Desde que Ricardo Lagos anunció su intención de ser candidato a presidente, se han multiplicado las opiniones y análisis evaluando este nuevo escenario político. El contenido ha estado centrado en la asertividad de su anuncio, en quiénes serán sus competidores, en sus perspectivas potenciales de triunfo y también en comentarios críticos en torno a lo que Lagos es y representa.

Así, desde una mirada general, parece ser que las evaluaciones han tomado dos caminos distintos: el de sopesar la decisión de una forma deontológica, esto es, determinar cuán conveniente es la candidatura de Lagos a partir de una heurística moral; y segundo, cómo su candidatura incide en la estrategia política de partidos, grupos o individuos que ven con su entrada una amenaza a sus intereses o que ven – como sugirió en su momento Camilo Escalona –una figura de aglutinación.

Pareciera que hay una tercera lectura de la irrupción de Lagos a la campaña presidencial (la palabra pre-campaña es un eufemismo). Una que se concentra no tanto en lo que ocurre, no tanto en lo visible, en lo que Lagos u otros dicen, sino en lo que una candidatura como esta representa y en los desafíos político-sociales que tendrá por delante. La candidatura de Ricardo Lagos nos dice mucho sobre el momento actual del país y hay que considerarla seriamente.

Lo primero que cabría decir se refiere no tanto al impacto político-partidista de Lagos sino a su posición como figura política en un escenario de alta incertidumbre y desconfianza social. El intelectual Walter Benjamin decía que ciertos momentos de la historia representan ‘peligrosos momentos críticos’, instancias que provocan cambios o fracturas sobre la cultura, los valores y la misma naturaleza humana. Momentos donde se lleva al presente a un estado crítico. Y es posible que el país esté viviendo esa actualización. Hay quienes miran la incertidumbre y la desconfianza como cualidades pasajeras, como condiciones superables en la medida en que se ‘crezca’ o se ‘reforme’.

Pero tiendo a pensar que el proceso transformativo es más profundo. La incertidumbre y desconfianza son síntomas de un estado de fractura, donde la sociedad chilena, muy consciente de su potencialidad, de su capacidad y – por qué no decirlo – de su poder, ha comenzado a construir nuevas categorías de referencia, unas que no han sido recogidas por la clase política, generando así un distanciamiento que ya viene manifestándose por años.

Y la pregunta es obvia: ¿es Lagos alguien que congenie con ese estado crítico? ¿O es más bien alguien separado de estos nuevos valores y nueva cultura? Con una sociedad cada vez más consciente de su poder y más proclive que nunca a establecerse como fuente práctica de la soberanía, yo tendería a responder negativamente a la primera pregunta. Lagos, en su primer mandato, dio muestras de recoger esa soberanía y representarla sin mayores grados de retroalimentación ni injerencia ciudadana. Pero hoy día con eso no alcanza, lo que manifiesta que incluso alguien como el ex presidente no reúne (hoy) las exigencias emitidas desde una porción significativa del cuerpo social.

Si este diagnóstico es cierto, entonces no debiera ser sorprendente la identificación de Lagos con el establishment y el continuismo político, realidad refrendada por el gerente de asuntos públicos de Cadem, Roberto Izikson. Esto visualiza una asociatividad con el pasado que el mismo Lagos ha tratado de resolver mencionando, de forma rutinaria, que lleva mucho tiempo pensando y escribiendo sobre el futuro del país. Pero una cosa es pensar el futuro y otra cosa es ser el futuro. Y es cuestionable que el ex presidente pueda encapsular simbólicamente los anhelos, deseos y perspectivas de una sociedad cuya idea de futuro puede incluso estar operando en otro vector.

Evidentemente, siendo justos, puede que Lagos esté pensando en plena simetría con aquellos votantes que deberán elegirlo. Pero la política va más allá de los hechos factuales. Es también una disciplina (un arte, dirían algunos) asociado a las percepciones, a la ilusión y a la subjetividad. Y el problema es que, aún si Lagos ha reorientado su paradigma ideológico a uno que represente una intersección con el nuevo escenario político y social, eso no incrementa sus posibilidades a menos que, como mínimo, la apariencia de transformación sea percibida como algo que ya se encuentra cimentada en su figura. Y eso es muy difícil de conseguir.

En efecto, ¿cómo provocar aggiornamiento en un sujeto de 78 años cuando modificaciones sustantivas a su carácter son imposibles y cuando transformaciones superficiales son fácilmente reconocibles como poco genuinas? ¿Cómo proyectar una imagen desanclada de un pasado que hoy, por parte no menor de su propio conglomerado tradicional, es renegado con desconcierto?

Quizás la respuesta se encuentra en el hecho que los procesos de cambios significativos suelen generar ansiedad, miedo e incertidumbre en parte del cuerpo social. Mal que mal, todo cambio involucra riesgos y – por positivos que puedan ser sus resultados – habrá quienes deseen, más bien, estabilidad, certezas y un marco familiar de referencia. Lagos ciertamente da certezas.

Pocos podrían aludir ignorancia en torno a qué cabría esperar de él o de su potencial gobierno. Y por eso su figura efectivamente ordena y aglutina porque hace que este escenario confuso se vuelva más conocido. Sin embargo, el desafío será no sólo capturar apoyo por parte de lo conocido, sino de lo desconocido – un votante más bien apático,  joven, que mira con suspicacia un currículum vitae que no lo dice mucho, y que observa que los mecanismos de participación política no cumplen con sus expectativas. Ahí el desafío es mayúsculo. Y los riesgos para Lagos también.

 

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