El 24 de enero, el analista Max Colodro (Santiago, 1967) escuchó por la radio a la Presidenta electa, Michelle Bachelet, anunciando el gabinete que la acompañará en su segunda administración. Sociólogo de la Universidad de Chile, Doctor en Filosofía de la Católica, académico de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez y una de las principales voces de la nueva camada de columnistas políticos, mientras manejaba su automóvil pensó que la Presidenta electa estaba siendo consecuente con lo que han sido convicciones desde que volvió a Chile: “Sabe que el gran capital político de la oposición es su liderazgo personal y carismático y que es ella, más que el conjunto de partidos que la apoyan, la que tiene el peso y la impronta”.

Colodro conoce las entrañas de la centroizquierda. Militó en el Partido Comunista desde los 16 años, pero a comienzos de los 90 dejó la colectividad. El mismo camino había tomado su padre Marco, empresario y uno de los amigos y asesores más cercanos del ex Presidente Ricardo Lagos.

—¿Usted trataba de tío a Lagos?
—A Lagos le carga y hasta su señora lo trata de usted. Es muy difícil no decirle usted.

Max Colodro analiza la nominación de Bachelet y concluye que es un gabinete alter ego. “La Presidenta electa parece pensar: ‘El eje articulador del poder soy yo. Este no es un gobierno de la Nueva Mayoría, sino un gobierno de Michelle Bachelet. Por lo tanto, este gabinete tiene que representarme a mí más que a quienes me acompañan. Más que a las colectividades y a la heterogeneidad del mundo político que está a mi lado en esta segunda aventura presidencial. El factor que hace la diferencia es mi propio liderazgo personal y, por lo tanto, es eso lo que se va a expresar en este primer diseño de gobierno’”.

—Los personalismos, y lo ha demostrado la historia, casi siempre resultan peligrosos.
—Es uno de los dramas de la historia política de América Latina, sobre todo el siglo XX: el fenómeno de los caudillismos. Perón en Argentina, Alvarado en Perú, Allende y Pinochet en Chile, Castro en Cuba.

—¿Fue arriesgada la apuesta de Bachelet con su gabinete?
—El diseño tiene riesgos políticos importantes. El más evidente de todos, poner de ministro del Interior a una persona de su exclusiva confianza, Rodrigo Peñailillo, que si bien es el dirigente más cercano a Bachelet en el escenario actual, tiene un déficit importante: su poca experiencia política. Es muy joven –tiene 39 años-, pocas redes y escasa interlocución con el mundo parlamentario. Alguien bromeaba en Twitter: el día de los nombramientos fue la primera vez que le pudimos escuchar la voz. Es decir, no ha sido protagonista de la escena política en Chile y ha tenido más bien un papel de segunda línea, de asesor en las sombras, de una persona que acompaña desde atrás. Y eso es un riesgo: el cargo de ministro del Interior supone una impronta de fuerza.

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—Rodrigo Hinzpeter lo demostró como jefe de gabinete: tener la confianza incondicional del Presidente no garantiza una buena coordinación ni un buen gobierno.
—Piñera puso a una persona muy cercana a él en lo personal, de mucha complicidad, pero que no tenía tampoco las capacidades de conducción política que se requerían para ser el articulador del gobierno. Y la gran duda es si Rodrigo Peñailillo tiene efectivamente las cualidades para ser el gran conductor del Ejecutivo en un momento en el que los principales desafíos van a ser políticos. Una reforma tributaria, un cambio de Constitución y del sistema electoral, una reforma al sistema educacional completo y, eventualmente, algunas transformaciones en el tema previsional. Es decir, todas reformas estructurales de envergadura que van a requerir conducción política y articulación.

—¿Era necesario una especie de pánzer, como lo fue José Miguel Insulza durante la administración de Lagos?
—Yo creo que para las circunstancias que vienen en Chile, Bachelet habría necesitado uno. Era mucho mejor tener a un pánzer que a un secretario privado, que es lo que ella eligió para el Ministerio del Interior.

—Las nominaciones de los ministros anticipan la dirección de un gobierno, pero también revelan características políticas y personales del Presidente que lo lleva a cabo. ¿En qué ha cambiado Bachelet?
—Bachelet ha acentuado su distancia y su desconfianza con el mundo político partidario. En su anterior gobierno, tuvo que hacer ciertas concesiones políticas a la Concertación porque estaba en otras circunstancias. En 2006 había más equilibrio entre las fuerzas políticas del bloque, que llevaba gobernando tres períodos, y su liderazgo personal. Pero las cosas han cambiado: se trata de una coalición que habría tenido posibilidades muy bajas de volver al poder si es que la candidata no hubiese sido ella. Por lo tanto, todo el desequilibrio está puesto a su favor. Bachelet se siente con mayor libertad y autonomía para poder armar un gabinete en función de lo que deben ser las transformaciones que el país requiere a partir de marzo.

—¿Qué le parece el triunvirato que conforman Bachelet, Peñailillo y Arenas?
—Efectivamente, se ha conformado un triunvirato entre Michelle Bachelet y sus dos asesores más cercanos. El eje que se constituye entre ella, Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas va a ser impenetrable. Todo el resto de los actores y de los ministros que pasarán a ser parte de este gabinete no van a tener mucho más que hacer salvo que responder políticamente a las decisiones que se tomen con una lógica muy hermética, como ha sido tradicional en Bachelet durante las campañas y su primer gobierno. Eso es algo que también se ha exacerbado: el secretismo en la manera en cómo se procesan y se toman las decisiones.

—¿Cree que se ha acrecentado el hermetismo?
—Es un fenómeno que ha ido fortaleciéndose, profundizándose. La toma de decisiones se realiza en un círculo muy hermético que transparenta muy poco y que solamente informa de las resoluciones que están tomadas. Es un sector que habla a nombre de Bachelet y que efectivamente tiene autoridad para actuar en su nombre. Es la gran virtud de Rodrigo Peñailillo: todo el mundo sabe que la representa y que no tiene agenda personal. Pero lo que expresa este nivel de secretismo es una profunda desconfianza hacia la institucionalidad política –los representantes, los cargos, las atribuciones- y por lo tanto su toma de decisiones opera por un camino puramente fáctico.

—Bachelet nunca perteneció al establishment de la Concertación.
—Nunca fue parte de ese círculo ni querida por ese mundo que, recordemos, puso mucha resistencia a su primera candidatura. Las desconfianzas se mantienen, entre otras cosas porque los actores siguen siendo los mismos. La gran diferencia es que el establishment está tremendamente debilitado frente al poder que ella encarna.

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—Llama la atención que tampoco haya incluido en su gabinete a dirigentes como Camilo Escalona, que desde el inicio de su carrera política y hasta hace poco fue su principal escudero.
—Bachelet fue la ahijada de una Concertación masculina y ella, con este gabinete, terminó de romper efectivamente el cordón umbilical con ese mundo del cual fue una criatura, pero una criatura que siempre trató de tomar distancia y demostrar independencia política. Durante la campaña, y sobre todo con la nominación de sus ministros, la Presidenta electa corta los nexos con el mundo masculino que fue dominante en la Concertación durante los últimos veinte años. Y sucedió con Escalona, pero también con Lagos.

—¿Con Lagos?
—Ella fue ministra de Lagos y, por lo tanto, fue una hija de Lagos. Pero Bachelet ha ido tomando una distancia política muy fuerte respecto del ex Presidente, que no jugó ni un papel durante toda la campaña. Eso no es una cuestión casual. Hay efectivamente una decisión de parte de Bachelet de romper vínculos con ese mundo masculino, patriarcal y autoritario que está representado por estos liderazgos tan fuertes como el de Lagos y el del propio José Miguel Insulza, por ejemplo.

—La mala relación de Bachelet con los partidos de la Concertación marcó su primer gobierno y eso no terminó de buena forma: el sector perdió el poder en manos de la derecha después de 20 años. ¿Se repite el modelo?
—La pregunta es cómo Bachelet va a apostar a la continuidad de su gobierno. Pero las decisiones que puedan empezar a garantizar la posibilidad de la continuidad todavía no se ven. Lo que se observa más bien es una concentración de todo el poder y de toda la fuerza en su liderazgo personal y este hoy día tiene fecha de término: 11 de marzo de 2018.

—Cuesta pensar que la relación entre Bachelet y las colectividades de la Nueva Mayoría se mantenga como hasta ahora: sin críticas ni grandes disidencias.
—La incondicionalidad que los partidos han manifestado al liderazgo de Bachelet y a la manera en que ella toma decisiones está basada única y exclusivamente en el respaldo y la aprobación ciudadana que tiene la Presidenta electa. En la medida en que ese apoyo se debilite, la relación con su coalición comenzará a tensionarse. Bachelet es como una emperatriz prisionera de su popularidad: todo su poder se basa en los números de aprobación que ella muestra en las encuestas. Ella no representa un poder institucional, orgánico e histórico, sino carisma con niveles altísimos de respaldo y de aprobación ciudadana.

—¿Dice que estará presa de las encuestas?
—Para ella una variable central en la toma de decisiones va a ser el efecto que esas decisiones tengan sobre su popularidad. En la medida en que esa popularidad empiece a perderse, lo que Bachelet representa, desaparece.

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—¿No existe el bacheletismo?
—El bacheletismo es única y exclusivamente la confianza que un sector importante de la ciudadanía deposita en las transformaciones que la Presidenta ha ofrecido al país.

—No es poco.
—Sin duda, de hecho es todo lo que existe hoy día. Todo lo que hay es la confianza de un sector de la población en que la Presidenta va a poder cumplir su programa.

—El laguismo, que usted conoce bien, era otra cosa.
—El bacheletismo tiene menos sofisticación intelectual que el laguismo. Bachelet representa una aproximación más intuitiva, más emocional, más horizontal con la ciudadanía. Y el liderazgo de Lagos estaba basado mucho más en el peso de las instituciones y en el valor de las ideas.