La noche del 14 de abril de 1912 naufragó el transatlántico más grande y lujoso del mundo. Con él, unas mil quinientas personas y una fortuna que, sólo en joyas, superaba los 250 millones de dólares de la época.

Hace tres años, pequeños submarinos de avanzada tecnología ubicaron el lugar exacto en que yacía el Titanic y llegaron hasta él, a más de 4 mil metro bajo el nivel del mar. Fue la primera vez en la historia que el hombre lograba conquistar tales profundidades. Lo fotografiaron, lo filmaron y rogaron al mundo que dejase a los restos reposar en paz.

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Pero un grupo de científicos americanos y franceses decidieron rescatar por medio de sofisticados sistemas, cerca de dos mil objetos, muchos de ellos casi intactos. Joyas, billetes de banco y monedas, manuscritos, platos y fuentes de porcelana y plata, tenedores, cuchillos, alfileres de corbata, rasuradores de plata, teléfonos de cobre, botellas, estatuillas…

Operación Mapache

La aventura no terminó ahí: había que evitar la destrucción de los objetos rescatados. Los organizadores de la operación Titanic y científicos de Electricité de France prepararon la operación Mapache.

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Antes que nada, una regla de oro: los objetos debían manipularse lo menos posible y, especialmente, inventariarse en agua blanda para limitar su contacto con el aire, por lo menos hasta finalizado el tratamiento. Simple cuestión de supervivencia. La oscuridad, el frío y algunos cuerpos orgánicos del fondo del mar preservaron estos frágiles vestigios, pero el contacto con el aire podía echarlo todo a perder.

Las alteraciones químicas, electroquímicas e incluso bioquímicas ocurridas bajo el mar formaron elementos corrosivos que protegieron y a la vez ensuciaron los objetos. Bastaba exponerlos al aire libre para que el proceso de desintegración comenzará: los cloruros reaccionaron con el aire e impulsaron un proceso irremediable. Pero era necesario removerlos antes de sacar estas reliquias del agua.

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Para purificar y limpiar, se aplicó un método conocido como electroquímica, en dos versiones: electrólisis y electrofaresia. Para ello, se empleó un sofisticado material de laboratorio: microsonido, microscopio electrónico e instalaciones radiográficas.

La manipulación de cerámicas y copas fue relativamente fácil, pero la de los papeles y cueros fue mucho más delicada. Incluso se debió inventar un sistema especial, debido a la gran cantidad de ese tipo de objetos que se rescató del Titanic.

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También había que saber cuándo detenerse. Así, por ejemplo, habría sido peligroso remover a ciegas el cloruro de un objeto recubierto de plata, porque forma parte de la cohesión entre ese objeto y su baño de plata. Remover demasiado el cloruro podría haberlo malogrado aún más.

Uno de los aspectos más espectaculares de las técnicas de limpieza constituyó el uso del cepillo electrolítico, que permite eliminar manchas superficiales como por encanto.

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Así fue como un grupo de personas continúo, a su manera, la gran aventura del Titanic y logró presentar al mundo, como si fueran nuevos, objetos que yacieron durante setenta y cinco años en la más absoluta oscuridad y sometidos a temperaturas de varias decenas de grado bajo cero.