“Esto no da para más”, sostiene el sociólogo Manuel Antonio Garretón, instalado en una silla de su pequeña y acogedora terraza primaveral con vista al escritorio atiborrado de libros. Todo en pleno corazón de la llamada Quinta Michita, el célebre conjunto de viviendas comunitarias desarrollado por el arquitecto Fernando Castillo Velasco en los ’70 y desde siempre hogar de este sociólogo con fama de cascarrabias.

“El quiebre entre el mundo social y la clase política está en un punto crítico. No da para más aunque la descomposición puede continuar en futuros gobiernos si no hacemos nada”, dice con voz atronadora este sociólogo y politólogo, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2007), Doctor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París y docente de la Universidad de Chile.

Razones tiene, como lo constató al coordinar una serie de ensayos que, bajo el sello de editorial LOM, ahondan en el quiebre profundo entre sociedad —o la calle— y política —léase las instituciones—. Era que no, el libro lleva por nombre La gran ruptura, y a través de ensayos de autores como Claudio Fuentes, Gonzalo Delamaza o Gonzalo Martner, reflexiona en torno a una crisis estructural donde, según Garretón, sólo será posible salir reemplazando el modelo socioeconómico amén de un nuevo sistema político-institucional.

“En la lucha contra la dictadura la gente demandaba el retorno de la democracia y también otro tipo de sociedad. Pero los gobiernos de la Concertación no sólo perfeccionaron el modelo socioeconómico existente sino que lo consolidaron y, en algunos casos, hasta lo profundizaron. El gran ejemplo es el CAE”, dice sobre el famoso Crédito con Aval del Estado instaurado en el gobierno de Ricardo Lagos, el mismo que hoy se ha convertido en la gran piedra de tope entre el ex gobernante —y actual presidenciable— con el movimiento estudiantil y la nueva izquierda, que no se cansa de proclamar a los cuatro vientos que jamás respaldará su candidatura.

Según Garretón, las transformaciones introducidas en dictadura y continuadas por los gobiernos democráticos, “convirtieron a la educación en una suma de intereses y grupos vinculados a través del lucro, por medio de un modelo educacional creado para generar desigualdad, como de hecho lo denunció la propia OCDE”. Y dirigiendo sus dardos hacia el sistema económico en su conjunto, agrega: “Y esto que uno dice del modelo educacional, lo puede aplicar también al modelo neoliberal, basado exclusivamente en el mercado para generar desigualdad. Porque en el mercado no hay ciudadanos iguales en derechos sino que consumidores que se definen por su poder económico”.

Una olla a presión que se fue calentando por años y que explotó con fuerza en 2011, en pleno gobierno de Sebastián Piñera, cuando el movimiento estudiantil se tomó las calles y capturó a la opinión pública. “Ahí como nunca se expresó la ruptura entre la institucionalidad política y la sociedad, pero el movimiento estudiantil y social no comprendió que necesitaba canalizar sus demandas por la vía política, que era necesario entrar en esa arena para poder negociar”. Y recuerda la noche del 4 de agosto, cuando se produjo una gran movilización y los dirigentes de la Concertación —en ese momento la oposición— solicitaron una reunión con Sebastián Piñera, aunque a última hora la cancelaron por exigencia de quienes encabezaban el movimiento estudiantil. “Llevaban su pliego de peticiones tal como lo planteaban los jóvenes, igualito, pero no se concretó. Ese era el momento para que se sentaran partidos políticos de oposición y movimiento social para hacer una plataforma nacional. Ninguno quiso”.

Corrió el tiempo y el individualismo en la sociedad se acentuó, por efecto del mercado, pero también por la masificación de las redes sociales. “Hoy cada uno de estos sectores tiene sus intereses, sus propias visiones de las cosas y demandas; no les preocupa qué pasa con los otros. El ejemplo más claro fue cuando en plena discusión de la reforma educacional muchos dijeron: ‘estoy dispuesto a pagar con tal de que mis hijos no vayan a un colegio donde haya gente distinta a mí…’. Tenemos un modelo económico social que segmenta, un sistema de creditización de la sociedad, donde cada uno tiene que arreglarse con sus propios créditos”.

A todo esto se sumó lo que Garretón califica derechamente como “crimen histórico”: el voto voluntario. “Hoy elegir a las autoridades es también un bien de consumo; yo voy al supermercado, si me gusta lo compro y, si no, no lo llevo nomás… La idea de que hay un mercado donde el individuo hace lo que quiere —que no es más que pura ilusión— se trasladó a la política”, dice sintetizando aquí una de sus críticas a Ricardo Lagos, quien en su momento fue un gran propulsor del voto voluntario.

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—Su descripción suena desoladora. ¿Alguna salida?

—Hay que generar una instancia donde lo político y lo social se encuentren. Y eso es precisamente la tarea de un proceso constituyente donde la mejor fórmula es la Asamblea Constituyente. Tras la ruptura brutal que significó la dictadura para la historia del país y la imposición de una Carta Fundamental, hoy como sociedad debemos decidir qué pensamos sobre los grandes derechos individuales, de qué manera se organiza el país, quiénes son los dueños de los recursos naturales, etc. Eso es lo lógico. Y cuando suceda, en ese instante se producirá el reencuentro entre lo político y lo social.

—De todos los candidatos hasta ahora en carrera, ¿qué figuras le parecen más adecuadas para conducir ese proceso: Lagos, Allende, Guillier…?

—Sólo puede ser alguien que profundice el proceso iniciado por el gobierno de Michelle Bachelet y que hoy está empantanado producto de esta misma ruptura. Porque dejemos las cosas claras: la baja aprobación en las encuestas no es sólo culpa de la Presidenta sino que también es el resultado de esta ‘gran ruptura’, de hecho, hay que reconocer que fue Bachelet quien inició un nuevo ciclo mientras que la derecha se ha resistido a cualquier cambio; no quieren ninguna transformación y por tanto no hay posibilidad de que la salida a esta crisis se produzca con un gobierno de derecha sino que con uno mayoritario de centro izquierda. Alguien capaz de juntar a la Nueva Mayoría con los nuevos grupos de izquierda. Si eso no es posible, al menos alguien que, comprometiéndose con la profundización de las reformas, dialogue con el mundo que está fuera de la Nueva Mayoría. Y dejo fuera de eso a la Democracia Cristiana, porque hay un sector ahí dentro al que nunca le ha gustado la Nueva Mayoría y que mucho menos pretende profundizar las reformas. Por lo tanto —y respondiendo a su pregunta— los únicos liderazgos posibles son el de Ricardo Lagos o el de Isabel Allende.

—Sin embargo, como usted mismo reconoce, Lagos ha estado detrás del CAE y del voto voluntario. También se le apunta por no haber logrado instalar una nueva Constitución. ¿Cómo cree que debiera replantearse?

—El está por profundizar las reformas, que es un planteamiento de centro izquierda. Además, hay que admitir que es de las pocas personas que piensa el futuro, que tiene una estatura intelectual. Pero debe reconocer aquello que en su gobierno estuvo equivocado.

—¿Pedir perdón?

—No, tiene que decir: “me equivoqué”. Lagos tiene que reconocer que cometió errores en su gobierno y no quedarse sólo en que hizo ‘lo único posible’. ¿Se podía haber ido más allá en las reformas constitucionales? Por supuesto que sí. ¿Se podría no haber hecho el CAE? ¡Evidente! Ahora que se hayan mejorado algunas cosas con la reforma constitucional… esa no es la cuestión. El punto es que ahí hubo una equivocación.

—¿Cree que de esa forma logrará convencer al sector estudiantil o a la izquierda joven? Porque hasta ahora sólo ha recibido portazos.

—Yo lo que veo es que tiene que profundizar las reformas, comprometerse con un proceso constituyente que él lidere de manera efectiva, de modo que sea una Constitución hecha por el conjunto de la sociedad; reconocer los errores cometidos y cómo se pueden enmendar; y dialogar con los sectores de izquierda que hoy lo rechazan. Ahora, si lo siguen resistiendo tendrá que asumir sus propias responsabilidades. Y ahí la pregunta que le planteo también al mundo de la izquierda que está fuera de la Nueva Mayoría: ¿Cuál va a ser la alternativa? Porque si de lo que se trata es constituir una fuerza para el futuro levantando una candidatura testimonial para empezar a posicionarla, me parece legítimo, siempre que eso no posibilite un triunfo de la derecha. Eso es clave.

—Lagos ha reconocido que todo ha sido más difícil de lo que esperaba: el mundo estudiantil y de izquierda lo rechaza y en el lanzamiento de su último libro no fue ningún presidente de partido… ¿Se equivocó al decir que estaba disponible para una candidatura?

—Yo creo que Lagos quiere ser candidato. No sé si sea su deseo más profundo ni que se haya hecho ilusiones porque desde un principio ha entendido que tiene que representar la continuidad de un gobierno que tiene un 15% de aprobación y un alto porcentaje de rechazo.

—Figuras como Hernán Somerville o Jorge Awad han reconocido públicamente que siguen apoyando a Lagos y que él es su candidato. ¿No le ha jugado en contra?

—Sin embargo, si Lagos dice que aquí va a haber una nueva Reforma Tributaria donde los empresarios van a pagar más impuestos y replantea su relación con ellos, la cosa cambia. Aunque el problema fundamental es que proyecte su lealtad a la profundización de las reformas y la apertura a un mundo que hoy lo rechaza.

—Se ha dicho que Lagos es soberbio. ¿Cree que sea capaz de reconocer sus errores, replantear su relación con los que tanto lo aplaudieron, que profundice reformas como la educacional cuando en su gobierno visó el CAE?

—No me voy a meter en juicios personales porque no me corresponde. Además, me siento amigo suyo. Simplemente digo lo que creo que debiera hacer. Si no, o no va a ser candidato de la Nueva Mayoría o no va a ganar. Así de simple.