Alberto Montt, ilustrador: El Atari

“Todos tenían un Atari y era lo único que había pedido para esa Navidad. Debo haber andado entre los 8 y 9 años, quizás un poco menos. Era esa etapa del año en la que la fecha del 24 de diciembre parece acercarse a una velocidad infernalmente lenta. De haber conocido en ese tiempo los ravotriles los habría pedido a gritos. La ansiedad nos comía las manos y junto con mi hermana chica prácticamente dábamos vuelta la casa de mi abuela —donde celebrábamos la Navidad entre miles de tíos y primos— buscando ese lugar secreto donde guardaban los regalos para todos. Lo hacíamos porque había que hacerlo, ya que la verdad era que no teníamos demasiadas esperanzas de encontrarlo.

Pero ese año, quizá por exceso de confianza o pura pereza decembrina, no se habían esforzado tanto como los anteriores en hacernos difícil la tarea. Después de un par de incursiones dimos con el lugar y no resistimos la tentación. Si sólo había que abrir un par de scotches y pegarlos nuevamente. No era necesario tener la precisión de un relojero para hacerlo. Además, probar si el aparato de nuestros sueños funcionaba no era una trampa; más bien se trataba de un acto de bondad suprema para evitar un posible mal rato a mis padres, no fuera a ser que la misma noche del 24 de diciembre ellos advirtieran que el famoso Atari no funcionaba. Jugamos con él durante las dos semanas previas a la Nochebuena. Nadie nos descubrió y tuvimos nuestra dosis de adrenalina, sin contar el Oscar a la mejor actuación una vez que nos hicieron la entrega oficial. Ese fue un regalo perfecto”.

Paly García actriz: El triciclo azul

“Lo recuerdo de manera vívida. Tenía cinco o seis años y la Pascua, como le llamábamos a la Navidad, se vestía de la austeridad que inundaba a todo el país. Chile, en esos años, no era el elogio al consumo en el que se ha convertido. Más todavía para una familia de clase media, como la mía, con padres profesionales que debían mantener a seis hijos. Estamos hablando de 1964 o 1965, tiempo en el que era poco habitual recibir regalos en particular. La norma apuntaba que los regalos fueran colectivos, algo que les sirviera a todos los hermanos. Entonces, cuando ya cerca de las doce nos acercamos al árbol para ver los regalos y yo descubrí ese triciclo azul con acoplado la emoción fue gigante. Me acuerdo que cuando me subí y eché a andar por el pasaje en el que vivíamos tuve la sensación indesmentible de que de ahí en adelante mi vida cambiaba y que, aunque fuera una niña con poco más de un lustro, ya era capaz de manejarme en la calle.

Nunca lo conversé con mi madre, pero siento que ella tuvo mucha sicología. Yo fui remolona para controlar mis esfínteres y ese triciclo vino a hacer lo que mi voluntad y mi mente no habían conseguido. Puedo verme, casi un punto arriba del triciclo, pedaleando por las calles del pasaje hasta llegar a la casa del fondo, donde vivía una pareja de alemanes sin hijos. Tengo el recuerdo de estacionar mi triciclo en la puerta de su casa y haber golpeado para saludarlos.
Esas imágenes no sólo preservan los días de mi infancia, también los de un Chile tan distinto al que nos toca vivir en estos días. El triciclo azul con acoplado lo ocuparon más tarde mis hermanas y una vez que crecimos quedó colgado en una bodega que teníamos al fondo de la casa. Recuerdo haberlo visto así durante años, incluso después del Golpe. Lo vi oxidarse, lentamente, hasta que un día ya no estuvo más, desapareció. Ya grande, cuando fui madre, repetí el ejercicio con mis hijos y les regalé triciclos con acoplados y, de algún modo extraño, volví a esos días perdidos en el tiempo. Los de una infancia ya ida, los de un país olvidado”.

Alejandra Costamagna, escritora: QRM

“El año anterior había sido clave. Las bicicletas que habíamos descubierto horas antes en el patio de la vecina de pronto llegaban a la puerta de nuestra casa, a la medianoche, con el eco de un jojojó más falso que pascua feliz para todos en ese 1978 silencioso y extrañamente festivo. Yo y mi hermana mirábamos a nuestros padres y nos quedábamos con las ganas de decirles que ya lo sabíamos: el tal viejo pascuero no existía. Pero a ellos les gustaba el jueguito. Al año siguiente, por ahí por noviembre, nos recordaron que el viejo esperaba nuestra carta. Hicimos una lista de seis regalos posibles, aunque lejos el más deseado era el walkie talkie.

Unas semanas antes de Navidad mi hermana lo vio. Estaba en el clóset de mi madre. Era un paquete como una caja de zapatos, envuelto en papel de regalo. ‘Para Ale y Dani… Del viejito pascuero’, decía. Lo llevamos al baño y lo abrimos. Cuando los tuvimos en la mano nos sentimos policías secretas. No teníamos idea entonces del alcance de esa expresión. Eran dos aparatos idénticos. Mi hermana prendió el suyo y empezó a sonar un bzzz como de televisión sin transmisiones. Yo prendí el mío y escuché la voz de mi hermana, probando, probando.
Pero lo que escuchamos a continuación fue la interferencia de una voz ajena. Atento, mi cabo, ¿me copia? O algo así. La voz siguió hablando y preguntando si le copiábamos, atención, Fernando de Argüello (así se llamaba nuestra calle), atención, QRM. Estamos fritas, pensamos. Ahora nos vendrán a buscar y nos meterán presas y adiós para siempre al viejo pascuero, adiós regalos, adiós confianza de los padres, adiós padres. Nos temblaban las manos, pero logramos meter los aparatos en la cajita original, cerramos el paquete y nos deslizamos hacia la pieza de nuestra madre. Guardamos el regalo bajo los chalecos y nos pasamos las siguientes dos semanas esperando nuestra captura. Pero la policía nunca llegó, nuestros padres siguieron creyendo que creíamos, alguien volvió a tocar el timbre a las doce de la noche del 24 de diciembre y emitió el mismo jojojó inverosímil de los años anteriores. Un jojojó falso que, sin embargo, fue la carcajada de alivio que zanjó nuestra inocencia en el caso walkie talkies”.

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