La cumbia de Gilda y Rodrigo y los clásicos de Andrés Calamaro y Los Auténticos Decadentes se convirtieron en improvisados himnos de la alegría. Con banderas y carteles las seis mil personas que ingresaron al lugar gritaron, vivaron y bailaron contagiando a los cientos de periodistas que cubríamos la elección.

Imposible no emocionarse. Sobre todo cuando Macri tomó la palabra y, con la voz quebrada, pidió que no lo dejaran solo. Se vieron lágrimas y abrazos. Era el cierre de un camino que empezó con más dudas que certezas.

Hace tres años, tras las protestas populares, Cristina Kirchner y su jefe de Gabinete habían dicho: “Si no les gusta, que armen un partido y ganen las elecciones”. Dicho y hecho. Crearon el PRO, sumaron fuerzas y esta noche, por fin, celebraron.

Posiblemente en los próximos días se hable del margen escaso. Pero el 10 de diciembre, cuando Cristina le entregue la banda presidencial a Macri -porque muy a su pesar tendrá que hacerlo- las cifras se convertirán en una anécdota. Después de 12 años el sillón de Rivadavia ya no será ocupado por Kirchneristas. Una nueva ARgentina comienza, y las calles celebran la alternancia. No más cadenas nacionales. No más cataratas de tuits ni persecuciones a periodistas opositores.

El pueblo se volcó a las calles. Familias enteras colmaron las principales avenidas de la Capital Federal. Fueron años de un grito contenido que hoy estalló prácticamente en todos los sectores del país.

Al nuevo presidente lo esperan dos grandes desafíos. El primero, conquistar a la mitad de los argentinos que no lo votó. El segundo, aprender a moverse en el escenario. Porque si algo está claro después de estos meses de campaña es que Macri es un pésimo bailarín de cumbia. Y por lo visto es un ritmo que lo obsesiona. Aunque convengamos que si pudo armar un partido político y ganarle al aparato kirchnerista, coodinar los pies no parece complejo.