Es 10 de enero de 1975. Michelle Bachelet y su madre, Angela Jeria, están en su departamento del último piso de un edificio frente a la Escuela Militar. La época es compleja para Chile y los dolores intensos que ha vivido la familia desde el Golpe se encuentran demasiado frescos: el general Alberto Bachelet, padre de Michelle, esposo de Angela, ha muerto apenas diez meses antes en la Cárcel Pública, a los 50 años, después de ser torturado por sus propios compañeros de la Fuerza Aérea.

El sufrimiento no ha paralizado a las mujeres y, pese a los peligros del momento, trabajan contra el régimen de Pinochet. Sus respectivas actividades políticas las hacen sospechar que algo no anda bien cuando dos hombres llegan ese día hasta el departamento de Las Condes, pese a que ninguna espera visitas. No se equivocan: los recién llegados pertenecen a la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), que las buscan para “llevarlas a conversar”. Uno de ellos es Armando Fernández Larios.

Michelle acaba de llegar de la Facultad de Medicina y alcanza a llamar por teléfono a su pololo, Jaime López. Le dice lo que sucede, pero en clave: “Mi amiga Dinamarca me invitó a tomar el té y no sé a qué hora voy a volver”. Angela también toma el teléfono ante la atenta vigilancia de los agentes. Las dos están preocupadas y no solamente por su destino: saben que no están solas en la vivienda, sino a cargo de dos niños muy pequeños, presentes en el operativo. De 6 y 4 años, Christian y Andrè Bachelet Espinoza están al cuidado de su abuela y de su tía al momento de ser detenidas. Son hijos de Alberto –Betingo- , el único hermano de Michelle y el primogénito de Angela.

Wp-familia-bachelet-450-5

—“Ven a buscarlos inmediatamente”, dice Angela por teléfono a su nuera Patricia, radicada junto a su esposo y sus niños en Australia desde 1969 y que se encuentra de vacaciones en Chile junto a los pequeños.

Lo relata la propia Patricia: “Yo los había ido a dejar el viernes para que estuvieran con ellas todo el fin de semana y el sábado, a las 9 de la mañana, me llama Angela. Ella les había dicho a los agentes de la DINA que los niños tenían pasaporte australiano y que no los podía dejar solos en el departamento, que necesitaba ubicarme. Cuando llegué, me dijo que las iban a arrestar. Los hombres estaban en el balcón, mirando hacia la Escuela Militar, y casi no los vi. Christian y Andrè no sabían lo que pasaba. Los tomé rápido y los subí al auto, me los llevé. De inmediato me comuniqué con los Bachelet para contarles lo que estaba sucediendo”.

Michelle y Angela son vendadas, subidas a un vehículo, y trasladadas hasta Villa Grimaldi, donde las separan. A la hija la amenazan con matar a la madre y a la madre la amenazan con matar a la hija. Las torturan. A Angela la encierran en un cajón durante días, sin comer, donde debe permanecer parada. Las llevan luego a Cuatro Alamos, donde por las noches logran burlar la seguridad y conversar a través de la rendija de una ventana. Solamente se reencuentran en el aeropuerto de Pudahuel el 1 de febrero, donde las dejan para que se embarquen a Australia. En Sydney, las esperaban los Bachelet Espinoza.

Wp-familia-bachelet-450-7

De todo eso han pasado 39 años. Y la vida de todos los protagonistas de esta historia ha cambiado mucho. Betingo no está. Los niños son hombres adultos. Y Michelle, Presidenta. El pasado lunes 10 de marzo, pocas horas antes del cambio de mando, se reencontraron en una comida íntima en Cerro Castillo. A la mandataria y a sus sobrinos –los otros Bachelet- se les vio feliz.

Los hermanos Betingo y Mica –como los llamaban cariñosamente en la familia—tenían cinco años de diferencia. El nació en 1946; ella en 1951. Debido a que Angela tenía útero con retroversión, los dos fueron prematuros. El libro “Michelle”, de Elizabeth Subercaseaux y Malú Sierra, cuenta que entre uno y otro hubo cinco pérdidas. Y tal vez por estar consciente de su fragilidad, el padre acostumbraba a bañarlos y cambiarles los pañales él mismo. Era un militar atípico para los años ’40 y ’50, cariñoso.

Los niños eran muy distintos: Michelle tenía una personalidad fuerte –desde pequeña lo rebatía todo- y Alberto era sumiso y dócil. Pero se adoraban: Mica admiraba a su hermano mayor y el hermano mayor protegía a su Mica. Criados en villas militares –Santiago, Quintero y Antofagasta- sus juegos tenían que ver con la Fuerza Aérea. Se entretenían con paracaídas que encontraban botados y el muchacho, vestido con las camisas con presillas de su papá, le daba órdenes a su hermanita, que aceptaba a regañadientes. Angela Jeria, muchos años después, todavía recordaría a sus dos hijos en la orilla de la playa de Quintero, solos. Aunque a Betingo le encantaba nadar, prefería quedarse en tierra vigilando a Michelle.

Wp-familia-bachelet-450-4

Los Bachelet y los Jeria tienen viva la estampa de los hermanos presentando sus números musicales en las reuniones familiares: Betingo tocaba la guitarra —no era demasiado afinado, dicen— y su hermana ponía la voz. Y juntos compartieron viajes y experiencias inusuales para los niños y adolescentes de la época.

En los veranos, acostumbraban a irse de camping a los lagos del sur de Chile junto a sus padres, que amaban el aire libre. Y cuando el general Bachelet fue destinado a Washington como agregado militar de la embajada en 1962, la familia aprovechó de recorrer el país en automóvil y se alojó en moteles de la carretera. En ese tiempo conocieron las cataratas del Niágara, Reboboth Beach, Nueva York. Y desde ese puerto, justamente, se embarcaron rumbo a Santiago en un barco de la Pacific Steal Navegation Company que se iba deteniendo en diferentes ciudades de América. La noticia del asesinato de Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, los encontró en el canal de Panamá. Michelle tenía 12 años y su hermano, 17.

Eran distintos.

Wp-familia-bachelet-450-3

Betingo nunca quiso involucrarse en política. Un astigmatismo lo hizo renunciar a su sueño de ser piloto y, luego de licenciarse en el Instituto Nacional, estudió algunos años de ingeniería en la Universidad de Chile. Casado en 1967 con una ex alumna del Colegio Alemán, Patricia Espinoza, en 1968 fue padre de Christian. Esperaban a su segundo hijo, Andrè, cuando decidieron probar suerte en Australia y se radicaron en Sydney en 1969. Betingo no alcanzó a vivir el gobierno de la Unidad Popular, la nominación de su padre al frente de la Dirección Nacional de Abastecimiento, ni la militancia de su hermana pequeña en la Juventud Socialista. Tampoco el desastre familiar después del Golpe, que vivió con angustia desde el extranjero.

El 19 de octubre de 1973, el general Bachelet les escribió una carta, mientras estaba con arresto domiciliario.

Así comienza:
Betingo, Patty, Christian y Andrè: Después de mucho tiempo, tal vez mil años, es la primera carta que escribo”.

Y así termina:
“Para ti Andrè, para ti Christian, para ti Patty y para ti Betingo, todo el amor de tus padres y de tu hermana que, tal vez, más que nunca, ante lo incierto y la inseguridad, pensaron en ustedes, sintiendo la ausencia, pero alegrándonos enormemente que estuvieran tan lejos. Un abrazo grande y un beso. Pap, Mam, Michelle”.

El olor a pastel de choclo casero inunda el departamento de Patricia Espinoza en Las Condes, Santiago. Es domingo 9 de marzo de 2014 al mediodía y la dueña de casa se esmera, alegre y nerviosa, para que todo resulte perfecto para el almuerzo. Sus hijos Christian y Andrè, de 45 y 44 años, han arribado a Santiago hace apenas unas horas desde Colorado, donde viven. Llegaron con sus señoras y sus hijos para presenciar un momento histórico para Chile y su familia: la segunda investidura como Presidenta de su tía Michelle Bachelet. Ellos no le dicen tía. Simplemente la llaman Michelle.

Wp-familia-bachelet-450

Ni uno —ni los sobrinos ni las esposas ni los niños— habla castellano. Y todos se mueven acelerados a la espera de una visita importante: Ángela Jeria, la abuela, llegará a eso de las dos de la tarde para reencontrarse con su descendencia, con los que acostumbra a hablar por teléfono pese a la barrera del idioma. “Ella me enseñó a ser diplomático y a perdonar a los enemigos”, reflexiona Christian. Cuenta que de Michelle aprendió “a tener coraje, determinación y no darse por vencido”.

Christian y Robin, su mujer estadounidense, tienen dos hijos: Olivia, de 17 años, y Brandt, de 12. El niño fue bautizado en honor a Mimí Brandt, la bisabuela paterna de la Presidenta, que era la matriarca de la Viña Santa Margarita, en la Gran Avenida, donde los Bachelet ganaron fama a comienzos del siglo XX en el negocio de la vitivinicultura. La abuela del general Bachelet era una mujer especial y, según se cuenta, fue la responsable de gastarse la fortuna familiar en juegos de azar. El pequeño Brandt, dice en broma su padre, también tiene mucho carácter.

Viven en Fort Collins, Colorado. Es una pequeña ciudad que ha sido catalogada por algunas revistas especializadas como el mejor lugar para vivir en Estados Unidos. Ahí Christian se dedica a los negocios inmobiliarios –compra paños de tierra y construye edificios— aunque estudió Historia y Ciencia Política en Berkeley, California. Le va muy bien: después de su visita a Chile, de solo algunos días, se irá junto a su señora y los niños a esquiar a las canchas de Aspen, uno de los centros más cotizados del mundo.

Su hermano Andrè vive en Denver, la capital del Estado, a sólo 45 minutos al sur de su hermano. Es el más parecido en lo físico a su padre Betingo y a su abuelo Beto, aunque explica que los dos tienen el “look Bachelet. Con los ojos oscuros, la nariz y la barbilla”. Esta mañana de domingo también está en el departamento de su madre junto a su esposa Kelli y sus dos hijos: la mayor se llama London y tiene 9 años y el menor se llama Chasi y tiene 2. Cuando Angela Jeria llegue al almuerzo y se saque muchas fotografías con las visitas –estuvo días preparando el reencuentro- se retratará con su pequeño bisnieto que es tan rubio como alguna vez lo fue su hija Michelle.

Andrè cuenta que se dedica a vender software en una compañía llamada Xactly. Pero antes estudió Ciencias de la Educación Física en Berkeley. La elección de su carrera tiene historia: tanto él como su hermano fueron rugbistas de elite en Australia y en Estados Unidos, donde integraron la selección nacional. Andrè llegó a ser capitán del equipo estadounidense entre 1996 y 1998, entre los 16 y 18 años, y todavía guarda decenas de imágenes vistiendo el uniforme en estadios llenos de gente.

Wp-familia-bachelet-450-6

Los Bachelet Espinoza desde pequeños fueron deportistas como Betingo y Beto, que en la Fuerza Aérea era famoso por organizar actividades y fundar ramas deportivas. Los hermanos tienen cuerpos atléticos y, en esta visita a Chile, llegan con una pelota de rugby para jugar en los ratos libres. La utilizan para la sesión fotográfica y se les ve tan animados que no es difícil imaginárselos siendo niños y practicando con su padre en las playas de Sydney, donde crecieron.

Alberto Bachelet Jeria, hermano de la Presidenta, es el gran ausente de este almuerzo del domingo 9 de marzo de 2014. Su nombre aparecerá con nostalgia en más de una oportunidad mientras la familia prueba el pastel de choclo casero y come melón de postre. Se le extraña, mucho, y nadie se puede resignar a su partida tan precoz.

Ocurrió de manera inesperada. El 26 de mayo de 2001, hace casi trece años. Betingo -de 55 años- estaba con su señora en su casa de San Francisco, California, donde se instalaron en 1986, cuando la empresa de computación donde trabajaba en Australia le ofreció el traslado.

La pareja esa tarde tenía planeado visitar a unos amigos y el hermano mayor de la Presidenta comenzó a amasar el pan. Subió a su dormitorio, escribió algunas cartas, bajó a ver el horno y se sentó en un sillón de la cocina. Su señora se dio cuenta de que algo no marchaba bien cuando sintió una especie de sollozo: su marido estaba inconsciente. Los paramédicos no pudieron hacer nada: “Duró media hora”, señala Patricia.

El parte médico fue categórico: infarto cardíaco.

No alcanzó a ver a su hermana convertida en Presidenta, lo que es una de las grandes penas de la familia. En ese momento, Michelle Bachelet era ministra de Salud. Habían estado juntos unos meses antes, cuando Betingo organizó en Santiago una reunión ampliada de todas las ramas familiares repartidas por el mundo. Le encantaba la vida social, como a su padre, que también murió demasiado joven.

Su mujer, Patricia, decidió entonces regresar a Santiago después de haber vivido más de cuarenta años en el extranjero. No volvió a casarse.

Su madre, Ángela, nunca ha podido reponerse de la pena de perder a su hijo, a quien adoraba. Por mucho tiempo se resistió a viajar a Estados Unidos por el dolor de no encontrar a su Betingo.

Wp-familia-bachelet-450-2

Los Bachelet-Espinoza tuvieron una infancia protegida y feliz en Sydney. Se les ve dichosos en las fotografías familiares. Cuentan que sus padres hicieron un tremendo esfuerzo por integrarse a la sociedad australiana y que su niñez estuvo marcada por las visitas a la playa, los asados con los nuevos amigos de la familia y los deportes: cricket, natación, atletismo y rugby. Pero nunca olvidaron su origen: Betingo era especialmente bueno para contar historias divertidas sobre su patria.

Recuerda Christian: “Mi primer recuerdo de Chile fue en 1974 cuando mis padres recibieron la noticia de que mi abuelo, el general Alberto Bachelet Martínez, había sido torturado y muerto por la Junta Militar”. Tenía apenas 5 años, pero lo recuerda.

En ese tiempo vivían en un departamento de dos dormitorios en Randwick, un suburbio del sudeste de Sydney, y Betingo trabajaba para una empresa de computación, a lo que siempre se dedicó. Estaban recién instalados y no tenían opciones de viajar a Chile: “Nos avisaron de la muerte de mi suegro a través del consulado en Camberra. Fue traumático”, relata Patricia.

La imagen del abuelo paterno siempre ha estado presente en los hermanos Bachelet-Espinoza. “Sé que fue un tipo increíble, amable y fuerte. Un gran general, esposo y padre. Un estupendo atleta que logró numerosos premios y medallas en los campos militares. Leal a su familia, amigos y a Chile”, dice Andrè. “Me da pena no haberlo conocido. Daría todo por cinco minutos con mi abuelo”.

Diez meses después de la muerte del general, los niños y su madre llegaron a Santiago para ver a la familia. Betingo quedó trabajando en Sydney. Dice Patricia que no tenían conciencia plena de lo que estaba sucediendo en el gobierno de Pinochet y no dimensionaban el peligro. Ese fue el viaje de enero de 1975, el mismo en que Christian y Andrè quedaron con Angela y Michelle cuando llegó la DINA. Ninguno de los hermanos guarda alguna imagen de lo que ocurrió esa mañana de verano en el departamento de Américo Vespucio.

Lo que recuerda Christian es la llegada de su abuela y su tía a Sydney en febrero de 1975, después de haber vivido las experiencias más terribles de sus vidas en Villa Grimaldi y Cuatro Alamos. Dice que “las dos fueron entrevistadas por la prensa australiana en el aeropuerto y la noticia fue transmitida en vivo por la televisión nacional”.

Para el sobrino de la Presidenta se trató de un tiempo de duelo y curación. Aunque Angela y Michelle de inmediato comenzaron a trabajar para denunciar los abusos de la dictadura, Betingo se preocupó de llevarlas a conocer diferentes lugares de Australia. En el pequeño departamento de Randwick, los hermanos Bachelet-Jeria cantaban en el living y alguna vez recibieron la visita del conjunto folclórico Quilapayún. “Nunca dejó de ser su hermana pequeña. Su relación era fuerte, llena de amor y respeto”, dice Andrè.

La estancia se prolongó sólo por algunos meses: Michelle se mudó a la RDA en mayo, a petición de la Juventud Socialista y, en septiembre de 1975, la siguió su madre. Pero se reencontraron pronto: los Bachelet-Espinoza viajaron en 1976 a Potsdam, a treinta kilómetros de Berlín Oriental, donde Angela y Michelle se habían instalado en unos bloques del barrio de Am Stern. En ese tiempo, la Presidenta era una hippie, con pantalones ajustados, la cabellera larga y que siempre llevaba un morral al hombro.

Betingo y su esposa aprovecharon la visita para recorrer ciudades de Europa y dejaron a sus hijos a cargo de su abuela y su tía, que los sacaban a los juegos infantiles de este complejo que tenía el clásico estilo de la arquitectura socialista de la Guerra Fría. Recuerda Patricia que su suegra, en el intertanto, tuvo que hacer un viaje fuera de la ciudad, y los niños se quedaron solos una temporada con Michelle: “La pobre casi se volvió loca con los dos angelitos. Lavaba ropa todo el día”.

Nunca dejaron de verse, pese a la distancia. Ellos llegaban a Chile en los veranos, cuando Angela y Michelle habían retornado. Ellas viajaban a Estados Unidos para las graduaciones y los casamientos y Betingo, un anfitrión entusiasta, se lucía con sus visitas guiadas a los mejores lugares de San Francisco.

Los hermanos Bachelet-Espinoza a veces reflexionan sobre su destino: “Si hubiésemos crecido en Chile, habría sido completamente diferente. Tal vez habríamos sido más temerosos”, dice Andrè.

El destino hizo que ellos estuvieran lejos de Chile en la época de los quiebres y de los dolores familiares marcados por los vaivenes políticos. Tuvieron una distancia física de la familia Bachelet y sus respectivas vidas son plácidas y anónimas, tan diferentes a la de sus parientes célebres. Sólo a veces la normalidad se quiebra en Colorado cuando les preguntan: “Y usted, ¿tiene algo que ver con Michelle Bachelet?”. Y ellos orgullosos contestan: “Es mi tía”.

A eso de las ocho de la noche del lunes 10 de marzo pasado, pocas horas antes de la toma de posesión en el Congreso, Michelle Bachelet acaba de terminar sus actividades oficiales y se dirige a uno de los comedores de Cerro Castillo, en Viña del Mar. Lejos del protocolo y la formalidad de las reuniones y ceremonias, la Presidenta se encuentra con parte de su familia que la espera para comer y que esa noche se alojará en el Palacio.

Su madre.

Sus hijos.

Su nuera.

Sus nietos.

El tío materno, economista, que ha viajado de Estados Unidos.

Y allí, entre todos ellos, Christian y Andrè Bachelet Espinoza, los hijos de Betingo, a los que no ve hace algunos años.

Es el momento del reencuentro íntimo y de la risa sincera y abierta.

Hablan sólo en inglés.

Se abrazan.

Se fotografían.

La Presidenta y sus sobrinos lucen felices, como si la historia de una vida entera –llena de grises- esa noche solamente fuera de color.

Hay torta y velas: Andrè cumple 44 el día 11 y en los salones de Cerro Castillo se escucha fuerte el Cumpleaños feliz. También el Happy birthday.