Vladímir Vladímirovich Putin, nacido en Leningrado en 1952, en 2000 se preparaba a los 48 años para asumir la presidencia de Rusia cuando en una entrevista reconoció “tener un sentido del peligro disminuido”. Convertido en mandatario, hace algún tiempo explicó que ése había sido el diagnóstico de su psicólogo y opinó: “Probablemente no se puede considerar un gran mérito”. El jefe de Estado, sin embargo, pocas veces retrocede. Incluso cuando habla de asuntos tan graves y delicados como la guerra. En 2014 le consultaron si como presidente había cometido errores y la respuesta fue un “no” enfático. “Tenemos la razón y la fuerza está en la verdad”, señaló sobre las operaciones en Crimea. “Y cuando el ruso siente la verdad, es invencible. Lo digo con total sinceridad”.

Putin es un nostálgico del pasado omnipotente de la URSS y parece no resignarse a que la fuerza de la superpotencia haya quedado definitivamente enterrada. La última apuesta de este jugador arriesgado se materializó a comienzos de octubre, cuando inició una temeraria operación militar en Siria. No es la primera vez que intenta mostrar su poder a través de acciones bélicas: lo hizo en Georgia, en agosto de 2008, y en Ucrania, desde febrero de 2014. Pero la intervención del Kremlin en la guerra interna siria ha sido aplaudida por el presidente Bashar al Assad, quien ha dicho que la acción de Moscú no solamente resulta clave para combatir a los enemigos de su régimen, sino que incluso para la supervivencia de Oriente Próximo. A su juicio, Putin está cumpliendo un papel central contra el Estado islámico, una labor que Estados Unidos y su coalición ha intentado sin mayores resultados. Nuevamente, señalan los analistas, estadounidenses y rusos frente a frente.

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Combatir al Estado islámico es, por lo menos, el discurso oficial. Las miradas menos crédulas indican que el objetivo parece claro: Putin quiere preservar los intereses de su país en Medio Oriente. En esa zona tiene la base naval de Tartus y los yacimientos de gas que se hallan en manos de compañías rusas por los próximos 25 años.
Mueve cada pieza con determinación y sentido estratégico. La situación interna no es positiva: el PIB de Rusia decaerá un 3,9 por ciento en 2015, la disminución de los ingresos del petróleo están resintiendo a la población pero, sobre todo, la acción militar en Siria le permite al presidente el levantamiento de parte de las sanciones decretadas por Occidente por la política adoptada anteriormente con su vecina Ucrania. Pese a que en otras ocasiones los rusos han aplaudido las acciones osadas de Putin, la carga moral y económica del conflicto de Donbás resulta especialmente pesada y el presidente lo sabe: la vacilante operación ha provocado cerca de 8 mil muertos en una región arruinada y desestabilizada, por lo que el mandatario requiere levantar el ánimo de su pueblo.

Ha sido una década humillante para los rusos, señalan los analistas, y Putin está dispuesto a reavivar esos sueños de grandeza. Tenía la alternativa de continuar las operaciones en Ucrania, sin grandes promesas de éxito, o simplemente desviar la atención hacia otra parte. La acción en Siria no le resulta para nada cara y, si su lucha contra el Estado islámico funciona, Rusia será reconocida por la comunidad internacional como protagonista de la resolución del conflicto. La elite está ansiosa de emprender el camino hacia la construcción de un imperio que se pueda plantar cara a cara frente a Estados Unidos nuevamente, y su presidente les está dando en el gusto con cada uno de sus actos, como lo demostró en Nueva York.

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En la última Asamblea General de Naciones Unidas, junto al Papa Francisco se convirtió en una de las grandes revelaciones de la reunión planetaria 2015. El ruso que se ha ganado el nombre de viejo-nuevo líder en su regreso a la ONU se preocupó de dejar en claro que está corriendo la disputa por el imperio. Con los chinos en retirada y el escenario tecnológico todavía con un espacio eterno para ser llenado, Putin se presentó ante los líderes mundiales con la bandera de la eficiencia de la guerra contra el Estado islámico (aunque todos saben perfectamente las dobles intenciones). Buscaba legitimarse y emprender de una vez y para siempre, frente a todos, ese camino para volver a ser la superpotencia que fueron los rusos durante gran parte del siglo XX. Todo el simbolismo del mundo a disposición de su propia voluntad de recuperar protagonismo en la escena internacional. Y ahí estaba Occidente, en pleno, para jugar al gallito.

La reunión con el presidente estadounidense Barack Obama fue aparentemente apacible en Nueva York. El encuentro debía durar 60 minutos por protocolo y, sin embargo, se prolongó por 90. Aunque en sus respectivos discursos ante la audiencia se habían criticado uno a otro por las políticas adoptadas en Siria y Ucrania, la bilateral fue cordial, aunque sin resultados materiales. Efectivamente, como antes, se trataba de un baile de máscaras: a las pocas horas el Consejo de la Federación Rusa decretó la autorización a Putin para desplegar a la fuerza aérea en Siria. El gobierno ruso, inmediatamente, exigió a Estados Unidos que sus aviones dejaran de sobrevolar. El incidente recordó a los entendidos tanto la retórica como las acciones de ambos países en plena Guerra Fría.

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Putin no es un tipo convencional. El pasado 7 de octubre celebró sus 63 años y, tomando un receso de la campaña bélica en Siria, festejó con un partido de hockey sobre hielo en Sochi, el balneario ruso en el mar Negro que acogió los pasados Juegos Olímpicos de Invierno. Poco antes de que se iniciara el encuentro deportivo, sostuvo una conversación con su ministro de Defensa, quien le informó de los detalles de la operación. El presidente se mostró orgulloso de la precisión de sus combatientes en el campo de batalla y a los pocos minutos entró nuevamente en la lógica deportiva. En un grito de aliento a sus compañeros del equipo Leyendas del hockey señaló: “Quien actúa y tiene como objetivo la victoria, sin duda alcanza la victoria. ¡Buena suerte a todos!”. Como era de esperarse, el equipo de Putin ganó por 15 goles a 10.
Vladimir —recién separado y con dos hijas—, tiene una personalidad solitaria que provoca grandes recelos y ese sentimiento lo reflejan algunas de las recientes declaraciones de la canciller alemana Ángela Merkel. Entrevistada a propósito de los 25 años de la reunificación alemana, el periódico Süddeutsche Zeitung le mostró diversas fotografías sobre su historia reciente. Una de las imágenes elegidas la retrataba junto al presidente ruso en su residencia de Sochi, cuando el mandatario dejó que entrara en la sala de reuniones su mascota: un imponente perro de pelo azabache.

“No es miedo a los perros, pero sí una cierta inquietud porque un día me mordió uno. Lo que me pareció destacado entonces, en enero de 2007 en Sochi, fue que, aunque creo que el presidente ruso sabía muy bien que no estaba ansiosa por saludar a su perro, lo trajo consigo”, recordó Merkel, una política de coraje que sabe que sus palabras son siempre interpretadas con dobles y hasta triples lecturas.

La mujer con mayor poder del planeta tiene razones para desconfiar. Un reciente análisis reproducido por el diario español El Mundo recuerda que en 2014, cuando el antiguo imperio soviético había desaparecido del mapa internacional hacía más de veinte años, el nuevo liderazgo ruso emergía con la influencia económica y militar que ha levantado Putin. En los últimos meses se han declarado distintos tipos de guerras, se han anexionado territorios y utilizado el monopolio de la energía en el este de Europa como principal armamento para establecer un sistema de control sobre las antiguas repúblicas de la URSS. Porque el imperio soviético no desapareció realmente: “Más bien fue la URSS la que se hizo añicos, creando múltiples Estados herederos, muchos de ellos gobernados por experimentados burócratas comunistas cuya reacción instintiva fue reproducir o imponer los sistemas y la autoridad que hasta entonces habían ejercido como cargos soviéticos”, señala el periódico.
Y en ese plan, justamente, está Putin. Soñando a lo grande.