Es curioso que en un país donde, supuestamente, la política se encuentra altamente desacreditada la mayoría de los problemas sean considerados responsabilidad del Gobierno, tanto de la administración de turno como la anterior o, incluso, alguna de hace décadas. Tal vez lo sicólogos sociales, si los hay, podrían tener una explicación para este fenómeno. Por mi parte, se me viene a la mente una viñeta de Mafalda en que su hermanito menor le pregunta si el día nublado es culpa del gobierno y ella comenta algo así como “es tan chico que aún no sabe atribuir las responsabilidades adecuadamente”. Algo como esa noción de Estado Parternalista, que hace referencia a una relación inmadura entre la gente y la autoridad, de quien se espera soluciones mágicas, generosas y gratuitas para todo.

Desde su primera infancia el nuestro ha sido un pueblo con cierta inclinación hacia el caudillismo, aunque, como suele ser, eso implica estar dispuesto a crucificar a quien solo días antes alabara como mesías, ante la más mínima sospecha de que la repartición de panes y pescados no alcanzará para todos. Ejemplos hay varios, desde Lautaro traicionado por los mismos a quienes enseño a luchar por su libertad, pasando por el vilipendiado Padre de la Patria que tuvo que irse a morir en el exilio en una casa prestada o el otrora todopoderoso Diego Portales, asesinado a la orilla de un camino por una pandilla de díscolos, hasta Salvador Allende combatiendo solo contra el mundo en La Moneda, abandonado por los mismos que años antes y años después usaban su imagen y sus palabras para conseguir votos.

Es este un pueblo veleidoso, siempre presto a sumarse a la mayoría si de criticar en masa y con mala leche se trata: “chaquetear”, “ningunear”, son conceptos criollos que a pesar de cierto ingenio, encierran una bajeza bastante impresentable.

Algo de esto debe haber en la masiva e irreflexiva reacción ciudadana de culpar al Gobierno de Michelle Bachelet de las ya familiares fallas del Metro, que han puesto en jaque ya demasiadas veces el funcionamiento de la ciudad. Una cosa es que la oposición aproveche la oportunidad para llevar agua a su molino –y de paso esconder las culpas que sí tiene en esto la administración anterior, aunque decirlo después de lo que he planteado antes resulte paradójico- otra es que la ciudadanía se deje pastorear con tanta facilidad. Es comprensible, considerando cómo funciona el cerebro reptil, que inversionistas y empresarios caigan presa del pavor cuando voces interesadas vaticinan las plagas de Egipto sobre la economía ante las reformas sociales, pero no lo es tanto que las víctimas de un pésimo servicio crean que es un asunto netamente político antes que técnico.

La lógica del empate no sirve como solución en nada. Es verdad que el Transantiago, puesto en marcha hace ya más de una década, resultó un fiasco que se ha ido normalizando más lento de lo deseable y a costa de mucha paciencia y sacrificio de la gente, pero otra cosa es que las “modernizaciones” emprendidas desde la arrogancia hayan colocado al Metro en una situación de vulnerabilidad alarmante. Los mismos que anunciaron un gobierno de excelencia capaz de hacer en 20 días lo que otros no hicieron en 20 años, que aseguraron poseer un expertise tan sofisticado que a ellos “la cuchufleta del Transantiago no se la habrían pasado”, decidieron que para tener “Un metro de calidad mundial” bastaba con hacer lo mismo, lo primero, lo más básico, lo más insensato, que hacen en sus empresas cuando apuntan a ganancias de corto plazo, ignorando la más mínima noción de sustentabilidad: reducir costos por la vía de los despidos. Digamos las cosas como son: mientras cientos de miles de chilenos se han visto desesperados y confusos corriendo en círculos por las calles sin tener como ir al trabajo o volver a sus casas, los profesionales y técnicos del área de mantención del Metro también se toman la cabeza multiplicándose para reparar fallas que con un adecuado plan de supervisión y personal capacitado suficiente, aún con toda la entropía que el Transantiago le contagió, no ocurrían antes de aquel plan de modernización denominado “un Metro de calidad mundial”.

Un nuevo ejemplo de cómo cuando en asuntos técnicos mete las manos la demagogia política, unida a esa codicia que considera como algo inteligente y admirable la capacidad de comprar barato y vender caro, de maximizar la ganancia rediciendo el costo fijo más fácil, sin importar el impacto o el costo alternativo, puede estropearlo todo.

Hoy el problema con el Metro, ciertamente, está en sus falencias de gestión, en una mala administración y una casi nula capacidad de previsión. Se trata de carencias inaceptables en ejecutivos, líderes y emprendedores modernos, como esos que en empresas verdaderamente de calidad mundial están marcando tendencias para cambiar el mundo, incluso en Chile, incluso en el rubro transporte. Pero mientras por estos lados la mayoría siga viviendo como si se pudieran llevar un saco de plata a la otra vida, no habrá Gobierno capaz de mejorar poco de nada y se sucederán las administraciones que empeoren mucho todo.

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