En la familia real no había nacido un hombre desde 1965 —sólo los varones pueden optar al trono—,  por lo que la presión sobre la princesa fue feroz.

Pocas niñas no han querido o, al menos, jugado a ser princesa. Pero a Masako Owada (49) ese sueño se le transformó en una real pesadilla que la tiene enclaustrada, casi sin ganas de vivir…

Lejos de los castillos, lujos y comodidades, Owada ha tenido una vida marcada por la tristeza y los fármacos. No recibe visitas oficiales de Estado, sino sólo la de doctores que evalúan su salud y buscan fórmulas para zafarla de la melancolía.

Masako nació en Tokyo en diciembre de 1963. Su padre era presidente de la Corte Internacional de Justicia, por lo que la animó a seguir una carrera diplomática. Estudió en Oxford y Harvard, donde consiguió el grado de doctora en derecho y economía. Los compañeros la recuerdan como silenciosa pero tenaz y debido a su pasión por los libros la bautizaron como “la mujer que no necesita dormir”. Gracias a sus estudios habla fluidamente seis idiomas y hoy se la considera una de las personas más capacitadas y con mayor proyección del país. Eso, en el papel.

En noviembre de 1968, Masako dio un inesperado giro. Ya egresada, había entrado a trabajar en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón. En una recepción que se le hizo a la princesa Helena de España, conoció al príncipe heredero Naruhito, primero en la línea de sucesión al Trono del Crisantemo, el más antiguo del mundo. El había dicho que encontrar una esposa era una hazaña comparable a escalar el monte Fuji, pero se enamoró de inmediato de esa joven elegante y de “refinado andar”. Ella ni lo miró. El se propuso conquistarla.
Naruhito comenzó a cortejarla y a piropearla en público para llamar su atención. Owada no mostraba interés en tener una vida real por las restricciones que se le impondrían a su independencia y por el miedo a perder su trabajo ministerial. Pero el príncipe insistió. En una conferencia se refirió a ella como “una persona tan encantadora que en su presencia el tiempo vuela”. Después de la tercera propuesta de matrimonio, ella aceptó. Cuando anunciaron el compromiso en una conferencia abierta, Masako habló 39 segundos más que su novio y eso le valió la primera reprimenda real. Fue un anticipo de lo que viviría como princesa nipona. Presentó su dimisión como diplomática y se casaron el 9 de junio de 1993.

Los medios volcaron su atención hacia la pareja, esperando ansiosos la noticia del embarazo. En la familia real no había nacido un hombre desde 1965 —sólo los varones pueden optar al trono—  por lo que la presión sobre ella fue feroz. Cuando le preguntaron a Naruhito sobre cuántos hijos le gustaría tener, respondió: “Dependerá del humor de las cigüeñas”. Y las aves parecieron ensañarse con la pareja.

Después de ocho años y de varios tratamientos de fertilidad, llegó el embarazo. Japón se paralizó con la noticia. Querían, tras esa larga espera, el sucesor al trono…

Tres meses después, la princesa sufrió un aborto natural. Algunos dijeron que el estrés de la presión real había sido determinante.

masako-horizontalMasako Owada quedó sumida en una tremenda depresión y sus apariciones en público se hicieron escasas.

Dos años más atrde, un segundo embarazo… ¡y una niña! Aiko llegó el 1 de diciembre de 2001 y el gobierno, urgido por la situación, planteó una reforma para permitir que una mujer ocupara el trono imperial, hecho que rompería con más de 2.500 años de historia. El pueblo se oponía. Y el dilema automáticamente se resolvió con el nacimiento de Hisahito, hijo del hermano menor de Naruhito y sobrino de la princesa. Si bien es el tercero en la línea de sucesión, el escenario ameritaba una decisión extraordinaria.

Confirmado que ya no habría hombres en la familia, comenzó el bullyng. Se publicaban notas en los diarios con citas “anónimas” diciendo que Masako era inservible, floja, y que le haría a todos un favor si se divorciara o suicidara. Como era de esperar, la enfermedad de la princesa crecía al mismo ritmo que el descontento de la población. “Desde mi matrimonio, hace más de diez años, he intentado hacer todo lo mejor posible, en un ambiente poco familiar. Sin embargo, mi salud ha sufrido por la acumulación de fatiga mental y física”, dijo en una rueda de prensa recién en 2003. Y esto ha ido cada año empeorando.

Prácticamente ya no se le ve.

Vive entre enfermeras y remedios. El propio Naruhito trató de explicar el mal de su mujer argumentando que “de alguna manera, su carrera y su personalidad fueron negadas”.

Pero no es la única marcada por la tristeza y depresión. La actual emperatriz y suegra de Owada, Michiko, también reconoció que su vida, una vez dentro de la realeza, tuvo un giro negativo. Al igual que la princesa, renunció a todo por amor al emperador. Tiempo después aseguró que le gustaría volverse invisible para poder escapar a las restricciones que la familia imperial le impuso. “Caminaría por una estación de tren abarrotada de pasajeros… Y, después, iría a una librería y pasaría mucho tiempo hojeando libros, igual que en mis días de estudiante”, confesó no hace mucho.

A sus 49 años, Owada vive enclaustrada y, de seguro, pasará a la historia como la mujer que no pudo dar continuidad a la sucesión dinástica. La princesa de los cuentos no existe.