Marco Enríquez-Ominami Gumucio (39) se acomoda en una de las oficinas del Partido Progresista, en plena avenida Salvador. Parece inquieto y en un par de horas tendrá un debate. Un hombre que trabaja con él entra a la sala y le pasa dos mugs grandes llenos de café. Antes que cierre la puerta, aparece apurada la periodista Manuela Gumucio, su madre. Marco aclara que en 20 años, nunca les habían hecho una entrevista juntos. Parece estar “expectante”, pues para MEO, Manuela, por sobre todas las cosas, es una mujer impredecible.

Cuando le preguntamos a ella por las sensaciones que tuvo cuando supo que iba a ser madre, se enreda. “No sé, fíjate… Me parece imposible contestar eso”, dice. “¡Esfuérzate, soy hijo único!”, le responde Marco con la risa de oreja a oreja y empieza a llamar a sus colaboradores para que vean “el espectáculo”. Uno que tiene mucho de complicidades, independencia y un cariño para nada pegajoso.

Más adelante les pedimos que se abracen para retratarlos y realmente les cuesta. Marco cuenta que nunca fue de ir a dejarle desayuno para el día de la madre y Manuela le retruca retándolo por su postura corporal y cómo lleva la ropa.

—Hay mujeres que toda la vida han querido ser madres y otras a las que la maternidad les llega sin querer. ¿Cómo te pilló a ti?
—Manuela Gumucio: Era muy joven, me pareció fascinante porque yo estaba muy enamorada de Miguel (Enríquez), entonces me pareció muy importante, además siempre he sido muy buena para los niños…

meo-horizontal—¿Cómo se tomaron en tu familia que el padre fuera Miguel Enríquez? Tu papá fue fundador de la Falange y tu abuelo presidente del Partido Conservador.
MG: Hay que ponerse en el contexto de la época y creo que la generación mía era rupturista con la idea del matrimonio, buscaba una autenticidad en las relaciones personales a toda costa y yo era parte de eso, por lo tanto ya tenía esa actitud. Me había ido a vivir sola y en esa época era raro… Mi papá y mamá estaban bastante resignados a mi rebeldía. Pero cuando se enteraron de mi embarazo estaban contentísimos, ninguna mala cara.

—Hay una anécdota sobre el día en que iban a inscribir a Marco a poco de nacer.
—Marco Enríquez-Ominami: el día del Tanquetazo, mamá…
MG: Lo que pasa es que Marco nació el 12 de junio de 1973, entonces era un momento bastante conflictivo. Miguel ya estaba siendo buscado por un incidente en el que junto a Oscar Guillermo Garretón y Carlos Altamirano, denunciaron la tortura que se hizo en alta mar a un grupo de marineros que habían entregado información sobre que se estaba preparando un golpe, entonces las Fuerzas Armadas los declararon “sediciosos”. Miguel no podía aproximarse a ningún Registro Civil, nosotros no estábamos casados. Quedamos que él iba a conseguirse una manera más discreta para inscribirlo y el día que lo íbamos a hacer, fue el Tanquetazo. Después, cuando vino el Golpe, pareció bueno que Marco no estuviera inscrito. Entonces cuando salimos de Chile e hicimos los papeles oficiales, en noviembre de 1973, se le puso Marco Gumucio Gumucio.

—¿Marco solo?
—Marco Antonio Gumucio Gumucio. Sí, siempre se ha llamado Marco Antonio, lo que pasa es que tiene tanto apellido que hay que ir economizando. Se llama Marco Antonio, pero eso se perdió…

—¿Quien le puso Marco Antonio?
— MG: Es un nombre absolutamente elegido por Miguel, porque su abuelo se llamaba Marco Antonio y su hermano mayor también, es un nombre muy de la familia Enríquez.

—El “Antonio” a ti no te gusta…
—MEO: Si me encanta, lo que pasa que es muy largo Marco Antonio Enríquez-Ominami Gumucio…

—El nacimiento de Marco no fue precisamente en las mejores circunstancias políticas… ¿Cómo lo pasaste en esos momentos?
—MG: Era muy irresponsable, desafiante y me demoré mucho en darme cuenta lo dramático y lo peligroso que era lo que venía. Efectivamente no atiné a esconderme… por ejemplo el día del Golpe, fue una amiga que me vino a rescatar, entonces me fui con la guagua… En realidad como era media hippie, andaba con Marco en un canasto lindo, español, de totora, con esta guagua todo el día y hacía puras locuras y teníamos que cambiarnos todos los días de casa, entonces empecé a darme cuenta de que no tenía muchas soluciones donde vivir, porque ponía en peligro a todo el mundo.

meo-vertical—¿Cómo fue la crianza de Marco en Francia?
—MG: Marco era un niño encantador, lo más bueno que te puedas imaginar. Siempre me daba cargo de conciencia que fuera tan bueno, hubiera preferido que me odiara un poco… Creo que entendió muy bien que vivíamos una situación especial y que tenía que cooperar. El sabía que teníamos pocos recursos, no era nada demandante. Casi todo lo que hacíamos era una aventura…

Aunque muchos imaginan un exilio glamoroso en París, Manuela, Marco y luego Carlos Ominami, no vivieron tiempos lujosos. Manuela trabajaba en cine y las guarderías infantiles estatales y sus padres la salvaron en la crianza de Marco. “Mi papá iba a alojarse a la casa y lo llevaba él a la guardería, o Carlos después. Sentía que con Marco tenía una complicidad y una relación tan estrecha, que creía que él iba a entender”.

—¿Cuáles son tus primeros recuerdos?
—MEO: Lo que pasa es que yo fui educado por muchos papás, muchos abuelos y una mamá, pero también por el Estado, entonces tengo recuerdos mezclados. Me acuerdo de mucha felicidad en la casa y en el liceo o la guardería.
MG: Fuiste desde los 7 u 8 meses hasta los 3 años a la guardería del Estado, todos los días. Yo no le enseñé a hacer ni pipi, aprendió allí… Todo estaba pensado para que una madre pudiera trabajar.

—¿Cómo lo hicieron con el idioma? Porque aprendió primero el francés que el español… ¿Cómo se comunicaban?
—(Ambos, al mismo tiempo): En francés.
—ME-O: Ella con mi abuelo y Carlos hablaban español, y yo escuchaba eso… Siempre entendí español. No hablaba, pero entendía perfecto. Llegué a Chile y rápidamente empecé a hablar a los 13 años.

—¿Cómo eran los momentos que compartían? ¿Qué le cocinabas?
—MG: Puras porquerías, todos los días las mismas cosas…
—ME-O: Findus, Escalopas de pescado, apanados, comida congelada y huevo con arroz…
—MG: No había tiempo, llegaba corriendo, entonces le echaba leche al puré, un huevito y ya está… Ahí me salí de la televisión (Manuela trabaja como productora en cine y TV en Francia, además de hacer clases en universidades), cuando me di cuenta de que Marco pasaba ratos solo, me pareció súper angustioso. Después fue espectacular e impactante estar cerca de mi hijo, de manera tan inseparable, simbiótica. Cuando llegamos a Chile entendí que teníamos una relación de gran confianza… El era hijo único y no quise que fuera un hijo único insoportable.

—¿Qué consejo le da una madre a un hijo que quiere ser presidente?
—MG: Jajaja ¡Que cómo se le ocurre!

—En la elección pasada te costó apoyarlo…
—MG: No, no me costó, pero fue una sorpresa mayor y significó para nosotros una ruptura con nuestro mundo político en ese momento.

—¿Y ahora cómo te lo has tomado?
—Me parece fabuloso, encuentro que Marco es una esperanza enorme… Es lamentable que en Chile volviéramos a lo mismo de nuevo, va a ser muy decepcionante. No tenemos que seguir viviendo en este letargo, de que las cosas no son posibles…

—¿Se mete mucho en la campaña?
—MG: No, no, participo de manera muy lateral, estoy un poco cansada pero aporto todo lo que puedo, no voy a andar con una bandera…
—ME-O:
¡Perdón!

—¿Pero tu mamá es de las personas que más escuchas sus consejos?
—ME-O: Mucho… En el sentido común, en la ética… Antes de un programa de televisión, la última llamada, el último mensaje de texto que me interesa es el de mi mamá, así de brutal.
—MG: Porque yo soy muy, demasiado pesada…
—ME-O: El primer comentario es de la Karen y de mi mamá. En ese orden. Las dos son periodistas, comparten historias distintas, pero finalmente son feroces. ¡Cero condescendencia!
MG: Es que no nos corresponde a nosotras ser halagadoras… El sabe que lo admiramos y lo queremos, eso ya está dado, entonces a partir de eso puedes aportar…