Mariana Aylwin ha asumido el caso del ex candidato Andrés Velasco como algo personal. Activa militante de la DC, heredera de una de las dinastías más influyentes dentro del partido, en su momento no dudó en poner todo su capital político y apoyar la candidatura del líder de Fuerza Pública como si fuera un proyecto propio. Y hoy se la juega especialmente, cuando el ex ministro de Hacienda atraviesa por uno de sus momentos más duros, demandado por el SII —junto con otras figuras de RN y la UDI— por recibir supuestos pagos irregulares por parte del Grupo Penta, brazo financiero de la UDI.

Se trata de una de las mayores tormentas políticas del último tiempo, arrastrando a su paso a numerosas figuras públicas, entre ellas a dos ex candidatos a la presidencia (Velasco y Golborne); a un ex alcalde de la UDI (Pablo Zalaquett); a tres senadores de ese partido (Iván Moreira, Ena von Baer y Jovino Novoa), y de paso tiene muy complicado al actual ministro de Obras Públicas, Alberto Undurraga (DC).

El episodio afectó especiamente a Andrés Velasco, quien tardó dos semanas en volver a Chile para aclarar el asunto. Regresó un día después de que su casa fuera allanada por instrucciones del fiscal Carlos Gajardo, lo que tanto él como su círculo interpretaron como una actuación innecesaria. Tampoco ocultaron su molestia al ver que la diligencia fuera filtrada a la prensa.

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El Pentagate puso en discusión el sistema de financiamiento electoral y el uso de las platas políticas. Para Mariana Aylwin, el caso también ha sido utilizado por algunos sectores para sacar a sus adversarios fuera del camino, especialmente a Velasco por haberse convertido —asegura ella— en uno de los más críticos de las reformas del gobierno de Bachelet. Una situación que —admite— ella también ha experimentado en carne propia, al liderar las objeciones a la reforma educacional que intenta poner en marcha el actual gobierno.

“Hay una gran hipocresía en este debate. Es como un baile de máscaras: se juzgan unos a otros desde una supuesta superioridad moral, aunque lo cierto es que el actual sistema permite aportes de empresas de manera reservada y la institucionalidad que regula la relación entre política y dinero es mala. ¿Acaso existen empresarios que, sin que nadie les golpee la puerta, vayan a depositar espontáneamente a un candidato o a otro? ¿Acaso el senador Girardi, que es uno de los que más donaciones recibe, no sabe a quién o quiénes son los que le donaron? Hoy tanto los políticos como los empresarios están bajo sospecha. Hay que regular, no sólo por transparencia, sino para que exista una competencia más democrática, donde la política no dependa tanto del dinero. Hoy quienes tienen recursos propios corren con ventaja, pero los que no, o salen a pedir dinero o no pueden competir. Se trata de democracia”, explica. 

—Usted plantea que los candidatos muchas veces saben quiénes son sus donantes, ¿también tienen claro a cambio de qué?

—Aunque fuera a cambio de nada, obviamente que coarta tu libertad. Si te financia una empresa, cuando haya una discusión en torno a un tema que la afecta, por supuesto que te restringe. Por eso me parece pésimo el sistema; tienen que ser las personas quienes donen, no las empresas, ellas no son ciudadanos.

—Sin embargo, hoy es prácticamente un hecho que las empresas financian candidaturas —especialmente las parlamentarias— de forma transversal. De hecho ese fue el debate que se dio en el Caso Cascadas, con las platas de Ponce Lerou…

—Está la sospecha de que las empresas —o los empresarios— ponen recursos de distintas partes. Como son muchas las candidaturas, probablemente equilibren entre quienes van a pedirles y aquellos con los que tienen más cercanía ideológica.

—Como dijo el presidente de la CPC, Andrés Santa Cruz, son los candidatos los que van en procesión a tocar la puerta de los empresarios y no al revés.

—Yo fui candidata en 1998, cuando no existía la ley de financiamiento electoral, y una de las cosas que  me mortalizaba era tener que pedir plata. ¿Y dónde vas? Donde hay gente que tiene dinero. 

—Un tema es que la mayoría de los donantes pertenecen a un mismo sector ideológico.

—Eso ha sido muy fuerte en la sociedad chilena, un empresariado poco diverso. Hoy existe más apertura, pero la mayoría de los empresarios siguen estando más vinculados a sectores de derecha. Tiene que ver con la democracia, con la igualdad de condiciones para competir. Y las personas que tienen más llegada a ese mundo logran más dinero.

—¿Por lo tanto la campaña de Michelle Bachelet también habría recibido platas de empresarios ligados a la derecha…?

—O sea, ella ha recibido muchos aportes reservados, por lo tanto, de muchas empresas. Probablemente, ha sido transversal.

—Desde ese punto de vista entonces —más allá de si hubo o no irregularidades— ¿cuál fue el pecado de Velasco?

—Andrés ha entregado servicios a Penta desde el 2011, no sólo durante el tiempo de la campaña. Pero igualmente lo cuestionan. Tratándose de alguien como él, que también ha prestado colaboraciones al BID, el Banco Mundial, y que cobra por sus conferencias, ¿por qué ahora debiera estar tan mal? Si es por eso, los ex presidentes no podrían cobrar por sus charlas. Las personas necesitan ganarse la vida y también financiar sus proyectos, y no veo por qué no pueden dar servicios a la empresa privada.

—El era visto desde la Nueva Mayoría como un infiltrado de la derecha. Su vínculo con Penta habría venido a confirmar esta relación.  

—Esa es una caricatura, un intento político de encasillarlo en un lugar al que no pertenece; Andrés es un socialdemócrata, hijo de un político radical que también fue precandidato a la presidencia; tiene una trayectoria de veinticinco años de trabajo en el sector público, en los gobiernos de la Concertación. Pero es la forma que tienen sus contendores para encasillarlo en un lugar que él no pertenece. El está luchando por preservar un espacio de centro-izquierda más diverso, como existió antes en Chile, un centro laico-liberal, progresista, fundamentalmente representado por el Partido Radical y un centro humanista cristiano, como la DC.

—Pero para algunos sus vínculos con Penta han venido a constatar su relación con la derecha. ¿No debiera redefinir su domicilio político?

—No creo que Andrés deba cambiar como persona, ni lo que piensa, ni mucho menos sus convicciones. Esto no tiene por qué influir en su posición y en el proyecto político que ha querido encabezar. Eso sólo pasaría si él aceptara moverse, aunque no creo que lo haga, sobre todo porque en Chile hay un espacio para un centro más amplio.

—Algunos creen que tras este episodio la carrera política de Velasco terminó…

—No estoy de acuerdo, aunque en gran medida va a depender de él; la política es muy dura y ciertamente ha sufrido un golpe injusto, pero hay que tener coraje y salir a flote. O sea, he visto la experiencia de mi padre, que estuvo varias veces en el suelo, acusado de cosas muy injustas, como el Carmengate (un escándalo político de 1988, sobre irregularidades en las primarias internas de la DC entre Patricio Aylwin y Gabriel Valdés) y a los pocos meses fue candidato a la presidencia de la República. Es en situaciones como éstas donde se muestra la fuerza, el coraje, el liderazgo y yo diría la capacidad para ser un buen político. 

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—¿Lo ha visto últimamente?

—Estuve con él hace poco, le di un abrazo, y en fin… lo noté bastante golpeado pero tranquilo, con fuerza.

Para Mariana Aylwin, Andrés Velasco se había convertido en un hombre peligroso. “En estos seis meses la Nueva Mayoría entendió que no era tan fácil imponer un programa más cargado hacia la izquierda. Partieron dándose ínfulas, hablando de “los poderosos de siempre”, lo mismo con la reforma educacional, y han tenido que ir aceptando que hay otros actores, otras miradas. Obviamente que dentro de la Nueva Mayoría hay una tensión entre este centro y la izquierda, y esa presión la han vivido la Democracia Cristiana y, obviamente, Andrés Velasco”. Y convencida, agrega: “Este episodio (Penta) ha sido usado para tratar de sacarlo del camino, para correrlo hacia la derecha, pero eso no va a ocurrir, primero porque él no es de derecha y porque no será tan fácil eliminarlo”, asegura.

—¿Cree que tras el allanamiento a su casa también hubo una estrategia política, tal como lo denunció el propio Velasco en una entrevista?

—Esa operación fue innecesaria, un asunto completamente sobredimensionado. ¿Por qué él, habiendo tantos otros casos? ¿Por qué con prensa? Son dudas legítimas. ¿Qué intención hay detrás? Porque evidente se buscó perjudicarlo.

—Velasco dijo que habría sido una estrategia digitada desde La Moneda.

—Bueno, uno no tiene los antecedentes, pero hay cosas que uno ve, por ejemplo, la actitud del diputado Andrade; está obsesionado con Velasco y sin duda quiere aprovechar esta ocasión para dejarlo fuera del camino. Como presidente de un partido su actitud ha sido muy poco cuidadosa, presionando indebidamente al SII y diciéndole qué plazos tiene que seguir. Tampoco creo que esté solo… Probablemente nunca sabremos cómo se gestó esta situación, pero tampoco hay que ser muy inteligente para juntar cabos que, de alguna manera, muestran que por lo menos aquí hay una intencionalidad de sacar provecho de este asunto.

—¿Por qué se habría buscado eliminarlo?

—La instalación de este gobierno ha sido muy conflictiva; dentro de la Nueva Mayoría hay visiones distintas respecto de cómo hacer las cosas y Andrés Velasco ha planteado sus diferencias. Entonces hay una disputa por encauzar el proceso político y la manera en que se hace. La división es transversal y la tensión está en cuán a la izquierda se va la Nueva Mayoría.

Y agrega:

—Yo no quiero estar en una alianza de izquierda donde el centro es el vagón de cola y el yes man de un proyecto que no me interpreta. Así lo he manifestado en cuanto a la reforma educacional y lo mismo ha hecho Andrés Velasco con la reforma tributaria.

—¿Por lo tanto ambos se han convertido en figuras incómodas para algunos sectores dentro de la Nueva Mayoría?

—De todas maneras. Por eso el diputado Andrade ha dicho que tenemos nuestro domicilio en la derecha. ¡No lo pienso aceptar! (dice indignada). Y tampoco pretendo moverme de donde estoy. Soy una convencida de que podemos hacer las cosas de una mejor manera, buscando acuerdos, conversando con todos los actores, y no intentando imponer una mayoría circunstancial sobre el resto de la sociedad; eso es pan para hoy y hambre para mañana. Y eso es lo que está intentando un sector de la Nueva Mayoría, y a su pinta. Hay un cierto totalitarismo que ha aparecido en este gobierno, de querer imponer su verdad como un absoluto. O sea, la agresividad que he recibido, ¡me han sacado la mugre! ¿A qué le temen? ¿Por qué me quieren acallar? Y en el caso de Velasco ha sido peor.

“En el fondo —agrega— representamos a mucha gente que ha votado por la Nueva Mayoría y que no se siente interpretada por sus reformas. Y si este gobierno quiere que le vaya bien, va a tener que equilibrar y va a tener que buscar fórmulas que permitan establecer acuerdos más amplios, incluso con la oposición, como ocurrió con la reforma tributaria donde finalmente se llegó a una alianza público-privada. Pero eso en educación no está tan claro. Entonces hagamos alianza pública-privada, equilibremos las cosas, fortalezcamos la educación pública, pero no generemos esta tensión que finalmente va a terminar afectando al éxito del gobierno de Michelle Bachelet”.