No cuesta imaginarlos hace 25 años. Ignacia pequeñita, curiosa, inquieta… Y a su padre cargado de un gran bolso con sus juguetes preferidos, su ropa y los pañales, siempre atento a las travesuras de Nachi. “Era imparable y tenías que estar vigilándola; de repente estábamos en la playa y no podías despegarle un ojo porque mientras su hermana se quedaba ahí tranquilita, jugando con su balde, la Ignacia llegaba y partía; siempre fue seca p’al agua, tengo fotos de ella a los tres años tirándose de guata a la piscina, cero temor… ¡Como en la política! Se tira de guatazo y ahí verá…”, dice Laurence Golborne, ex ministro de Minería, Energía y Obras Públicas, ex abanderado presidencial de la UDI, hoy en la competencia senatorial por Santiago Oriente.

Sentada a su lado, Ignacia lo observa con infinita calma; con sus ojos pardos, el pelo claro, es la viva copia de su papá. También la más política de sus seis hijos (dos de su primera relación con Anna María Piccardo, y cuatro de su segundo matrimonio con Karin Oppermann), la única que decidió apoyarlo desde el primer instante, cuando respaldado por la UDI, él se embarcó en la carrera presidencial. Juntos (y muchas veces también en compañía de Karin Oppermann) recorrieron ciudades y poblaciones. Conocieron realidades a las que tal vez ninguno se habría siquiera aproximado. Y lloraron tras el inesperado  y mediático ‘derechazo’, como se catalogó a la bajada presidencial que selló varios meses de campaña y terminó de golpe con el sueño de ambos.

Hoy, a pesar de una experiencia que él reconoce como ‘amarga’, Laurence Golborne decidió aceptar el cupo senatorial de su partido para competir por Santiago Oriente. Y su hija no sólo volvió a apoyarlo sino que está decidida a entrar a la actividad pública. Directo a la piscina, mientras su padre la observa de cerca y reconoce que está dispuesto a protegerla, igual que cuando era una niña y tenía que salvarla porque ella no sabía nadar. Tal vez ésa sea la metáfora… o la más clara muestra de la relación que los une a fuego, a pesar de la temprana separación matrimonial y que creció y se fortaleció en los días de campaña.

A sus 27 años, la egresada de Ingeniería comercial de la Universidad de Chile ha sido un fiel testigo de la participación de su papá en las turbulentas aguas de la política. Estuvo con él desde el comienzo, cuando Golborne emergió como el candidato único de la UDI, y comprobó en terreno la fuerte adhesión que, como protagonista del rescate de los 33 mineros de San José de Atacama —episodio que lo convirtió en todo un rockstar— generaba entre los sectores populares. También presenció los ataques que se dejaban caer como bombas desde el comando de Andrés Allamand, en una larga seguidilla de episodios que fue minando la delicada unidad de la Alianza y diluyendo el escaso apego que, como hoy reconocen, convocaba la figura del ex ministro entre las cúpulas gremialistas.

Wp-Golborne-290El día del famoso derechazo quedará grabado en sus vidas con tinta indeleble. “Yo muy pocas veces he visto llorar a mi papá y ésa fue una —revela Ignacia—. Sentía una pena profunda. Cuando fuimos a la UDI me controlé e intenté mantener siempre la frente en alto… Pasábamos entremedio de la gente y todos nos decían disculpen, perdón, tienen todo mi apoyo… Era contradictorio, raro…: ¿Cómo podían decirlo y luego hacer otra cosa nada que ver?”.
Sus defensas no resistieron cuando dejó atrás la casa de calle Suecia y se subió al auto. “Ahí lloré, lloré mucho”. No paró ni cuando llegaron al comando. “No sentí rabia sino frustración. Nos habíamos embarcado en un proyecto en el que todos creíamos con el corazón; estábamos convencidos de que mi papá era lejos el mejor candidato. Y el cariño en la calle nunca cambió, incluso ahora (dice después de que éste ha debido enfrentar el Caso Cencosud e Islas Vírgenes). En el fondo fue como si te pateara un pololo… Ni cuando terminé con el mío había llorado tanto. Estábamos tan embalados y nos cortaron las alas. De un día para otro nos quedamos sin nada…”.

Su padre la observa atento. Como si fuera nuevamente una niña y tuviera que consolarla tras una caída, la tranquiliza: “Pero Nachi, las experiencias te enseñan. El pasado es para aprender; no se puede cambiar, ni modificar lo que ya fue, solo sacar tu lección para no repetirlo”.

Pero lo cierto es que Laurence Golborne lo pasó mal. Es cosa de revisar la prensa, las imágenes de lo que algunos diarios titularon como ‘la caída’. Laurence Golborne, el mismo hombre que antes lideraba las encuestas como el ministro mejor evaluado, el mismo que ni dudaba en tomar la guitarra para alivianar la eterna espera antes del rescate de los 33, el hombre de la sonrisa amplia, de oreja a oreja, lucía apagado, golpeado, profundamente triste… El ahora saca sus conclusiones. “En la UDI hubo falta de convicción real de llevar a un independiente como candidato a Presidente de la República y comprometerse con ello, a todo evento; no ser del ADN de un partido tiene consecuencias… Se sumó un ataque fortísimo a mi candidatura de parte de nuestros aliados; y conseguir la unidad si es que yo ganaba la primaria habría sido aún más difícil. Ya se vio después del triunfo de Pablo Longueira que no era fácil…”.
Golborne se refiere al famoso episodio que acaparó titulares y hasta fue Trending Topic en Twitter cuando Andrés Allamand, derrotado en la primaria, evitó saludar públicamente al ganador Pablo Longueira y hasta acusó a su generalísimo (Joaquín Lavín), de querer humillarlo.

“Costó que se produjera la unidad. Y conmigo habría sido todavía más difícil. Claramente mi candidatura era inviable”, reconoce.
En esos días Laurence Golborne se retrajo. Si bien ya sonaba la idea de que podía continuar la carrera política ahora desde la vereda parlamentaria, el ingeniero partió a Maitencillo con su mujer y sus hijos y evitó públicamente abordar el asunto. “No era el momento de hablar ni de tomar decisiones, así que decliné, precisamente para evitar entrar en polémicas y disputas sin ningún sentido. Tampoco era oportuno evaluar nada: nunca hay que tomar decisiones en momentos de alta tensión emocional”.
Ignacia, en cambio, no calló. A través de los 140 caracteres de Twitter y una cuenta que hoy suma más de seis mil seguidores, conocido el resultado de la primaria presidencial, escribió: ‘Esto parece q ya está claro #chaoallamand #foreverperdedor… Justicia Divina como decía el gran Julito Martínez…’.

¿Cómo se explica que después de un golpe tan fuerte Golborne haya aceptado entrar  a la senatorial con un cupo independiente del mismo partido que antes lo bajó? ¿Qué pasó con su orgullo?, se preguntan algunos al recordar aquel día en la sede de la UDI cuando Laurence aún no terminaba de dar su discurso y casi al mismo tiempo se proclamaba a Pablo Longueira como su sucesor…
“No podemos vivir pegados en las historias y en las ambiciones personales —contesta él—. Vine al servicio público por un proyecto colectivo y hay que anteponerlo sobre los objetivos individuales, aún sobre los dolores y sufrimientos que pude haber tenido. Antes, cuando era ejecutivo y en la calle me encontraba con un amigo del área política siempre decía ¡hasta cuándo pelean, hasta cuándo la centroderecha vive en una disputa intestina! Y ahora que estoy acá me dicen, ¡hasta cuándo pelean! Hay que hacerse cargo y partir desde uno. Quiero seguir en el servicio público, quiero continuar en esta actividad y colaborar para hacer un país mejor. Si lo mirara desde un punto de vista más individual, probablemente estaría haciendo otras cosas, pero no puedo quedarme pegado en el egoísmo”.

—¿Acaso no sintió desilusión?
Reflexiona:
—Claramente hay una forma de hacer política que no está bien y que aleja a las personas. Por eso una de mis metas es mejorarla, acercarla a la gente, que se entienda nuestra labor. No puede haber democracia sin políticos, es parte de una necesidad. Hay que prestigiar la actividad o vamos a terminar mal… Si todos fueran frescos o chantas, como algunos creen, ¿qué ciudadano decente, trabajador y honesto querría estar en esto? Lo importante es que la gente separe a través de su voto a los buenos políticos de aquellos que desprestigian la actividad.

Wp-Golborne-193-2—¿De eso se trata nada más, de echar los problemas bajo la alfombra y seguir adelante?
—Aquí no se ha echado nada bajo la alfombra, yo conversé de forma abierta y transparente con cada una de las personas con las que tenía que hablar, hice mis planteamientos directamente, se rayó la cancha. Hoy existe la convicción de llevar esta candidatura hasta el final y de apoyarla política y económicamente, pero más importante, con personas comprometidas por un proyecto en común y de largo plazo. Llegué al servicio público para quedarme y para ser parte de un proyecto colectivo. Así se resuelven las cosas, no escondiéndolas (reflexiona). Tal vez algunos fallen, somos humanos, pero de a poquito vamos a cambiar la calidad de la política.

—¿No hay un poco de ingenuidad al pensar que esto va a cambiar? Usted mismo reconoce que su candidatura falló por no tener el ADN político de la UDI.
—Insisto: entré por ideales y quiero pensar que puede haber una mejor política. Tal vez me tropiece, pero no voy a dejar de creer. Los que actúan mal es porque simplemente se olvidaron de las razones por las que entraron al servicio público. La política tiene un problema grave: te puede envenenar el alma si no sabes manejarte adecuadamente. Si un consejo te doy Ignacia, es que mantengas tu alma limpia y no dejes que esto te carcoma el corazón.

Su hija reconoce:
“Te tocó vivir el lado más feo de la política. Hay muchos a los que les ha pasado esto y han perdido el foco. Espero que eso nunca nos pase”.

—Según Catalina Parot, la política puede sacar lo mejor de las personas pero también lo peor. A ella le tocó vivirlo en carne propia luego de que, a pesar de ser su vocera, Andrés Allamand le arrebató su cupo senatorial por Santiago Poniente.
—No voy a hablar de ese tema específico, pero coincido con ella: la política puede sacar lo mejor y lo peor de las personas. Por eso llamo a los electores a que discriminen adecuadamente con su voto a los buenos de los malos políticos; a los que actúan con rectitud, que propician la unidad, que contribuyen al bien del país, versus aquellos que andan con chuecuras, que buscan la división y que privilegian los objetivos personales sobre los colectivos. Y eso la gente lo puedo decidir con un lápiz grafito cada cuatro años. Eso nunca hay que olvidarlo.

“Es cierto —dice Ignacia—. La gente ya se ha dado cuenta de qué tipo de política quieren y están aburridos del viejo estilo. Quieren ideas, propuestas, pero se encuentran con políticos que pierden el foco por ambiciones personales, por seguir sus intereses o los de grupos económicos y se olvidan que representan a las personas. Cuando mi papá se bajó hubo mucha gente que me dijo bueno, la política es así… ¡Es inaceptable, me indigna! No debiera ser así, ¡por qué!”.

—Andrés Allamand hizo públicos emplazamientos y hasta se lo responsabilizó de estar atrás de algunos ataques, ¿fue un factor de división dentro de la Alianza?

—No hay que personalizar (contesta Laurence). Los temas del pasado deben quedar atrás y aprender de ellos. Para mí la política es con llorar, es con emoción y sensibilidad, la única manera de conectar con las personas.  Hay quienes ya no sienten eso y su ambición personal los lleva a sobrepasar ciertos límites. Eso es una de las cosas que hay que mejorar.

Hablan con convicción, pasión, a pesar de que no fue fácil convencer a la familia de que la dura experiencia no era un final sino que un nuevo punto de partida. Si ya antes su mujer y sus hijos no estuvieron muy proclives ante una carrera presidencial, la idea de correr ahora por un cupo en el Senado activó todas las alertas. “Karin estaba reticente; me decía que no, bajo ninguna circunstancia: ¿por qué vamos a exponer a nuestra familia a estar en el ojo del huracán, en tela de juicio? Ya hiciste tu esfuerzo, nadie está obligado a lo imposible, dejémoslo ahí, hay muchas formas de ayudar… Pero me conoce y se daba cuenta de que para mí esto es importante. Me marcó entrar al servicio público; viví la experiencia de la mina San José; desde otros ministerios pude contribuir a cambiarle la vida a las personas. No podría volver al sector privado. Y Karin lo entiende. Quiero hacer del servicio público mi vida”.

De salir electo, el ingeniero reconoce que será un camino sin vuelta: “Cuando tienes 52 años y te comprometes en el Senado por 8 años, estamos hablando del resto de mi vida útil en lo profesional. Ya veremos qué sucede”.
Un factor clave que permitió que la familia aceptara la situación fue la enfermedad de Pablo Longueira. La experiencia los marcó, sobre todo a Karin. “Tenemos una muy buena relación, hay aprecio (dice sobre sus vecinos en el condominio en San Damián). El día en que bajamos mi candidatura, ellos vinieron a vernos, conversamos muy directamente y ahí mismo le ofrecimos nuestra ayuda. Pero lo que vino después fue un golpe… Te muestra cómo hay personas que están dispuestas a darlo todo por sus ideales. Y luego ver a Evelyn Matthei tomando este desafío, te lleva a entender que es imposible restarse. Hay un propósito mucho mayor: proyectar un segundo gobierno de la Alianza. Ahora tengo el objetivo de reemplazar a Pablo Longueira en el Senado, en su circunscripción,  y hay que estar a la altura de ese desafío. Si la historia hubiese sido distinta, si él no hubiese sido ministro, ni candidato, a lo mejor lo estaría intentando”.

—Sin embargo, Karin podría haberse asustado tras la bajada de Longueira y comprobar hasta qué punto la política puede afectar la vida y salud de una persona…
—No, ella ante la adversidad no se asusta, al contrario, la enfrenta. Pablo es un ejemplo del compromiso que tienen quienes han dedicado su vida al servicio público. Se necesita más gente que participe y defienda nuestros ideales y por tanto nadie se puede restar cuando hay que sacar adelante un proyecto de largo plazo.

wP-gOLBORNE-290-OKAHORAPara Ignacia Golborne la cosa es clara: su papá cambió tras la presidencial y nunca más volverá a ser el de antes. “Ahora la gente te reconoce, muchos confiaron en tí, en tu propuesta. Por eso se emocionan tanto cuando te ven”. Y convencida, agrega: “No puedes desaparecer, a pesar de que es cierto que mis hermanos están más reticentes porque vieron lo mal que lo pasamos todos. Pero si es lo que tú quieres, lo van a entender”.

—Ahora Ignacia pretende seguir los pasos de su padre, ¿no le inquieta, Laurence?
—No es fácil, se trata de una tarea compleja pero la voy a respaldar a muerte. Ella es bachiller de la Católica, ingeniera comercial de la U de Chile, podría desempeñarse en el mundo privado si quisiera, pero tomó esta opción y por eso la encuentro muy valiente. Además que hay muy pocas mujeres jóvenes en esta actividad; en la Cámara no hay ningún parlamentario menor de 30 años; y sólo hay 16 mujeres versus 104 hombres, ¡claro que hace falta! Y este año vamos a tener a dos mujeres compitiendo por la presidencia de la política.

—A propósito, Ignacia, ¿qué opinión tiene de Evelyn Matthei y de Michelle Bachelet?
—Evelyn es una mujer fuerte, capaz y con un potente lado humano. Creo que va a ser capaz de liderar la centro-derecha con un estilo firme pero cercano, donde prevalezca la unidad del sector.  Michelle Bachelet fue la primera presidenta mujer del país y la respeto mucho, pero no es el liderazgo que hoy necesitamos.

—¿Se define de centro-derecha?
—Soy una mezcla: mi mamá es socialista, con una visión muy clara del rol del Estado en la sociedad; y de centro derecha, por mi papá, que es la postura que más me identifica, aunque no todo debe ser tarea del libre mercado; el Estado sí tiene un rol.

 

Lea la entrevista completa en la edición del miércoles 14 de agosto.