“Margaret Thatcher es la líder femenina más importante que ha tenido Inglaterra desde Isabel I, por eso quería la actriz más importante del mundo en su papel”, dijo Phyllida Lloyd, directora de The iron lady. La historia, que protagoniza Meryl Streep, se desliza entre el presente y el pasado de la baronesa y recuerda los momentos clave de quien fuera primera ministra británica entre 1979 y 1990, en contraste con su vida actual, dominada por el enclaustramiento y la demencia senil.
Aunque todavía no se estrena en Estados Unidos y Europa, ya se habla del Oscar para la actriz —de Kramer vs Kramer y Los puentes de Madison, entre otras tantas—, quien posee el récor de nominaciones al galardón ( 16) y que ha ganado dos.
Streep (62 años) habló sobre los retos que implica ‘ser’ la Thatcher, como imitar su peculiar tono de voz, profundizar en su vida y pensamiento político. Casada desde 1979 con el escultor Don Gummer, lleva una vida muy ocupada, pero en persona tiene tanta gracia como parece.
—¿Cuál fue el mayor desafío de este rol?
—¿Lo más difícil que debí hacer? Bueno, leer mucho. Usualmente no tengo que leer tanto, pero sentí la responsabilidad de entender los  acontecimientos de la vida de Margaret Thatcher de manera correcta. Tuve que sumergirme en su persona y, de su última etapa, imaginar a una persona mayor que no está fotografiada o grabada en video, de la que no sabemos nada directamente. Resultó de verdad maravilloso ilustrarme más y más sobre una figura muy controversial; aprender lo que no sabía, ser sorprendida por ello y, además, imaginarlo de alguna forma sobre mí.
—¿Fue deprimente verse vieja?
—¡Me veo vieja todos los días! (ríe). Y lo extraño es que como estás en películas, ahí te ves a ti misma más joven y el contraste resulta chocante. Pero tengo tres hijas, así es que me veo a mí misma y a mi esposo joven todo el tiempo.
—En la película dices que antes todo era sobre “intentar hacer algo”, mientras en la de Thatcher todo es sobre ser alguien.
—Creo que esa es una pregunta sobre la falta de autenticidad que trae consigo nuestra realidad de ser grabados 24/7 constantemente. Desde que estamos en posición fetal somos fotografiados… aun antes siquiera de haber nacido. Y la autoconciencia que lo acompaña es como estar siempre caminando con un espejo al frente.  Entonces, nuestras figuras permanentemente están viéndose a sí mismas y autoevaluándose. Lo raro es que en la era de la información seamos más cuidadosos que antes…
—Thatcher también dice en la película que no quiere morir lavando una taza de té y al final la vemos  haciéndolo. ¿Eso realmente lo comentó ella alguna vez o estaba en el libro en el cual basaron la historia?
—Es una secuencia imaginaria de su juventud y vejez, pero viene de que las mujeres jóvenes usualmente dicen ‘No seré como mi madre’ o ‘nunca voy a hacer eso”. Y, luego, cuando alcanzan una cierta edad, ¿adivina qué? Tú sabes… Lo que rechazan es, en realidad, el hecho de que tener una vida larga implica envejecer, y nadie quiere eso. Pero todos, si tenemos suerte, nos volvemos viejos, así que se trata de un tema interesante.
—Recién dijo que Thatcher es una figura controversial, pero también que en la política actual extrañamos su claridad. En los Estados Unidos, quizás el Presidente Obama está enfrentando ese problema.
—Yo no escribí la película, pero reconozco que es refrescante cuando las personas dicen exactamente lo que piensan y lo mantienen. Así al menos conoces a tu enemigo. No pretendo presumir de opinar sobre Obama. Creo que es un gran Presidente, que tiene el trabajo más difícil del mundo y no ufanarme de saber cómo debe hacer ese trabajo, pero pienso que existe una percepción: antes de que las encuestas entraran al proceso, (los gobernantes) podían ser más claramente ellos mismos.
—¿Qué le gustó de lo aprendido con Margaret Thatcher?
—Algunas cosas realmente me sorprendieron, como que nunca tuvo un cocinero… Ahora yo no sé, si tu mujer fuera la Primer Ministro de Inglaterra o si yo lo fuera (risas) tendría uno. Pero a ella le gustaba preparar la comida. Era famosa, también, por su gran resistencia física, no necesitaba más de cuatro o cinco horas de sueño por la noche. Además, se manejaba con un pequeño equipo de colaboradores. Por ejemplo, el de la Casa Blanca está formado por unas 400 personas, mientras que en Downing  Street 10, residencia oficial de los gobernantes ingleses, ¡había 60! Es increíble como manejó el personal y todo el trabajo duro que hizo gracias a su extraordinaria resistencia. Y nunca parecía estar enferma, aunque siempre tuvo grandes problemas en sus dientes.
Wp-Maryl-200—Margaret era políticamente conservadora…
—Sí, pero no en el sentido en que entendemos ese concepto en Estados Unidos. Por ejemplo, podría haber desmantelado el programa National Health, el servicio estatal de salud, pero lo defendió, lo que acá para un conservador habría significado la excomunión. También era famosamente desprejuiciada respecto de los antecedentes de las personas. Tenía en posiciones de alta jerarquía gente ajena a su círculo social, judíos en el gabinete, homosexuales en su equipo. No despedía a nadie por hacer algún escándalo; sólo le importaba lo que ellas hacían en su trabajo. En Estados Unidos no podía haberlo sido.
—Terminó gustándole.
—Es que me sorprendió. Creemos saberlo todo, pero no siempre es así.
—¿Qué le habría preguntado?
—Bueno, es difícil decirlo porque sufre de demencia y no se reúne con personas públicamente. Si hubiese estado con ella… La vi hablar una vez, en 2002, cuando llevé a mi hija al college in Northwestern, Chicago, y ella estaba dando un discurso en la Unión de Estudiantes. Se trataba de un discurso sobre el final de la Guerra Fría, una suerte de deconstrucción de su propio legado. Iba a exponer entre 45 minutos y una hora, con una ronda de preguntas de media hora, así es que nos sentamos en el balcón a escucharla. Ella habló de una manera que  parecía una lectura preparada. Luego los niños se alinearon… no tenía muchos partidarios en Northwestern (risas), pero respondió todo respetuosa, reflexivamente, en párrafos completos, bellamente redactados. Resultó impresionante: estuvo hora y media y debieron detenerla, porque se volvía cada vez más animada.
—Ella hizo algunos sacrificios por su trabajo. Usted tiene cuatro  hijos, ¿en algún punto se sintió haciéndolos también?
—Todos quienes trabajan y son padres hacen sacrificios, al igual que los de grandes ambiciones en la vida. En mi caso, usualmente se filma cuatro meses; luego puedo parar. Es un sistema extrañamente amable para las madres e, incluso, puedes traer al rodaje a los bebés. No es como ser una abogada o arquitecta. Mi mejor amigo —arquitecto— trabaja incluso el fin de semana, mientras trata de criar a dos hijos. La industria del espectáculo es buena en ese sentido.
—En la película, Thatcher le dice a Dennis, su marido, que la vida importa. Usted ha hecho papeles fantásticos. ¿Cómo lo diría?
—Siento que he tenido más oportunidades que la mayoría de los actores de interpretar personajes realmente interesantes. Que a uno le den la oportunidad representa el 90 por ciento del trabajo. Lo restante es desempeñar el rol y estar a la altura de la oportunidad. Es en ese espacio en que he tratado de vivir… pero conseguir el trabajo es el gran tema ahora. No hay muchos lugares donde uno pueda, excepto en el teatro,  actuar y verter  sus convicciones, a menos que uno produzca sus películas. O escribirlas y producirlas, lo cual yo no hago.
—¿Hay algo que habría hecho distinto?
—¡Oh sí!, muchas cosas, de seguro, pero ¡qué importa! Todo en la vida es una decisión. Se reduce a eso. Resulta muy difícil… Y uno ni siquiera sabe si las opciones que tomó son las correctas. La incertidumbre recién se acaba cuando tus hijos tienen hijos (suspira), por lo que es una ansiedad constante. Una de las razones por las que hice esta película fue para mirar en la vida de una persona pública y de ahí conectarla en algún punto en una historia sobre tú y yo, sobre todos nosotros entrando al cuarto final. Sobre como dejamos cosas atrás, como nos reconciliamos con nosotros mismos con el costo de las decisiones que tomamos en nuestra vida. Desde esa mirada, es una película existencial.
—¿Lee cosas sobre sí misma?
—Solía hacerlo al principio, pero hiere tanto los sentimientos que dejé de hacerlo. Paré. Si uno tiene una piel permeable se mete y piensas sobre ello por meses, años (risas). Entonces, ¿para qué hacernos eso?
—Pero usted sólo obtiene buenas críticas. ¿A pesar de eso no las ve?
—Quizá debiera…
—¿Recuerda el momento en que Margaret Thatcher fue elegida Primer Ministro?
—Sí. Me acuerdo que pensé que era algo estupendo, aun cuando no tenía nada en común con sus políticas. Creí que era genial (que una mujer alcanzara tan alto cargo) y me dije ‘si puede pasar en Inglaterra, el país más conservador del mundo, estamos a solo un par de años de que tengamos lo mismo’. Pero aquí estamos, 30 años después…
—Ese mismo año usted ganó un Oscar, interpretando a Joanna en Kramer versus Kramer.
—Tuve a mi hijo en 1979, cuando ella fue elegida. Lo otro no lo sé, no recuerdo (risas)… creo que fue en el ’80. Tendré que chequearlo.
—La campaña por el Oscar está en marcha y sabemos que a usted no le gusta ¿Cómo lo enfrenta?
—Me gusta el Oscar.
—Pero no le gusta la campaña masiva, las alfombras rojas y todo lo que rodea la entrega de premios. ¿Cómo lo encara tras haber sido nominada tantas veces?
—No me gusta la campaña. Se siente raro e impropio.
—Ha interpretado a muchas mujeres fuertes. ¿Hay alguna que la haya inspirado, que reconoce como modelo y por qué?
—Mi madre y mi abuela… Porque ellas no se guardaban lo que pensaban sobre las cosas y disfrutaban sus vidas. Es eso a lo que siempre he aspirado: trabajar duro, pero divertirme (risas).
—¿Fue difícil imitar el modo en que habla Thatcher?
—Sí. Fue muy particular, porque todos somos extranjeros en el inglés, pero el oído inglés distingue toda pequeña distinción de clase. Si alguien abre la boca, antes de que diga nada, saben donde naciste, te criaste y fuiste a la escuela. Y donde fue o no fue tu madre. Sólo obtener el rango de voz de una mujer era un desafío al que había que sumarle  todas las intenciones de clase que los ingleses escuchan. Y los falsetes en su voz, que simplemente no le gustaban al oído inglés. Aspiró con su acento a ser algo que no era y ellos lo resintieron.