La compañía, a su vez es investigada por delitos de corrupción y afecta al ex presidente Lula da Silva. En su calidad de ‘progresista’, fueron dos oportunidades las que tuvo para desmarcarse de los políticos tradicionales y de lo que él llama el viejo duopolio, y transparentar una vieja práctica que muchos utilizaron y consideraban lícitas. Era su minuto de tirar el mantel a pesar de los costos y eventuales delitos; de diferenciarse, de erguirse como la sangre fresca que llegaba a renovar la política en un momento de máximo hastío por los abusos, colusiones y el silencio vergonzoso de sus protagonistas. Sin embargo, en ambos casos, MEO optó por la victimización y por disparar a diestra y siniestra para demostrar que todos hacían lo mismo. No gastó saliva para aclarar las imputaciones en su contra, en hacer un mea culpa en nombre de la clase política, sino que cayó —para muchos— en la burla. Porque viajar en el jet a Sao Paulo con los ejecutivos de OAS y declarar que no sabía quiénes eran los dueños de la empresa o decirles a los chilenos: “he renunciado a mi derecho a guardar silencio” —después de su declaración por SQM—, para enterarnos luego de que calló ante la pregunta de dónde provenían sus ingresos; si eso no es burlarse, es a lo menos arrogancia y subestimar la inteligencia de los chilenos, quienes esperan como mínimo de alguien que aspira al máximo cargo del país, que transparente cómo se gana la vida.

Hasta ahora el fundador del PRO se está hundiendo en sus propios errores, silencios y desviaciones de temas que lo único que han hecho es aumentar las sospechas que ya ha tenido costos. De ser el político mejor evaluado en la encuesta CEP el 2014, cayó al octavo lugar según ese mismo estudio de diciembre 2015. Necesitará de mucha astucia y cambio en su estrategia comunicacional y legal para remontar en su peor momento político, salpicado además por el juicio a su padre Carlos Ominami imputado por delitos tributarios, en el marco de la financiación ilegal de campañas.