No debe ser fácil ser hija de un ex Presidente de Chile y patriarca de una de las dinastías políticas criollas. Pero a ella el apellido no le pesa, “todo lo contrario, me siento feliz”. La mirada y el tono se le dulcifica. “Una de las características que más admiro de mi padre es su libertad; de alguna manera me siento heredera de ella. No me ha inhibido ser su hija para hacer lo que he querido”. De paso agrega que Patricio Aylwin está “súper bien, retirado, finalmente, a su pesar.”

La libertad de Mariana Aylwin (63) se ha traducido en ir diseñando una ruta de vida, entre lo público y lo privado, de acuerdo a sus deseos y convicciones. “Las cosas tienen un tiempo y uno tampoco puede estar siempre en primera fila”. Lo estuvo cuando fue ministra de Educación de Ricardo Lagos, diputada por La Florida, vicepresidenta del PDC y a cargo del programa de educación de la Concertación. Ahora, sobre un eventual gobierno de Bachelet, espera que la Democracia Cristiana “no sea comparsa; queremos que nuestra identidad se respete y que podamos aportar”.

—¿Le gusta, le dice algo el nombre la Nueva Mayoría?
—No me gusta ni me dice… Es un pegoteo de nuevos partidos que tampoco representan mucho.

—¿Se integra la DC con ganas a esta nueva coalición?
—Sí, pero voy a ser un poco ruda: existe mucho entusiasmo relacionado con ocupar puestos en un futuro gobierno, posiciones de poder. Hay varios con calculadora en mano.

Existe mucho entusiasmo relacionado con ocupar puestos en un futuro gobierno, posiciones de poder. Hay varios con calculadora en mano.

—¿Extraña la política? ¿Le habría gustado ser ministra en estos tiempos de cólera?
—No, lo encuentro muy difícil. No he dejado la política pero estoy en segunda fila. Lo que más echo de menos es opinar y que mi opinión tenga algún efecto. Pero la política es una actividad muy expuesta, dura, y yo no soy tan fuerte.

—¿Se le endureció el cuero como ministra?
—Sí, de otro modo uno no lo resiste. Pero no se me endureció el alma. Las personas deben tener sensibilidad para advertir lo que pasa a su alrededor y si lo que sucede duele, hay que expresarlo. Tengo la escuela de mi padre, que es bien llorón, sin ser débil. No soy llorona, pero me afectan las críticas, el dolor ajeno.

Casada con el historiador Carlos Bascuñán, cuatro hijos, estudió pedagogía en historia y geografía en la UC, y fue profesora de historia en el Saint George. Ahora es directora ejecutiva de la Corporación Aprender, entidad educacional sin fines de lucro que administra dos colegios técnico-profesionales en La Pintana y Lo Espejo. “Trabajamos en la vulnerabilidad total. Un aprendizaje enorme que me ha permitido estar con las manos en la masa”.

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También preside la Corporación Oportunidad, con proyectos en educación pre-escolar en sectores vulnerables (dos comunas en la Región Metropolitana y una en la VI Región) e integra el Consejo de Certificación de la Fundación Chile. “En educación tengo harto que aportar porque tengo una experiencia que incluye política, Parlamento y terreno”, agrega.

—¿Cómo lo ha hecho el gobierno de Piñera en el tema?
—En educación creí que sería peor de lo que ha sido. Me llevé la sorpresa de que ha mantenido la continuidad de algunas políticas importantes de la Concertación. Han podido introducir regulaciones que nosotros no conseguimos porque la derecha se negaba. La creación de la Superintendencia constituye un tremendo avance, pero es continuidad del gobierno anterior. Nosotros, por ejemplo, no podíamos cerrar escuelas que funcionaban mal.

—¿Tiene Chile los profesores necesarios para dar educación gratuita y de calidad, como plantea Bachelet?
—El gran nudo de la educación chilena tiene que ver con la formación de recursos humanos. Eso no está resuelto y no figura con fuerza en la agenda. La formación de los profesores es absolutamente clave. Y también el estatus, prestigio, remuneración. Se masificó la enseñanza, pero también los profesores. Hay 900 escuelas de formación en Chile, de ellas, unas 300 acreditadas. Y la calidad de esa formación es mala. Ahí debe hacerse una gran inversión.

—Catalina Parot sostiene que la derecha no dio cuenta de las urgencias como las relativas a educación. Habla de un “desfase” entre el discurso y la calidad que se entrega.
—Es un asunto de primera prioridad. Las demandas de cambio se deben a que vivimos en una sociedad más educada, empoderada, con mayores expectativas. Hace diez años los jóvenes de los colegios más pobres no postulaban a la enseñanza superior. Cuando era ministra, la educación era décima prioridad y la gente estaba contenta, transversalmente. No me cabe duda que faltó el sentido de urgencia a las reformas. Desde 2006 no se toca la educación superior; falta decisión. Pese a todas las deficiencias, ha mejorado en calidad, lo cual lleva a mayores exigencias.

—¿Cómo ve el mapa político?
—Lo que ha pasado es signo del fin de un ciclo. Esta será la última elección parlamentaria y presidencial con sistema binominal y tenemos demasiadas evidencias de que la institucionalidad no da cuenta de la realidad de un Chile distinto. El binominal es una camisa de fuerza que subsidia a los partidos y coaliciones actuales, y también ha contribuido a su deterioro y desprestigio. La paradoja: por una parte, los dirigentes políticos se benefician del sistema y, por otra, están con una imagen cada vez más deteriorada ante la opinión pública por los mismos acuerdos cupulares a los cuales obliga el mecanismo.

—En tres meses, la UDI ha levantado y bajado a tres candidatos. El de RN se bajó solo. ¿En qué condiciones enfrenta la derecha a las presidenciales?
—La forma en que resuelve sus conflictos da cuenta de que sus convicciones democráticas no son suficientemente sólidas. Ponen, sacan, cambian a dedo. No hacen ni asamblea, ni la parada de consultar. Es la cultura del patrón de fundo, autoritaria, del militar. Eso la ciudadanía ya no lo resiste. Estuvieron en el gobierno cuatro años y, al parecer, será un gobierno sin continuidad. Eso es un fracaso político.

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—¿Y el rol del Presidente Piñera en esta campaña presidencial?
—Se ha jugado por Evelyn Matthei. El Presidente es un incontinente verbal. No sé cuánto hay de espontaneidad en lo que hizo o cuánto fue presión de la UDI. En medio hay temas de vidas personales bien fuertes. Evelyn Matthei con Piñera ahora íntimos amigos pero antes se odiaban, y el rencor con Allamand no ha pasado. ¡Matthei y Allamand como candidatos habría sido imposible!

—El ex alcalde Claudio Arriagada dice que la campaña de Orrego fue extremadamente conservadora, que no representó la diversidad DC en distintos ámbitos.
—No puedo hablar por el partido. Dentro conviven visiones muy distintas sobre qué hacer. Y, por otra parte, existe un clima de división. Para algunos, el responsable es Claudio Orrego, que no debía haber ido como candidato. Se cometieron muchos errores. Efectivamente, la dirigencia del partido, salvo excepciones, no se jugó por esta candidatura porque no les convenía ad portas de una elección parlamentaria en la cual la figura era Michelle Bachelet. Faltó lealtad del partido. Y está la responsabilidad de la campaña, en la cual yo participé. El discurso fue muy conservador, pero hay una sociedad emergente, más moderna, más libre pero moderada. No quiere ruptura ni aventura política; la DC no ha sido capaz de interpretar eso.

—Evelyn Matthei dijo que ésta era una elección perfectamente ganable.
—No creo. Bachelet tiene un liderazgo consolidado. Puede darse el lujo de partir por quince días en plena campaña. Si estuviera apremiada, no podría. Pero, además, la Alianza es una bolsa de gatos, con peleas muy duras. Evelyn es una buena candidata, valiente, pero juega en su contra la división de la Alianza. Y ha estado involucrada en episodios que muestran que es capaz de sobrepasar límites, algo peligroso. Muy inteligente, audaz, ambiciosa, pero frente a ella tengo un tremendo signo de interrogación respecto de su capacidad de fair play. Al final, el tema de la confianza hoy es clave. En una sociedad muy desconfiada, los chilenos buscan en quién confiar.

—¿El plus de Bachelet?
—Es más prudente, más serena. Puedo estar de acuerdo o no con lo que ha planteado, pero da confianza y transmite integridad. Claro que me preocupan las altas expectativas que se generan respecto de reformas que me parece muy difíciles de llevar a cabo y no creo mucho en las fórmulas rupturistas. Le tengo temor a que ella prometa más de lo que pueda concretar.

Le tengo temor a que ella prometa más de lo que pueda concretar.

—Este año se cumplen 40 años desde el Golpe. ¿Se han cerrado las heridas?
—Chile es un país básicamente reconciliado, aunque hay marcas que no se cerrarán nunca porque lo sucedido fue demasiado doloroso. Creo que en ningún país se cierran. Y es bueno que así sea, tal vez, para que la sociedad no olvide lo ocurrido. En general, vivimos un tiempo de más confrontación, de visiones más en blanco y negro. Pero son ciclos históricos que se producen cuando las sociedades deben hacer ajustes institucionales.