Lo primero que hizo Alejandro Almazán, periodista de la revista Gatopardo, autor de varios libros sobre narcotráfico y ganador tres veces del Premio Nacional de Periodismo de México, cuando llegó a Iguala fue llorar. No por el drama del Estado de Guerrero, que hace más de 30 años está infestada por los narcos, ni por la tragedia que han vivido los padres de los estudiantes, sino porque una historia lo marcó; la de Dominga Rosas, madre de uno de los desaparecidos.




A pesar de tener nombre y apellido en castellano, Dominga no habla una gota del idioma. Es una indígena Náhuatl, al igual que un alto porcentaje de la población y como muchos de los padres de los de Ayotzinapa (los 43 estudiantes normalistas desaparecidos) quedó alejada de todo. “Es terrible, porque no se entiende lo que dice. Ve todo, pero no se expresa. Por un lado, nadie sabe dónde están los chicos, pero por otro ve a los padres hablando y no entiende nada de lo que dicen ellos ni tampoco los del gobierno. Todo esto me parecía de lo más brutal”, explica Alejandro Almazán.




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La historia de Dominga era impactante y ayudaba a entender el drama de la región. Alejandro decidió viajar hasta el lugar para conocerla. Llegó el 30 de octubre, la noche en que los mexicanos celebran a la muerte. “Yo sueño a los muertos, y a mi hijo aún no lo he soñado”, fueron las primeras palabras que escuchó de ella a través de un intérprete. Bastó un paseo por la casa para que Dominga le mostrara la mochila, la ropa, y hasta el celular de esos baratos que se había comprado su hijo Rafael, uno de los 43 desaparecidos. Alejandro no alcanzó a terminar la entrevista. Sólo duró diez minutos. “Le pedí a la señora que no me contara nada más, que no podía seguir escuchándola. Me rompió el corazón. Le dije que no se preocupara, que iba a buscar más información de todo eso en internet”, cuenta. Y eso fue lo que hizo.




Quería salir lo más rápido de ahí. Se dio cuenta de que los padres y las familias estaban agotados por la prensa, que los han exprimido y él no quería entrar en esa dinámica. Decidió recorrer el resto de la región.




El primer destino fue Chilpancingo, la capital del Estado de Guerrero, que hoy se encuentra devastada. Un escenario del terror. Secuestros y extorsiones ocurren todos los días. De las peores, el ‘intercambio de pollos’. Una especie de impuesto donde los narcos obligan a los comerciantes a pagar un peso por cada pollo que venden y 50 centavos por las vísceras.




Hacia las montañas y muy cerca de Iguala se encontró con un grupo de policías comunitarios, la Unión de Pueblos de Guerrero, quienes están buscando a los normalistas. Se subió a la camioneta que rastreaba las fosas. “Iba con la intención de que no halláramos nada. Encontraron seis: dos que estaban abiertas listas para usarse y las otras tapadas. Empezaron a excavar con sólo una pala. Llegó otro señor. Uno que a su hijo lo habían matado los policías a los 14 años afuera del colegio, porque eso hace la policía en Guerrero”, dice Alejandro. No hallaron nada. Sólo un par de chalas y un guante. “En la escena habían unos colegas de televisión, y quedé impresionado de su actitud. Buscaban sangre y huesos, necesitaban imágenes. No sólo a los medios, a la gente no le basta con ver muertos. Es el horror después del horror lo que estamos viviendo. Ultimamente han estado encontrando muchas fosas donde hay huesos, se los llevan y no son los normalistas, entonces ¿de quiénes son?. Quiénes son esos muertos?”.




También vio la terrible situación de desplazamiento forzado en la región, como la del pueblo Santa María donde a sus 80 habitantes los sacaron de sus casas para sembrar amapola, que es lo que produce la heroína, un foco de atracción para los narcos. Todo fomentado por el gobierno local, donde el propio alcalde está, al igual que José Luis Abarca de Iguala, acusado de ser dirigente de uno de los carteles. En el Estado de Guerrero no hay un gobierno local que no esté con los narcos. En vez de detenerlos, hacerles una guerra frontal, son parte de eso”, dice.




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Hay indolencia. Muchos pobladores piensan que los estudiantes se buscaron lo que les pasó. “Es raro lo que ocurre allá. Hay gente que entiende el problema narco y quiere hacer algo, pero también están los antipáticos, que dicen que ellos lo merecían. Es terrible escuchar eso, porque todos sabemos que el Estado lo único que ha hecho es criminalizar a las escuelas normalistas desde su existencia”.




En los ’70 cerraron casi 20 de estas escuelas, las que existen para el funcionamiento de regiones pobres como Guerrero. “Los normalistas después que egresan vuelven a los pueblos a enseñar castellano. Tienen esa gran misión, pero los gobiernos corruptos los han criminalizado y muchos de los habitantes se han creído este cuento”.




A los hijos de Ayotzinapa no es lo único que les ha pasado. “En diciembre de 2011 un grupo interrumpió la carretera de Acapulco. La policía armada los mató. Es un Estado donde gobierna el miedo y quitárselo de un día para otro es algo muy difícil”.




Hoy a casi dos meses de la desaparición de los 43 y cuando aún no se aclaran los hechos. Alejandro Almazán confiesa sentirse desesperanzado. “Si me preguntas qué es lo que más horror me da de todo lo que ocurre, digo que es lo que viene después del horror. Lo que ocurrió en Ayotzinapa es apenas la cereza de un pastel y el pastel está mucho peor. Se llama desintegración social y política de México, dirigida por un gobierno que está organizado desde la delincuencia y el narco”.




En su columna que semanalmente escribe en el diario local “Más por Más” no ha parado de preguntarse, de hacer llamados y sobre todo cuestionar a sus colegas. ¿En qué momento los abandonamos? Son parte de las preguntas que se hace en este México que para Alejandro si bien se está moviendo, aún considera indolente. “Me pagan por escribir de la ciudad, pero desde que pasó la tragedia no he podido dedicarme a otra cosa”.




Siente que se está viviendo un momento clave no sólo para la sociedad civil, sino que también para los periodistas mexicanos, de los cuales, muchos —según Alejandro— han dejado de ‘hacer su chamba’ por miedo, presiones y amenazas del gobierno. “Ha llegado la hora de decir a quién le vamos a responder. Si estamos con la publicidad falsa del gobierno federal, o el compromiso con nuestra gente”.




Le impresiona también la actitud que han tomado las cadenas locales de televisión. Ayer en Televisa, la empresa televisora que hizo presidente a Enrique Peña Nieto empezó en la mañana con Brozo, un payaso que da las noticias, y que siempre cuida mucho la línea editorial y se emplazó contra Peña Nieto. Parece que todos quisieran deslindarse del presidente porque a lo mejor va a pasar algo, pero en verdad es poco lo que se sabe, nadie tiene una bola de cristal”.




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—¿Qué es lo que deberíamos saber?




—El crimen mata, secuestra y se mete en todos lados. La gente cree que no le va a llegar, pero trabaja las 24 horas. Eso es lo que tenemos que entender. Desde hace unos 14 años el narcotráfico en México permeó las esferas empresariales y políticas del país. La violencia ha entrado de forma brutal, sin límites. Estamos viviendo las consecuencias de todo eso. Son 43 los que han desaparecido, pero acá desaparece gente todos los días. Ya van más de 20 mil. En marzo de 2011 en Coahuila, un pueblo de 20 mil habitantes los Zetas saquearon y destruyeron 50 casas y secuestraron a 300 personas. Todo sucedió en silencio y bajo encubrimiento oficial y recién se está investigando ahora. Eso también nos debería tener indignados. Algunos dicen que sólo es una empañada al Mexican Moment que venía viviendo el país desde que llegó Peña Nieto. Otros aseguran que está más fuerte que nunca, y otros que sólo ha bajado un poco su popularidad. Son pendejadas. Ya la prensa internacional está encima del tema. Todos nos hablan de una oportunidad nueva. Independiente de eso, pero acá no basta sólo con quitar al presidente, deberíamos refundar la política mexicana.




—¿Cómo recuperar la confianza?




—Eso es algo curioso. Las instituciones están hechas en este país para que funcione la democracia. Sin embargo, las leyes que se han hecho desde el congreso, son las que las han echado a perder. En cualquier parte del mundo, una suprema corte de justicia, es una gran institución. En México no es así. Los tribunales que se hacen para creer en la justicia no funcionan. El ejército perdió su confianza, la policía ni se diga. Todo tiene que ver con las personas a cargo de las instituciones. Las han llevado al abismo de la pobredumbre.




—¿En quién confía usted?




—En nosotros. Los políticos nos han enseñado que no les importamos como sociedad. Ellos sólo ven su negocio, cómo hacer dinero, cómo asociarse al narco. Todo eso ha ido creando una bomba molotov dentro del corazón de los mexicanos. La indignación es brutal.




—¿La rabia será capaz de desplazar al miedo?




—Espero que sí. En Guerrero la policía comunitaria pinta dibujos en las paredes. Son dos pececitos perseguidos por un tiburón, pero atrás hay un banco de peces y dice: “No tengas miedo. Juntos enfrentemos el crimen”. La gente tiene que quitarse el miedo, sacudírselo. Hay unas zonas muy difíciles donde está el narco y nunca se lo van a poder quitar, pero hay otras donde parece que es neutro y ahí tenemos que sacarnos ese miedo. Yo puedo empezar en el D.F. y así seguir a los 31 estados de este país. Tenemos que salir a defender nuestra patria, nuestras instituciones. México es de los mexicanos. No de un par de cabrones que pagaron miles de dólares. A veces creo que México está parado de milagro, eso es por el aguante de la gente y eso me da esperanza.