Desde niño aprendió a decir las cosas por su nombre, como se lo inculcó su madre, Adriana Matte Alessandri, mujer de carácter enérgico al igual que varios de sus ancestros, entre ellos los ex presidentes Arturo y Jorge Alessandri, abuelo y tío abuelo del actual ministro de Energía. 

De su padre, Máximo Pacheco Gómez, jurista, académico y político democratacristiano, heredó el amor por  el servicio público. “Comencé a querer a nuestro país desde que empecé a caminar. En mi casa se hablaba mucho de política”. 

Estudió en el Saint George y se matriculó en Economía de la Universidad de Chile con el plan de trabajar más tarde en la Corfo o en el Banco Central. Militó en el Mapu y celebró el triunfo de Salvador Allende el 4 de septiembre de 1970, en el balcón de la Fech. “Ese día nací a la vida política. Me he identificado con la centroizquierda de toda la vida”. Pero el Golpe Militar barrió con sus planes y debió partir al extranjero, donde se inició en el rubro empresarial. Así forjó una sólida trayectoria como ejecutivo que concluyó a mediados de 2013 tras 20 años como el principal responsable de International Paper, la mayor papelera del mundo. Vivió en Sao Paulo y en Bruselas pero nunca perdió conexión con Chile ni cambió sus ideales. “¿Vio el retrato de Allende que me firmó José Balmes?”, comenta ahora apuntando hacia la obra que flanquea la entrada de su oficina, rubricada en 2014 por el artista. 

Es por esta mezcla genética, sumada a su trayectoria en el mundo privado que Máximo Pacheco Matte no duda en alzar la voz frente al complejo momento que vive el país luego de los casos de corrupción que han impactado a la opinión pública.  Titulares relacionados al Caso Penta, Cascadas y últimamente sobre Juan Bilbao (demandado por la Superintendencia de Valores de Estados Unidos, la SEC, por uso de información privilegiada) han indignado al ministro, quien no titubeó en calificar este último de inaceptable: “Merece todo mi repudio, es una vergüenza; es plata mal habida, eso le hace daño a la imagen del empresariado, a Chile y a nuestra comunidad”, afirmó categórico, alzándose como una de las pocas voces —y el único ministro— en repudiar entonces la noticia.

Pacheco, una de las figuras mejor evaluadas del gobierno de Bachelet, con sólidos puentes con el sector empresarial y uno de los nombres que al cierre de esta edición sonaba ante un posible ajuste de gabinete para el cargo de ministro de Economía, incluso como biministro de ambas carteras, hoy no duda en condenar las prácticas que han llevado a este desconcertante escenario. 

—Usted volvió a Chile tras largo tiempo viviendo afuera. ¿Con qué país se encontró?

—Me llamó la atención el nivel de estrés. Se demuestra en como la gente maneja, como se expresa,  como empuja para subirse al metro o se anticipa para entrar al ascensor… Me impresionó ver que el país estaba en mala onda.

—Según indican las encuestas, la gente rechaza al sector político, a los empresarios. Existe desconfianza.

—El chileno siempre ha sido suspicaz, el único ser humano capaz de ver bajo el alquitrán. Tal vez suceda porque ha habido mucha trampa, un aprovechamiento del atajo. Aquí no se ha buscado construir una cultura de cooperación, más amigable, en cambio, se ha exacerbado el individualismo, se ha enervado la competencia y se ha machacado la idea de que el bien común es secundario y lo que importa es el individuo. Necesitamos hacer un esfuerzo por reconstruir las confianzas. 

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Cuando Michelle Bachelet le ofreció entrar a su gabinete, Máximo Pacheco lo pensó. Conversó con el sacerdote que lo casó, el padre Gustavo Ferraris, salesiano, quien le anticipó que se enfrentaría a una tarea difícil: “Para que se puedan construir centrales eléctricas, torres de transmisión y todo lo que el país necesita se requiere un acto de generosidad, algo que en el último tiempo se ha descuidado —le advirtió—. Rezaré por usted.” 

Sentado ahora a la cabecera de su sala de reuniones, el ministro reflexiona. “Efectivamente esta cartera requiere de mucha pedagogía, porque sin energía no habrá crecimiento; la falta de este recurso puede amplificar la desigualdad. Tenemos uno de los precios más altos del mundo, el mayor de América Latina, y para que exista una política energética viable hay que construir una legitimidad social; tenemos que habituarnos a nuevas formas de negocios, a un rol más activo del Estado como responsable del bien común, a una educación más sensible respecto al uso de la energía, y para eso se requiere un ánimo colaborativo. Para crear infraestructura, construir centrales, torres, ahorrar energía, el principal ingrediente es la confianza”.

—Pero hoy la gente está molesta, especialmente con el sector empresarial; existe indignación ante casos como Penta, Cascadas, Bilbao…

—Evidentemente todos estos casos que usted menciona han socavado la confianza de la sociedad en los empresarios. Aquí ha habido formas de ganar dinero basadas en la trampa y es nuestra obligación reaccionar con fuerza. Así lo hice cuando me preguntaron por el Caso Bilbao —dice mirando fijo—. Conozco bien el tema, he sido ejecutivo de una gran multinacional con base en EE.UU., fiscalizada por la SEC, y cuando leí las 14 páginas de su informe no me quedó duda de que la única reacción posible es castigar estas conductas con nuestra opinión. Es la única manera de reconstruir las confianzas. La sociedad está en su derecho a manifestarse, de lo contrario —agrega—, se validará la idea —que ya comienza a instalarse— de que los empresarios ganan dinero de forma ilegítima, abusiva, y soy un convencido del valor que tiene contar con buenos empresarios. Hay que premiar a los que hacen bien las cosas y aislar a los que hacen trampa. 

—¿Ha faltado que otros líderes de opinión en el mundo político, empresarial, se manifiesten frente a este tipo de escándalos?

—Sí, absoluta y definitivamente. Cuando hablamos de que el país está muy bien posicionado en los rankings de transparencia y de corrupción, la explicación que damos es que somos una sociedad pequeña donde existe control social. El cáncer de la sociedad moderna es la corrupción y tenemos que ser capaces de enfrentarlo muy unidos, velar para que existan buenas prácticas en el sector privado, en el sector público, en el sector parlamentario, entre nuestros líderes. Y para eso debemos discutir estos casos de forma muy abierta. Aquí no deben existir dobles discursos. 

—Casos como el de Penta o Cascadas han revelado una connivencia entre cierto sector de la elite empresarial y sus pares en el mundo político, incluso con los poderes del Estado…

—Existe una debilidad en la forma en que se financia la política. El esfuerzo que se hizo en el campo legislativo durante el gobierno de Lagos fue insuficiente y la ley debe ser perfeccionada. Pero no me pidan que me sume a la campaña de desprestigio de la política; creo en el bien común al cual representa el Estado y desligitimar a los políticos es un tremendo riesgo, si no, ¿quién va a administrar el bien común, quién va a jugar este rol desde el Estado? ¿Se lo vamos a entregar a un grupo de caciques, a caudillos, a líderes populistas? Tenemos que hacer una discusión sin pequeñeces, oportunismos o expresiones de pirotecnia.

—Usted reconoce que no se ha alzado suficientemente la voz para criticar estos casos. ¿Cómo explica este silencio?

—Somos una sociedad pequeña y tenemos muchos vínculos familiares, sociales, de amistad. Hay un pudor por quién tira la primera piedra, un pudor social malentendido que es dañino. Necesitamos como sociedad aprender a decir las cosas de manera más clara.

—¿No le llama la atención que en un año y medio se hayan conocido tantos casos de corrupción?

—No soy analista. Como ministro debo ser muy cuidadoso en mis opiniones, pero estamos frente a una sociedad más exigente e informada y las cosas que a lo mejor pasaban antes sin que se supieran, ahora, gracias a la sociedad de redes, salen a la luz. Pero también hemos caído en un cierto pesimismo, en una mala onda, donde se cree que está todo mal. Y en esta materia yo sería muy cuidadoso: es cierto que aquí han pasado cosas muy graves pero también es una oportunidad para seguir perfeccionando lo que ya hemos avanzado en materia de fiscalización y sanciones. No nos quedemos pegados. Todavía tenemos un tremendo país con cosas muy buenas y empresarios que hacen las cosas bien, con buenas prácticas. 

—Aunque hay un cierto sector que se ha mostrado a la defensiva frente a las reformas. ¿Cuál es su visión?

—Déjame decírtelo de la siguiente manera: cuando llegué en septiembre de 2013 a Chile, el mundo empresarial, la gente con la que me reunía, señalaba que su mayor problema era el alto costo de la energía. Es más:  se conocía el programa de gobierno y la Presidenta ya había anunciado que se iban a subir los impuestos, que su prioridad iba a ser la reforma educacional, terminar con el lucro. Pero para ellos el tema más gravitante era este otro… Llegamos al 2014: redujimos en un 15 por ciento el costo marginal con el cual se tranza la energía entre generadoras; bajamos el precio de las licitaciones; el 2013 sólo hubo cuatro concursos públicos, todos declarados desiertos, y este año hicimos una megalicitación con 13 mil gigawatts hora y 17 ofertas presentadas. De 28 centrales que había en construcción ahora llevamos 45. Para los empresarios ha sido lejos el mejor año en materia energética, de un enorme avance, pero volvemos una y otra vez a hablar de lo que no hemos hecho bien.

—Este es el sector donde hay más inversión en la economía chilena, con más apetito por invertir, con logros y proyectos que hemos aprobado en el Parlamento con unanimidad a pesar de que el ambiente político ha estado crispado. Entonces, volviendo al 2014 como el año del pesimismo, llegó el momento de poner las cosas en la balanza, con menos exageración, en un análisis más razonado y equilibrado. Aquí también hay cosas que se han hecho muy bien.

—Algunos dirigentes empresariales no se sienten cómodos con el ministro Arenas por su manejo de la reforma tributaria. ¿Se sienten amenazados?

—¡Obviamente! Estos escándalos que hemos ido conociendo tienen muy golpeado al empresariado anímicamente, ¡han sido muy cuestionados! Y también hay una sensación de que ha habido un cambio en la conducta de la sociedad y que el gobierno ha recogido de manera oportuna, poniendo el foco en reformas que son muy importantes. No tengo dudas de que el país necesita recaudar más impuestos, que debe hacer una reforma educacional, que se necesita terminar con el sistema binominal, que es importante equilibrar y darle más poder de negociación a los sindicatos. En lo personal creo que todos esos cambios apuntan en la misma dirección: alcanzar en la sociedad un mayor nivel de igualdad. 

—¿Se sienten debilitados los empresarios?

—¡Cuestionados! Ha habido una depreciación de la imagen empresarial. Pero la reacción frente a los cambios puede ser de resistencia, preocupación o pensar que es una oportunidad. 

—Entonces, ¿qué rol debiera jugar el empresariado hoy?

—Sería pretencioso decirlo, no soy couch ni orientador, pero tengo muy claro que el gobierno tiene una enorme voluntad para que el 2015 sea un año en que consigamos recuperar las confianzas y así fortalecer nuestra economía, el crecimiento, la inversión, y eso se hace a través de un trabajo en conjunto con el mundo público y privado. 

—Usted ha surgido como un líder en ese sentido. Incluso se le ha mencionado como futuro ministro de Economía e incluso de Hacienda en reemplazo de Arenas. ¿Siente que es su misión recuperar las confianzas?

—Es lo que hago como ministro de Energía y, en ese sentido, nuestra tarea está comenzando. Lo peor que nos puede pasar es creer que la tarea está hecha. Estoy lleno de entusiasmo por hacer este trabajo en conjunto con el sector privado. Aquí la única empresa pública que tenemos es Enap, todo el resto está en manos privadas, desde la generación a la distribución. Mi relación con el empresariado es cotidiana y permanente.

—¿Entonces fue un error que en su momento desde Hacienda se hablara de ‘los poderosos de siempre’?

—No uso ese lenguaje. Nunca he creído que se pueda construir diálogo y participación social enervando los ambientes, caricaturizando o extremando los argumentos. Así como heredé la genética de mi madre, también llevo el ADN de un hombre que era muy cuidadoso con las formas y el estilo, que siempre me enseñó que se llega más lejos por las buenas que por las malas.