíciles siempre tiene un costo y yo he estado dispuesta a pagarlo. Es importante que los que aspiren a estar sentados en este sillón sepan que Chile cambió profundamente y que los patrones que, históricamente, se entendían como válidos ya no lo son, y que la gente es mucho más exigente, y que eso va a elevar la vara de las elites políticas. Pero insisto, yo no estuve ni la primera ni la segunda vez por ganar algo… mi objetivo no es tener una estatua”.

—¿Añora los tiempos de ONU mujeres. Se arrepiente de haber vuelto?

—Mi vida ha estado siempre en los desafíos colectivos, en aquello que nos beneficia a todos y todas. Tengo un ADN muy social y gregario. Por eso me llena plenamente estar hoy aquí, trabajando por mi país y mi gente. ¡Cómo podría arrepentirme de haber vuelto! Soy una agradecida de haber podido regresar a una tarea tan significativa. Además, ¿de qué me habría servido quedarme sentada en los laureles? El capital de prestigio y apoyo acumulado es para gastarlo, para hacer cosas con él, aunque disminuya en el intento.

—En un año más, ¿dónde se ve?

—No tengo idea, espero que descansando, viendo a mis amigos, cocinando, durmiendo un poco más. Haciendo cosas que no he podido hacer, viendo películas, yendo al cine. Es evidente que la vocación de servicio no se me acabará en marzo de 2018. La gente me importa, por lo tanto lo más probable es que no me quede mirando el techo en la casa. Lo claro es que no voy a estar en primera línea. Voy a pasar a la reserva estratégica.

—¿Siempre en política?

—O sea, lo que yo entiendo por la política, que es preocuparse de lo que les pasa a las personas.

—¿En un cargo público?

—¡Ah no!, cargo público no, no, no.

—¿De ningún tipo?

—Insisto, no he tenido ni un tiempo para pensar en ello. Lo que sé es que no me voy a quedar con los brazos cruzados. La vez pasada organicé una fundación desde donde trabajamos el tema de la resiliencia post-terremoto. Pero también quiero un tiempo para cosas familiares, personales.

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—¿Y un cargo fuera de Chile?

—No me lo planteo, pero si en algo puedo ayudar por las causas que para mí son importantes, como es hacer un mejor planeta, asegurar que las mujeres tengan más derechos y oportunidades, que todos tengan agua, disminuir los conflictos en el mundo, que haya paz, que los niños puedan vivir en condiciones dignas… Son temas que me importan aquí y fuera de Chile. No lo descarto, pero tampoco es algo que esté buscando. Por lo demás tengo mis añitos así que también puede ser necesario que pase a la retaguardia.

—Una vida fuera del poder.

—Una vida normal que trato de hacer, pero que no es fácil. Una de las cosas que a mí me encantaba de Nueva York era ir a comprar al supermercado con hawaianas y bermudas. Acá tengo que mantener la dignidad del cargo. Y sí bien quiero aportar, tampoco es que me vea a mí misma como una estrella que tiene que estar brillando en primera posición. También aspiro a dar más tiempo a cosas que a mí me gusta hacer.

—A sus afectos, por ejemplo.

—Sobre todo, porque no es que uno deja cancelados los afectos cuando es presidente de la república, pero hay poco tiempo para demostrarlos, hay poco tiempo para darles a las personas que uno quiere. Antes, cuando era más joven, me pasaba la película de que es más importante la calidad, pero he aprendido que calidad y cantidad, dentro de lo posible, tienen que ir de la mano.