Desde el equipo de la senadora Isabel Allende el mensaje es categórico: la presidenta del PS no se referirá a la carta ni a las declaraciones públicas que realizó en las últimas semanas de septiembre su sobrino Pablo Salvador Sepúlveda Allende, hijo de su hermana mayor, Carmen Paz. Desde Caracas, donde reside desde 2009, el médico nacido en México en 1976, interpeló en duros términos a su tía materna por haber condenado al gobierno de Nicolás Maduro. Defensor del chavismo y más a la izquierda que sus parientes chilenos, su misiva cayó como balde de agua fría en esta casta golpeada por las tragedias. Tan sensible resultó el asunto que, luego de dar algunas entrevistas, el propio Sepúlveda optó por el silencio. Su madre le pidió que, para evitar problemas y tensiones en Santiago, no volviera a referirse a la política local.

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Después de que la justicia venezolana condenara el 12 de septiembre al opositor Leopoldo López a 13 años de prisión, en un fallo que no observó las garantías de un debido proceso de acuerdo a la comunidad internacional, la senadora Allende —que desde la muerte de la viuda Hortensia Tencha Bussi es el rostro visible de la familia en Chile y en el extranjero— declaró: “No logro entender que un opositor que haga una acción que no tiene ninguna violencia, que manifiesta su opinión crítica a un gobierno pueda ser encarcelado, tenga una parodia de juicio, con una sentencia que lo lleva a una condena de prácticamente 14 años. No estoy de acuerdo con los presos de conciencia. No me parece que sea un tema posible de defender, creo que los derechos humanos hay que respetarlos siempre”. 

Pablo nunca se ha sentido cerca del PS chileno, demasiado socialdemócrata para sus ideas políticas, por lo que las declaraciones de su tía, con quien vivió el exilio en Ciudad de México en su infancia, lo hicieron salir a disputar el legado político de su abuelo. En su escrito No en nombre de Allende ni el socialismo, Sepúlveda —que trabaja en un hospital siquiátrico de Caracas, donde realiza su especialidad— señala que resultan “inaceptables y dolorosas las declaraciones de la presidenta del Partido Socialista de Chile en contra de la condena de Leopoldo López, dirigente opositor declarado culpable por incitación a la violencia y otros delitos. ¿Cómo leer, cómo entender dichas afirmaciones teniendo en cuenta la historia reciente de Chile, su historia personal y nuestra propia historia familiar? Historia que fue marcada justamente por este tipo de violencia desenfrenada y llena de odio”.

La critica por calificar a López de “preso de conciencia”: “¿Por qué hacer semejantes y desafortunadas declaraciones, tan reduccionistas, tan desinformadas, tan doble estándar? ‘A nombre personal’ y ‘como presidenta del Partido Socialista de Chile’ sabiendo perfectamente que quien lo dice es la hija de Salvador Allende. ¿Por qué hablar de Leopoldo López y callar sobre los crímenes y atrocidades que se cometen a diario en nombre de la supuesta lucha antiterrorista, la democracia y la libertad?”.

Sepúlveda escribe que se está intentando “desviar la atención de los problemas internos”, justamente “cuando el gobierno de Chile está pasando sus peores momentos en términos de legitimidad ante la ciudadanía, cuando la clase política está valorada de forma tan negativa, cuando los escándalos de la corrupción estructural de la política en Chile (de ese Chile supuestamente tan incorruptible) salen a la luz”. 

El nieto chavista de Allende lanza sus misiles al partido que dirige su tía: cataloga de “inmoral” que empresas como Soquimich, controladas por el exyerno de Augusto Pinochet, Julio Ponce Lerou, aparezcan “entregando millonarias sumas de dinero a campañas de políticos de los partidos del actual gobierno, incluyendo gente del PS, el mismo que fundara Salvador Allende”. 

En la misma línea, enjuicia a Enrique Correa, estrecho asesor de la senadora. Sepúlveda, desde Caracas, lo cataloga de un “importante dirigente político durante el gobierno de la UP y que ahora es importante lobbysta de la consultora Imaginacción, que ha asesorado a Soquimich, a Penta y los Luksic, todos grupos económicos financistas de la política chilena”. Acusa al exministro de “absoluta incoherencia ideológica y ética” por ser vicepresidente de la Fundación Salvador Allende. 

La disputa simbólica por el legado de Allende, en el mismo seno de su familia, está abierta. Porque si hay algo en juego en esta trama es el debate político entre la tía y el sobrino por el lugar donde se halla el allendismo del siglo XXI. Para el gobierno venezolano es un tema especialmente sensible: la figura del ex presidente chileno ha sido enaltecida por el chavismo, desde que Hugo Chávez estaba vivo, y lo ha convertido en uno de sus principales íconos. Para una parte importante de los socialistas chilenos no hay dobles lecturas: el régimen de Maduro, que tiene en la oposición a la misma socialdemocracia que cobijó a los exiliados chilenos post Golpe de Estado, carece de las mínimas reglas de una sociedad democrática.

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Salvador Allende y Hortensia Bussi tuvieron tres hijas. Isabel, la menor, en enero pasado cumplió 70 años. La senadora y presidenciable socialista tuvo dos hijos: Gonzalo Meza, el primero de los nietos del expresidente, muerto en 2010 a los 45 años, y Marcia Tambutti, la bióloga que estuvo una década reconstruyendo la historia íntima de la familia para el documental Allende mi abuelo Allende, galardonado en Cannes. En el filme, que todavía se encuentra en cartelera, relata que aunque los Allende se dedicaron a difundir por el mundo el legado del socialista muerto en La Moneda en 1973, paradójicamente en la intimidad no hablaban de él. 

La segunda de las hijas del ex mandatario, Beatriz, conocida como Tati, a diferencia de Isabel era más apegada al padre, la más comprometida con la política y una de sus principales asesoras durante el gobierno de la UP. El 11 de septiembre de 1973, embarazada del segundo de los hijos que tuvo con el dirigente cubano Luis Fernández de Oña, se mantuvo cerca del Presidente hasta ser obligada a salir. En octubre de 1977, cuatro años después, se suicidó durante su exilio en La Habana. Tuvo dos hijos: Maya Fernández, actual diputada PS, y Alejandro Fernández, radicado en Nueva Zelanda.

La primogénita es Carmen Paz, la menos conocida de las hermanas. Siempre ha cultivado un bajo perfil y, de las tres, fue la única que el 11 de septiembre no estuvo en La Moneda. De acuerdo al libro Salvador Allende, la historia sentimental, de Eduardo Labarca, debido a los procedimientos médicos a los que fue sometida Tencha durante su nacimiento en 1941, Carmen Paz quedó con una hemiplejia parcial. Educadora de párvulos, reside en Santiago y mantiene una estrecha relación con su hermana Isabel. Poco después de regresar en 1991, tras 18 años de exilio en México, junto a su marido, Héctor Sepúlveda, tomaron la decisión de separarse. Conocido como Hito, desde entonces vive solo, recluido en las montañas de la región del Biobío.

Carmen y Héctor era muy cercanos a Tati Allende y la consideraban una especie de hada madrina, por lo que su muerte en 1977 los desarmó anímicamente. La pareja tuvo tres hijos: Carmencita, Andrés y Pablo Salvador, el nieto chavista de Allende, que fue el único de los siete herederos que nació después del golpe.

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Pablo Salvador creció en México, al igual que los hijos de su tía Isabel, donde lo recuerdan revoltoso y siempre lleno de amigos. Pero su instalación en Chile en 1991 estuvo marcada por las complicaciones: tenía unos 15 años, México era su patria y se le cayó el mundo cuando tuvo que dejar el DF. En Santiago se puso rebelde, ingresó al Colegio Latinoamericano de Integración y, apenas egresó de la secundaria, informó a su familia que quería irse a estudiar a Cuba. Como amenazó con que si no lo conseguía volvería a México a vivir de vago, su abuela Tencha le consiguió entrada a la isla. Su llegada a La Habana explican buena parte de sus referencias políticas. Como su tía Tati, que escogió el mismo destino para vivir el exilio, a diferencia del resto de su familia que se quedó en el DF, Pablo Salvador se empapó del proceso cubano desde los años 90.

Estudió kinesiología a nivel de instituto y, cuando debía ingresar a la universidad, su tío cubano Luis Fernández de Oña, que fue marido de Tati Allende y padre de sus primos, lo convenció de que ingresara a la Escuela Latinoamericana de Medicina de La Habana. Una vez que terminó sus estudios universitarios, sin embargo, regresó durante una temporada a Chile, donde ejerció en un centro médico de Coquimbo. Pero su destino se torció nuevamente a fines de 2008, cuando viajó a Venezuela acompañando a su tío en segundo grado Andrés Pascal, hijo de Laura Allende Gossens, ex dirigente del MIR. Llegaron a Caracas para participar en un acto donde se entregarían las becas educacionales Salvador Allende: 100 combates por la vida. En el centro de eventos del Paseo Colón, ese 11 de noviembre de 2008 también estaba presente la segunda de las hijas de Chávez, María Gabriela Chávez Colmenares. 

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María Gabriela, comunicadora social de la Universidad Bolivariana, es un personaje clave del chavismo: hija consentida del presidente, su más fiel seguidora y defensora, Primera Dama en los actos oficiales cuando él estaba divorciado, ella fue pilar de su círculo íntimo y su mejor alumna en la construcción del poder. Nacida en 1980, poco después de conocer al nieto de Allende viajó de improviso a Chile, sin informar a las autoridades diplomáticas de su país. Llegó para ver a Pablo y convencerlo de irse juntos a Venezuela, como finalmente sucedió. Tiempo después, en su programa radial Aló Presidente, el propio Chávez oficializó el romance y presentó a su yerno como el ‘compañero’ de su hija.

Cercanos a Sepúlveda señalan que la pareja vivió en La Casona, la residencia oficial de los presidentes venezolanos desde 1964, donde compartían cotidianamente con el jefe de Estado. La relación entre el nieto de Allende y la hija de Chávez era celebrada por el régimen y por su líder porque, al margen de los sentimientos, eran evidentes los réditos políticos que tenía la unión.

La relación, sin embargo, terminó unos dos años más tarde. Pero pese a la ruptura, Pablo decidió quedarse en Venezuela por el compromiso que sentía con el proceso. Dejó Caracas, comenzó a trabajar como médico en distintas localidades del interior y con motivo del aniversario del 11 de septiembre, en 2012 decidió realizar una de sus primeras apariciones públicas. Entrevistado por la televisión venezolana a propósito de los 39 años del golpe, dijo: “Venezuela es el epicentro de los cambios a nivel latinoamericano y mundial”. Usaba una camiseta que decía: “Si te metes con Chávez, te metes conmigo”.

Padre de una niña pequeña nacida en Venezuela, Sepúlveda vive en un departamento sencillo de Caracas y viaja con cierta frecuencia a Chile para visitar a su madre. Algunas fotografías familiares lo muestran junto a sus primos Allende, con los que mantiene una buena relación. De acuerdo a lo que informan en su círculo, no tiene pensado regresar y sus planes son mantenerse en Venezuela, donde se le reconoce por ser nieto de Allende. El único de los siete que siguió la misma profesión que su abuelo y su tía Tati, comparte el ejercicio de la medicina con el activismo político. En marzo de 2014, participó en una muestra de respaldo a Nicolás Maduro en el Palacio de Miraflores. Junto a los nietos de Pancho Villa, Emiliano Zapata y Augusto César Sandino, Pablo Salvador llegó a la casa de gobierno para entregarle la bandera de la unión revolucionaria.

Con las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre a la vista, en que por primera vez el gobierno venezolano arriesga perder la mayoría en el Congreso, cada señal a favor o en contra del régimen resulta importante y el Ejecutivo mira con especial atención los mensajes de los Allende. El PS chileno, que pertenece a la Internacional Socialista como Acción Popular, uno de los principales partidos opositores a Maduro, no parece dispuesto a guardar silencio respecto de la coyuntura de Venezuela. El nieto chavista de Allende tampoco: sus cercanos señalan que, después de un largo período de reflexión, hace un tiempo tomó la decisión de comenzar a jugar un papel político de mayor visibilidad en ambos países.