El 23 de junio recién pasado Occidente miró con atención a ingleses, escoceses, galeses e irlandeses mientras votaban por el futuro de su país. La nación de los Beatles y del té de las cinco decidía su continuidad en la Unión Europea. No se celebraba un referéndum de esta naturaleza desde 1975, ocasión en la que ganó la permanencia en dicha comunidad internacional.

La mañana del día siguiente, los resultados impactaron al mundo: el Reino Unido abandonaba la comunidad política de mayor influencia en el mundo con un 52 por ciento de los votos. La libra esterlina, en tiempo récord, se desplomó a niveles inéditos desde 1985. Los medios internacionales publicaban columnas y reportajes que analizaban las posibles consecuencias negativas que esta decisión tendría para los británicos y el resto de Europa, e Inglaterra —centro de operaciones de los activistas pro-Brexit— era sindicado como el país responsable del resultado. Ese mismo país que en el censo del 2011 contaba con 7.5 millones de inmigrantes, ahora votaba para salirse de la EU y con eso, renunciar a tratados de movilidad y libre circulación.

Algo que contrasta con su historia de inmigración. Desde el fin de la guerra en 1945, Inglaterra es casa de comunidades que van desde Africa y Asia hasta sus vecinos europeos. En parte debido a tratados referentes al asilo de refugiados, en parte por su histórico papel de colonizador, el país aloja a inmigrantes de India, Bangladesh, Pakistán, Sudáfrica, Hong Kong, Polonia, las Filipinas y Nepal, entre otras. Esta diversidad de culturas le ha dado, particularmente a Londres, una riqueza única.

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Barrios comerciales chinos, mercados árabes y rutas gastronómicas de todo el mundo convergen en las calles de Gran Bretaña, particularmente en su capital, haciéndola un blanco para turistas y profesionales de todas las áreas. Indios trabajando en oficinas de correo y almacenes de barrio y polacos atendiendo quioscos o reparando calles son parte del paisaje común con que los londinenses de las últimas tres o cuatro generaciones han crecido. La ciudad, llegado el siglo XXI, se convertía en la capital multicultural de la isla.

Según datos del censo, el 70 por ciento del aumento poblacional entre 2001 y 2011 fue producto de la inmigración. Si bien el racismo nunca dejó de ser un problema y los discursos políticos anti-inmigración muchas veces lograron el clamor popular, el Brexit exacerbó un nacionalismo que por años se mantuvo lejos del discurso público. Las comunidades, muchas de ellas con varias generaciones de nacidos en tierras inglesas, han visto su seguridad en peligro. En el seno de una de dichas comunidades, en 1970, una costurera y un conductor de transporte público pakistaníes y musulmanes tienen 8 hijos que alimentar.

Sobreviviendo al racismo institucional y cotidiano, todos los hijos toman clases de boxeo como forma de autodefensa y todos, excepto uno, entran a la universidad. Uno de ellos, estudiante destacado en la secundaria, entraba a Leyes en la Universidad Metropolitana de Londres. Una vez graduado, comienza una exitosa carrera política. Sadiq Khan, el quinto de ocho hijos, se convirtió, el 9 de mayo de este año, en el primer alcalde musulmán de Londres. Khan ha reconocido públicamente ser un musulmán devoto, e incluso se ha reunido con líderes espirituales del Islam.

Esto, sumado a su origen étnico y religioso, le ha traído como consecuencia amenazas permanentes de grupos de ultraderecha y el repudio del ala más conservadora del espectro político británico. “Mi primera experiencia de racismo la viví con mis hermanos. Vi como fueron abusados y agredidos en un partido de fútbol. Mientras crecía, que me golpearan era algo común. Que me llamaran la palabra ‘P’ —Paki, un insulto para referirse despectivamente a los pakistaníes— era algo común”, declaró el edil británico al Mirror a inicios de este año.

No ajeno a estas experiencias de discriminación, Khan, hoy desde un puesto de autoridad y en medio de una contingencia particular, ha asumido un rol activo para combatir los actos de violencia xenofóbica que han proliferado tras el Brexit. Sólo horas tras el cierre de las mesas de votación, comenzó el terror para los inmigrantes. En Londres, los autos de origen alemán eran rayados con suásticas y amenazas. Un icónico centro comunitario polaco vio el amanecer con un graffiti que decía “váyanse a casa”.

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Una mujer musulmana fue golpeada y humillada a la entrada de una mezquita. “Una señora en el bus acaba de decirle a una madre y su hija que empaquen sus cosas para irse del país”, relata una londinense en Twitter. Lo mismo hace una joven clienta en un restorán: “En la mesa de al lado acaban de decirle entre risas a la camarera polaca que no debería estar sonriendo pues están a punto de expulsarla”. Mientras algunos horrorizados denunciaban estas historias en redes sociales, el sector nacionalista y conservador de Londres llenaba sus casas de banderas y pancartas incitando a todos los inmigrantes a irse de la ciudad.

El pasado 30 de junio, Khan no dudó en hacer un llamado: “Debemos estar alerta a los crímenes y ataques de odio. Como sociedad no podemos dejar que nadie sufra en silencio. Repórtenlos, denúncienlos, y nos aseguraremos de que desaparezcan. Es nuestra responsabilidad como políticos”, exclamó al público en el London O2 Arena en su primer debate como alcalde. “Debemos erradicar las bromas racistas en el patio del colegio”, agregó, “pues esto es la base de un inaceptable odio racial”.

Asimismo, apeló a fortalecer a la policía, y a que dicha institución se asegurara de estar atenta a las denuncias ciudadanas y a los ataques racistas organizados que se han perpetrado en los rincones de la ciudad. Desde entonces, los escenarios han sido contrastantes. Se han organizado manifestaciones en contra de comunidades enteras, se han alzado banderas con mensajes de odio en las calles, y el nacionalismo exacerbado del período de guerra vuelve a la superficie en la forma de insultos y acoso callejero. Al mismo tiempo, activistas y ONG dedicadas a la inmigración y los derechos humanos trabajan a tiempo completo para dar auxilio a las víctimas de dichos ataques y para crear consciencia sobre el peligro que significan.

“Aquí en Londres no sólo toleramos nuestras diferencias, sino que las respetamos y las celebramos”, declaró Khan en Twitter a inicios de mes. El Brexit, pese a triunfar en el referéndum, no es una decisión vinculante. La presión llega ahora al Parlamento, donde tendrán que presentarse y votarse las iniciativas que definirán realmente la permanencia del Reino Unido en una comunidad como la Unión Europea que, en sus valores fundacionales, tiene la promoción de la paz y la inclusión entre las naciones. Algo que, probablemente, hoy hace más falta que nunca en los alrededores del Palacio de Buckingham.