María Olivia Mönckeberg —MOM, como la llaman— debe ser una de las periodistas que más ha investigado a los grupos de poder surgidos en dictadura y que, cuatro décadas después, continúan dominando el país. Con una decena de libros, esta periodista, Premio Nacional, directora de la Escuela de Comunicaciones de la Universidad de Chile, fundadora de las revistas Ercilla, Hoy y Análisis, ha ido develando la manera en que empresarios, políticos, la propia Iglesia o los medios de comunicación han logrado influir y, sobre todo, operar y fortalecerse aún en tiempos de democracia.

En lo que va de la última década ha publicado trabajos que han causado escozor en el mundo del poder. Léanse: El saqueo de los grupos económicos (2001), El imperio del Opus Dei (2003); La privatización de las universidades (2005); El negocio de las universidades (2007); Los magnates de la prensa (2009); Karadima, el señor de los infiernos (2011); Con fines de lucro (2013) y La máquina para defraudar (2015). Este último sobre la historia del sistema económico-político instalado en los ’70 y donde establece que los abusos empresariales, la desigualdad social e incluso la delincuencia, tienen una causa original: el modelo neoliberal diseñado por los Chicago boys. Cada uno de sus publicaciones corresponde a una extensa red que ella misma ha ido uniendo, conectando un poder con otro, a un personaje y otro, estableciendo así ideologías, conexiones y propósitos en común. 

Ahora es el turno de la Unión Demócrata Independiente con El poder de la UDI, 50 años del gremialismo en Chile (Random House), su más reciente trabajo y que aquí adelanta en exclusiva. En sus páginas describe la historia del grupo creado por el abogado Jaime Guzmán, cuya ideología y manera de operar cambió el rumbo político, económico y social chileno. Una ideología y modus operandi que, si bien ha aparejado críticas y hasta investigaciones por parte del Ministerio Público, sus protagonistas defienden hasta hoy.

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“En el fondo está la idea de que el fin justifica los medios”, dice la académica observando los casos donde el partido y varios de sus líderes más relevantes se han visto involucrados, como los casos de SQM o Penta. “Cuando Jovino Novoa fue declarado culpable por la Justicia por entregar boletas ideológicamente falsas al grupo de Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín para financiar campañas políticas, el Tribunal Supremo de la UDI lo absolvió y hasta el propio Novoa dijo en una entrevista que así se financiaba la política, que no había otra forma. Tampoco nos olvidemos del ‘raspado a la olla’ de Moreira o todo lo derivado de los vínculos con SQM”, observa. Y enumera otros casos: Corpesca, Dominga, los sobresueldos de Pablo Wagner y la reciente reformalización de Pablo Longueira —en el marco del Caso SQM por gestionar la presentación de un proyecto de ley para modificar el Código de Aguas— lo que finalmente no se concretó. Eso más el Caso Caval, que involucró a dos operadores de la UDI y al síndico Herman Chadwick Larraín, ligado íntimamente al partido. Incluso la reciente denuncia ante el SII de Isaac Givovich, yerno de Joaquín Lavín, sobre el supuesto financiamiento irregular en la campaña senatorial (en 2009) del actual alcalde de Las Condes.

Según la autora, ya desde los orígenes del gremialismo ocurrían situaciones poco transparentes. Cita el caso de la Cooperativa de Ahorro y Crédito La Familia, entidad que funcionaba como una financiera informal y que quebró a fines de 1976. Un caso de estafa, como lo comprobó la Justicia varios años después, que comprometió a cientos de ahorrantes y donde el propio Jaime Guzmán estuvo involucrado. “Podría haber sido el preludio de lo que casi 40 años después ocurrió con Penta…”, observa. 

GREMIALISMO Y CHICAGOS UNIDOS

“Jaime Guzmán vio la necesidad de crear un partido. El gremialismo tenía que proyectarse y penetrar en el resto de la sociedad. También se dio cuenta de que había perdido influencia en el gobierno de Pinochet cuando, tras la crisis económica de los ’80, salieron del gobierno los Chicago boys y, con ellos, los gremialistas que habían hecho muy buenas migas al punto de fusionarse ideológicamente. Un símbolo de eso fue Miguel Kast, que es el primer gremialista verdaderamente importante de la Facultad de Economía de la UC —dice por quien también fuera el director de Odeplan en dictadura—. O Sergio Fernández —abogado, ministro del Trabajo y del Interior del régimen militar, figura clave en la realización del Plebiscito de 1988— quien fue adoptado por la UDI sin haber sido un gremialista de origen, pero con una fuerte cercanía a Sergio de Castro y la corriente neoliberal. O Hernán Büchi, ministro de Hacienda de Pinochet, quien a pesar de declararse ateo, también terminó militando en la UDI y fue candidato presidencial en las elecciones de 1989”.

Aquí el leit motiv ideológico fue, a decir de Mönckeberg, que el país no podía volver a caer en un ‘peligro’ como la Reforma Agraria, o que nuevamente se amenazara a la propiedad privada, como ocurrió con la UP. “Para él la democracia tradicional estaba obsoleta y nada importaba más que la libre-competencia y el irrestricto respeto por la propiedad privada que sería resguardado en la Constitución de 1980”. Así más tarde la UDI se convirtió en el intrumento para alcanzar el fin y preservar —y gradualmente ampliar— sus redes de poder. Al punto de impulsar a fines de los ’80 la fiebre privatizadora donde importantes figuras políticas y empresarios ligados al régimen (y también a la UDI) se enriquecieron y aumentaron sus cuotas de influencia.

Otro factor que para Mönckeberg sustenta el poder político de la UDI hasta hoy, fue su proclama de ‘partido popular’. “Penetró con fuerza en la clase media y en poblaciones, especialmente entre quienes no se sentían representados por la izquierda, los que querían progresar económicamente y dar una mejor calidad de vida a sus hijos: almaceneros, feriantes, dueñas de casa”. Un aspecto que la periodista vincula con el cambio cutural experimentado por la sociedad de hoy.

Figuras clave en este proceso fueron Pablo Longueira y Luis Cordero Barrera. “Curiosamente ninguno está militando hoy en la UDI, por diferentes razones, aunque siguen siendo férreos gremialistas: Longueira suspendió su militancia mientras dure la investigación por cohecho y soborno que hoy lidera la Fiscalía, mientras que Cordero se retiró en 2008 por una disputa interna en el marco de las municipales de ese año. Hoy es dueño de las inmobiliarias que están detrás de la Universidad San Sebastián, de la Universidad Andrés Bello y de la inmobiliaria Andrés Bello, en manos del grupo internacional Laureate, el mayor conglomerado de educación privada del país”.

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EL TRIUNFO CULTURAL

Sin embargo, a pesar de la opacidad con que el partido y muchas de sus figuras han movido las cuerdas del poder, de los cuestionamientos éticos y las investigaciones judiciales, Mönckberg sostiene que, aún así, la UDI logró constituirse como el partido más importante de la derecha y, probablemente, el más grande de Chile. “Si ves las cifras, electoralmente ellos han ido hacia arriba. Su proyecto ha sido exitoso. En las municipales de 2017 fue el partido con más alcaldes electos”.

—¿Por qué cree que la gente sigue apoyando a la UDI?

—Ellos finalmente lograron instalar su proyecto ideológico; el famoso plan gremialista-neoliberal de Jaime Guzmán dio resultados, y lo que estamos viviendo a nivel social, el individualismo que se percibe, está muy relacionado. El experimento —como se le llamó a la instauración del modelo económico de Chicago en Chile, antes incluso que en cualquier otra parte del mundo— resultó y ha penetrado las capas económico-sociales. No sólo en los que tienen más, también en la clase media. La UDI ganó la batalla cultural.

—¿Eso explica el rechazo en las encuestas a las reformas de Bachelet o el fuerte apoyo a Sebastián Piñera según lo arrojó la última CEP? 

—Puede que tenga que ver. De hecho, por algo en la UDI tienen una imagen de Piñera en el frontis de su sede en calle Suecia. Y si él gana estas elecciones querrá decir que, dictadura mediante, la ideología neoliberal penetró profundamente en la sociedad. Que la gente prefirió su propio bienestar, la comodidad del consumo, por sobre el proyecto de una sociedad igualitaria que persigue la centro-izquierda.

—La última encuesta CEP, por ejemplo, muestra que la gente apoya mayoritariamente a Piñera pese a que sólo un 25% lo considera confiable… ¿Cómo lo interpreta?

—Hay una falta de sorpresa, de sensibilidad frente al tema ético. Eso también nos habla de un cierto arribismo o un individualismo, llámalo como quieras.

—Hoy el partido es comandado por Jacqueline van Ryselberghe, ¿cómo encuadra ella dentro de este grupo de poder?

—Le he seguido la pista, he hablado con gente de Concepción (donde ella fue alcaldesa y tiene sus raíces) y creo que es una coronela. Es una mujer con fuerza, casi una caudilla. Tiene carácter y dice las cosas, pero también reúne las características para ser de confianza de la vieja UDI, de los coroneles, en especial de Jovino Novoa. Cuenta con Juan Antonio Coloma como vicepresidente, un histórico. ¿Te das cuenta? En el fondo aquí siguen mandando los de siempre. Si bien Jacqueline van Rysselberghe tiene fuerza, no la dejan sola.

—¿Quiere decir que tras la directiva UDI hay una especie de poder en las sombras, quiénes son ellos?

—Hay personas e instancias que tienen el verdadero poder y la Fundación Jaime Guzmán es clave, de hecho su presidente es nada menos que Jovino Novoa. Otro nombre clave es Juan Eduardo Ibáñez, empresario, una persona que ha sido fundamental en la UDI y que está en los orígenes del gremialismo. El fue muy, muy amigo de Jaime Guzmán desde esos tiempos; estaba unos cursos más abajo que él en Derecho de la UC; fue presidente del centro de estudiantes de esa carrera. Dicen que lo ayudaba a preparar las fichas, los recortes en el diario, cuando Guzmán hacía A esta hora se improvisa. Y fue el coordinador de la campaña de Jaime Guzmán al Senado en 1989. Tras su asesinato, en 1991, creó junto con la mamá de Jaime y Hernán Larraín, la fundación que lleva su nombre. El es dueño de una de las sociedades de papel donde está inscrita la propiedad de la casona de calle Suecia, la sede del partido. Es un personaje decisivo. Y hoy, según el Registro Electoral, encabeza la lista de donaciones a la candidatura de Sebastián Piñera. Y curiosamente siempre en la sombra.

La periodista frunce el ceño y reflexiona: “Creo que hay muchas cosas del período de transición que no sabemos, que no se han investigado, que se mantienen ajenas incluso para nosotros los periodistas y hasta para los fiscales…”.