Antes de El imperio del Opus Dei en Chile, La privatización de las universidades, Los magnates de la prensa y Karadima: El señor de los infiernos —algunos de los libros con los que ha remecido al poder local— la periodista María Olivia Monckeberg (Premio Nacional de Periodismo 2009) instaló su mirada en los cruces entre política y dinero con El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno (2001). Aunque en 1986 había publicado un texto sobre el caso degollados junto a María Eugenia Camus y Pamela Jiles (Crimen bajo Estado de sitio) se trató de su primera investigación periodística en solitario. En el libro abordó un asunto silenciado durante una década de democracia: las privatizaciones de las empresas públicas en los ’80 y la reaparición de sus protagonistas en la primera línea de la actividad privada y política en los ’90.  “Fue una sorpresa tremenda que resultara siendo un libro masivo. En sus ocho ediciones vendió 25 mil ejemplares”, recuerda la periodista.

Pero aunque Monckeberg realizó la investigación hace 14 años, tiene una vigencia evidente. A la luz de los casos Penta y Soquimich que se han tomado la agenda noticiosa de los últimos meses, El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno resulta clave para comprender el origen de estas compañías y el perfil de sus principales controladores. Como hasta ahora resulta imposible conseguir un ejemplar en librerías —incluso en mercados y bibliotecas—, el sello Penguin Random House Mondadori en las próximas semanas lanzará una reedición de la obra que en sus primeras páginas señala: “Tras la actividad política hay una profunda historia movida por los hilos de los intereses económicos que tienen nombres y apellidos. Desde luego, he podido apreciar, ya desde fines de los años setenta, en algunos casos, que la misma red de poder que gobernó con Augusto Pinochet sigue vigente hoy, pretendiendo influir en el desarrollo económico y político del país con sus palabras y acciones”. 

Sentada en el living de su casa una noche de otoño, Monckeberg relata que como el 11 de septiembre se acabó la política y hasta la cultura, por consejo de Emilio Filippi se dedicó al periodismo económico. Entre 1973 y 1990 trabajó en las revistas Ercilla, Hoy, Análisis y en el diario La Época. “Reporteando a mediados de los ’80 empecé a darme cuenta de las privatizaciones. Andaba metida en seminarios, foros y de repente me comenzaron a hacer click ciertas cosas que estaban pasando. Algunas de mis fuentes me ayudaron: ‘Oye, pon el ojo ahí’, me decían”, relata la directora del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, del que dependen la Escuela de Periodismo y la carrera de Cine y televisión.

Con la llegada de la democracia en 1990, ella esperaba que se investigara el proceso de privatizaciones: “Pero finalmente no ocurrió nada”. Después de trabajar en Radio Nacional y el diario La Nación, comenzó a desempeñarse en el ámbito de las comunicaciones. Primero en el Sernac y luego en el INE. Justamente a comienzos del 2000, mientras los escándalos de las indemnizaciones y los sobresueldos encendían el debate político en Chile, la periodista se decidió a escribir su primer libro de investigación. “Tenía mucho material acumulado, minutas, que había confeccionado independientemente de si llegaba a publicar esa información. Hasta ahora tengo muchos informes de todo eso. Es divertido, porque los encuentro y de repente digo: ‘¡Ay, no me acordaba de esto!’. Me gustan los archivos de papel, a pesar de que tengo mucho digital, para ir hilando y conectando lo que está pasando”, señala Monckeberg. 

En El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno, la periodista de la Universidad Católica logró resumir sus conocimientos acumulados. El éxito en las ventas y el impacto que provocó le hicieron llegar pronto a una conclusión importante: “Pensé que era una manera de hacer periodismo sin estar en los medios. Fue un tremendo motor para el libro siguiente que fue El imperio del Opus Dei en Chile”.

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—¿Cuál es el trasfondo de las privatizaciones que dieron origen a los nuevos grupos económicos, como Penta y Soquimich?

—Hay más de una interpretación en cuanto a si tiene que ver sólo con el modelo ideológico o con una cuestión a la vez pragmática. Sobre todo después de la crisis del 82-83, necesitaban hacer traspasos desde el sector público, del Estado, a los privados. Augusto Pinochet y Hernán Büchi se enfocaron en formar nuevos grupos que resultaran adecuados para su modelo y que pudieran encarnar mejor estas ideas neoliberales que en lo teórico estaban aplicando los Chicago boys. Las privatizaciones eran necesarias para ese cuento. Sigo pensando y reflexionando, dándole vueltas, pero básicamente creo que las privatizaciones fueron clave en la instauración del modelo y en lo que vendría después.

—¿A qué se refiere exactamente?

—A la larga, a la manera de funcionar en lo económico, político y social. Porque finalmente las privatizaciones tuvieron injerencia en muchos aspectos de la vida de la gente. En este proceso, muchas personas se enriquecieron de manera notable y todos los problemas que están aflorando hoy se relacionan con eso: con ese haber dejado hacer, en la dictadura, sin ningún conocimiento detallado de la opinión pública. Después se instalaron como grandes señores, en circunstancias que teníamos un país lleno de desigualdades en muchas áreas sociales que ellos controlaban, como la previsión. En Chile se produjo un saqueo, por lo tanto hay saqueadores y saqueados, que somos todos a través del Estado. Entonces por ahí interpreto un poco lo que está pasando ahora: la gente está molesta, más allá de que entiendan o no lo que sucedió. 

—¿Usted en 1990 esperaba que se revisaran las privatizaciones?

—Hubiera esperado que el 89, 90, 91 se revisaran estos procesos que habían sido tan anómalos, por decir lo menos. Pero fue pasando el tiempo, pasando el tiempo y no, no pasó nada. Ni el gobierno ni el Parlamento hicieron esa revisión. Se ha hablado mucho de que si hubo negociaciones de la transición, pero a mí no me consta, no tengo idea. 

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—¿Qué le parece que dos empresarios que aparecen varias veces en su libro, Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, los controladores de Penta, cumplan prisión preventiva?

—Entendiendo que estamos en un proceso de formalización, creo que es tremendamente adecuado. Si uno oye lo que se ha estado alegando desde el punto de vista de la Fiscalía y la defensa, parece que es lo que corresponde. Lo que más me llama la atención, habiendo investigado todo esto desde 2001, es la cantidad de anomalías, por decirlo en suave, que el grupo Penta había conformado para ganar plata. Porque una cuestión es que una sepa que se quedaron el Instituto de Seguro del Estado, en el caso de los Penta,  y que llamara la atención cómo crecieron y seguían creciendo. Uno pensaba ingenuamente: “Bueno, esto es la economía de mercado. Ellos están metidos en tantos rubros y dentro de estos rubros se potencian unos con otros. Entonces, están en una posición expectante y eso les hace ganar y ganar plata y ser cada vez más grandes”. Pero de ahí a ver lo que hemos estado viendo, saber lo que hemos estado sabiendo…

—En su investigación, ¿alcanzó a observar desvíos a campañas políticas?

—Sabíamos algunas cosas de las campañas y en el libro lo digo, ya en ese tiempo. Una de las primeras cosas que hice llegando a Santiago en febrero pasado fue tomar El saqueo… y justamente el último grupo que trato es Penta. “…han tenido una función política y financiera en las campañas electorales de los últimos años desde el Plebiscito de 1988. En esta ocasión el comienzo del 2001 los encontró en inmejorables condiciones para diseñar y sostener la campaña de sus candidatos en las próximas elecciones parlamentarias de diciembre, después de los grandes negocios efectuados en los últimos meses”, escribí. Entonces claro, de alguna manera uno podía presumir, pero estas formas de defraudar, de obtener más ganancias y de financiar campañas, para mí ha sido nuevo. Considero que hemos sabido cosas bastante insólitas, por no decir grotescas, en muchos casos.

—En su libro usted se detiene bastante en Julio Ponce Lerou, controlador de Soquimich. Dado que no es un personaje conocido para el público general, ¿cómo lo definiría?

—De partida es un saqueador. Aprovechó a más no poder la dictadura. Era casado con Verónica Pinochet y después que se separó, siguió profitando. Desde muy temprano, después del golpe, él tuvo cargo público en lo que era Celulosa Arauco y Constitución, en forestales. Se quedó con campos, animales, con muchas cosas. Era un ingeniero forestal, un hombre aparentemente de clase media, dicen. En 1973, sin ningún peso extra. Entonces, a través de todo esto, empezó a juntar y juntar dinero. Incluso hubo un momento en la dictadura que él tuvo que correrse del primer plano, porque lo sacaron. Pese a que era todo anómalo, la presión fue tal sobre el propio Pinochet, que tuvo que sacarlo de los principales cargos, en el año 83, me parece. Gente de derecha —agricultores, por ejemplo— estuvieron en su contra por haber sido acusado de enriquecimiento ilícito. Después, hasta por el Consejo de Defensa del Estado. Pero nada de esto prosperó y volvió. Ponce Lerou no es un lobo solitario y las personas que lo apoyaron ahora no se pueden hacer los locos.

—¿Por qué Soquimich podría haber llegado a financiar a políticos que no necesariamente son de derecha?

—Es lo que nos falta indagar, ¿qué ha estado pasando realmente allí? Estas relaciones que Ponce Lerou ha sembrado hacia los sectores que originalmente no estaban ideológicamente con él. Ahora, me da la impresión de que no es un tipo muy ideológico.

—¿Se siente sorprendida?

—La verdad, todo esto parece una película. No me gustaría frivolizar, pero estoy interesada, por no decir adicta, a algunas series. Me encanta la danesa Borgen, y la de la abogada, The good wife y…

—¿Y cree que es similar a lo que se vive en Chile?

—Hago las comparaciones entre los procesos que vivimos aquí y los que se viven en Estados Unidos y de repente me sorprendo porque uno dice: “Bueno, estamos en lo mismo”. Creo que en Chile hay quienes han sido muy audaces, se han sentido muy dueños de la situación durante años y acostumbraron a sentirse más que los demás. Hicieron grandes fortunas, jugaron a ganador y ahora se están encontrando con que la vida no es eso.