Es que los holandeses nunca fueron indiferentes a los Orange, su familia real. En líneas generales, se la trata con mucho aprecio. Basta evaluar lo que ocurre cada 29 de abril, día de la reina, donde millones de personas copan las calles respetando la consigna principal: vestir cualquier prenda naranja para divertirse, vender sus cosas viejas, demostrar sus habilidades en la puerta de su casa (los niños muestran sus dotes musicales con el violín, alguna joven danza ballet clásico y otros amigos cantan y tocan el acordeón) o pasear en embarcaciones atiborradas por los canales repletos, para celebrar a su monarca. Aquí no se habla de coronación, que transmite la idea de un ser divino ungiendo a un rey, sino de investidura, es decir, del poder otorgado por el mismo pueblo.


Ese cariño se acrecentó a partir de la figura de Máxima, que sorprendió a todos con su naturalidad. Clave fue el día de su matrimonio, cuando la argentina se permitió romper una de las reglas protocolares más estrictas de la realeza: lloró. Con esas lágrimas, la princesa se humanizó. Desde ese momento el pueblo la quiso.

“Máxima le dio a la familia real un toque más humano y alegre, más cercano a la gente en los actos o en las celebraciones” , afirma Silvana Della Penna, presidenta de ALAS (Association of Latin American Students).
“Es hora de agradecer a Beatriz todo lo que ha hecho por Holanda y de poner la esperanza en Máxima, a quien vi muchas veces y de la que puedo decir que es encantadora, comenta Johan Vlemmix, millonario excéntrico, “coleccionista” de historias de la realeza, quien organizó un viaje en moto por todas las locaciones de importancia durante el reinado de Beatriz.
El gran capital es su actitud espontánea y alegre. Cuando un paparazzi la captura en algún momento personal o familiar, nunca se incomoda  ni actúa distante. Ese toque latino de soltura y calidez, quedó extrapolado a toda la familia real y ha tenido una buena acogida. “Gobernando, seré una holandesa nacida en Argentina”, ha dicho.


“Esperamos que Máxima ayude a incorporar cambios, pero dentro de una continuidad”, comenta Carol Domacassé, gerente en The Dylan Amsterdam, uno de los principales hoteles de la ciudad.

maxima-verticalA partir del histórico idilio de los holandeses y sus redes, sumado al apasionamiento de la gente con Máxima, es lógico que la efervescencia por la ceremonia se respire en cada rincón.


La ciudad, poco a poco, se va tiñendo de naranja, el color representativo de la casa real. Las vitrinas están decoradas con coronas, franjas del tono de los Orange y banderas holandesas. El Magna Plaza, un shopping gigantesco ubicado a menos de 200 metros de la Dam, decidió colocar imágenes de las últimas cinco reinas, con Máxima en la última posición y la leyenda “Máxima Plaza”.
Las señales siguen apareciendo: un bote de alquiler pasea por el Canal del Caballero (Harengracht) con una corona de guirnaldas doradas en su popa. Los abundantes locales de souvenirs que rodean la Dam y la Central Staation —la principal estación de trenes de la capital holandesa— incorporaron memorabilia con la cara de los futuros reyes: tazas, poleras, cajas conmemorativas, postales… La tradicional marca de golosinas Wilhelmina Papermint los agregó en todos sus envoltorios y en el supermercado Albert Heijn—una institución nacional— se pueden conseguir unas galletitas alusivas. Por supuesto, no todos son tan solemnes: en el acceso al Barrio Chino, un negocio que vende recuerdos varios exhibe una polera naranja con el rostro del príncipe Guillermo, solo que peinado como su madre, y la leyenda: “Sí, puedo”.

El palacio real construido en 1965 es la residencia oficial de la Casa de Orange desde principios del siglo XIX y, si bien no está habitado en estos momentos, suele ser el escenario elegido para los eventos destacados de la familia. Allí se iniciará el camino de esta ceremonia el 30 de abril por la mañana, con la abdicación de Beatriz, en el Salón de los Corregidores, bajo la atenta mirada de los representantes del gobierno holandés. Una hora más tarde, saldrá al balcón que da a la Dam flanqueada por su hijo, su nuera y sus nietas, para anunciar oficialmente su “renuncia” y presentar a su sucesor, Guillermo Alejandro, que se convertirá de inmediato en Guillermo IV de Holanda.
Desde allí, se trasladarán, junto con sus invitados, a la vecina Nieuwe Kerk, la Nueva Iglesia, que, a pesar de su nombre, fue construida en el siglo XV. El edificio vio las ceremonias más trascendentes de la historia nacional: desde las investiduras anteriores hasta el matrimonio de Guillermo y Máxima. Un dato: por tradición, los casas reales de otros rincones del mundo no pueden estar representadas por reyes o reinas, sino por príncipes herederos o quienes los sigan en jerarquía.

maxima-vertical-2La investidura es breve. Primero llega la reina abdicante. Luego, Guillermo, con uniforme militar de gala y todas sus medallas y condecoraciones a la vista, y Máxima. Cuenta la leyenda que el Manto Real que ya portará Guillermo y que supuestamente procede de su homónimo, el primer rey de Holanda, no es más que una imitación. En un libro de la escritora holandesa Dieuwke Grijpma se cuenta que un modisto de nombre Erwin Doler, a quien se le había encargado la restauración de la capa, decidió cambiarla por otra, debido a que no le había gustado. Por lo tanto, desde 1948, sólo se usa una imitación.
La pareja caminará hasta el mismo sitio donde se juraron amor eterno, pero esta vez no habrá un sacerdote esperándolos, sino los símbolos reales: corona, cetro, orbe, espada y estandarte, todos originales de 1840, encargados por Guillermo II. El nuevo rey jurará cumplir con sus responsabilidades, los miembros del Parlamento harán lo propio sobre respetar sus designios y, ya investido, el presidente de las Cámaras gritará: “Viva el rey”, expresión que los parlamentarios deberán replicar tres veces.
Luego, los flamantes reyes recorrerán Ámsterdam en la “carroza de oro”, de estilo renacentista, que en realidad es de madera, pero que tiene un valor especial para la corona: fue un regalo del pueblo a Guillermina, bisabuela de Guillermo, el día de su propia investidura, en 1898. Sigue un paseo en barco para los invitados reales entre el recientemente inaugurado EYE Filmmuseum (el museo del cine) y el Teatro de la Música, donde se ofrecerá la cena oficial.

Mientras, el tañir de las campanas seguirá replicando en las calles de Amsterdam recordando que Europa, por primera vez, tiene en Máxima a su primera reina sudamericana.