Muy pocos creerán, después de ver Mad Max: furia en el camino, que el director George Miller —creador de la trilogía que lanzó a la fama a Mel Gibson en 1979— volvería con una película con este nivel de esteroides y potencia desatada.

Menos que Miller —el mismo tras Babe, el cerdito valiente—, a los setenta años sacaría de la manga un furioso jab a la mandíbula de todos los que veían como imposible intentar igualar el fenómeno de un clásico moderno como Mad Max. 

Callando bocas y con las actuaciones principales de Tom Hardy, Charlize Theron y Nicholas Hoult, Mad Max: furia en el camino vuelve a mostrarnos la desolación post apocalíptica de un mundo desértico, plagado de piratas y esclavos sicópatas que aceleran sus autos sedientos de muerte.

Con pocos diálogos y demasiada acción, el regreso de Mad Max le hace honor al subtítulo de la cinta. El remake creado por Miller es furioso. Sin pausas avanza el espectador entre el páramo acompañando a Furiosa (Theron) y Max (Hardy), un ex policía solitario que se une a un grupo de mujeres que escapa de Immortan Joe, un tirano que maneja a su pueblo hambriento con la punta de su zapato.

Originalmente, en 1979, Mad Max le dio una cachetada revitalizadora al cine de acción con esas cacerías alocadas en autos intervenidos para rugir en medio del desierto. El ritmo frenético de esta nueva versión la dejará de seguro entre las mejores películas de persecución de las últimas décadas. Pero acá nada es azar. Hay 150 millones de dólares para inyectar adrenalina a la vena y el relato tiene a la tecnología a su favor. La estética de la cinta está cuidada al detalle. No por nada Miller se demoró doce años en dar a luz su nueva criatura, una que de seguro cazará nuevos fanáticos y devolverá la gloria a su primera trilogía. 

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