Los primeros días de Donald J. Trump como presidente de los Estados Unidos no han dejado indiferentes a nadie. Ni siquiera habían pasado 24 horas desde que asume cuando su equipo inicia un feroz ataque a la prensa por cuestionar la cantidad de asistentes a su inauguración. Al día siguiente, Trump declara que Estados Unidos no firmará el TPP (Trans-Pacific Partnership), acuerdo comercial entre las economías del pacífico y cuyos contornos venían afinándose hace años. Inmediatamente después, afirma que la construcción del muro en la frontera con México comenzará “cuanto antes”, y, no contento con eso, insinúa que – en el combate contra el terrorismo – Estados Unidos tendría que aplicar tortura y “tomar el petróleo” de países como Irak.

Y la verdad es que uno podría seguir: ordena preparar el traslado de la embajada de Estados Unidos en Israel a Jerusalén (alienando a la totalidad del mundo árabe además de los palestinos); llama a un “veto extremo” hacia los inmigrantes; niega que las marchas absolutamente masivas en su contra después de tomar el poder sean tan importantes; declara su intención de terminar “cuanto antes” con los servicios de salud conocidos como Obamacare; ordena iniciar una investigación por ‘fraude electoral’ del cual no hay evidencia alguna; y propone reiniciar la construcción de un controvertido oleoducto cuyo trayecto pasa por zonas ecológicamente protegidas.

Muchas de estas políticas son cuestionables de forma intuitiva (la aplicación de tortura o negar la presentación de evidencia empírica). Pero hay otras que, más allá de lo que pueda decirse de Trump, merecen un análisis imparcial. El que Obama haya ideado una nueva política de salud no quiere decir que ella sea impermeable al cuestionamiento o crítica. Y uno puede – eventualmente – pensar en que habrá quienes justifiquen la construcción de un oleoducto basándose en raciocinios utilitaristas (el bienestar total se incrementa aún a costa de la degradación medioambiental, por ejemplo). Una de los fenómenos asociados al ascenso de Trump es que, dado que muchas de las cosas que dicen son absolutamente desquiciadas, se asume que todo lo que dice cae en esa categoría, cuando, a decir verdad, hay algunos elementos que cabe considerar de forma seria dejando a un lado los juicios que puedan hacerse sobre la personalidad y orientación política del magnate.

Posiblemente, el elemento que merece las mayores atenciones es el retiro de Estados Unidos del TPP. La razón no sólo tiene que ver con el hecho de que este acuerdo involucraba a importantes economías del mundo (Japón, Canadá o Australia), sino también porque articulaba una estructura económico-comercial nueva y que podía tener impactos a nivel mundial.

El TPP era al intento de establecer un marco regulatorio ad-hoc a las economías del pacífico pensando, además, en los problemas y complejidades que tiene la economía completamente globalizada. Sin embargo, desde las primeras negociaciones, hubo enormes cuestionamientos porque era un acuerdo poco transparente, extremadamente complejo, confuso y cuyo contenido era difícil de descifrar desde una perspectiva general: ¿es el TPP beneficioso? ¿Cómo afecta el TPP a las economías que lo integrarían? ¿Cuáles son los riesgos y oportunidades de su aplicación? Como debe intuirse, la respuesta es ‘depende’. Y la razón es bastante sencilla: cada país que negoció el TPP buscaba diversas cosas con este acuerdo, haciendo entonces que los impactos de la aplicación del TPP sean diversos dependiendo del país del que se trate.

El retiro de EEUU de este acuerdo comercial tiene que ver, entonces, con la idea que los efectos negativos del TPP (y que todo acuerdo comercial tiene) no resultan ni política ni económicamente aceptables en las circunstancias actuales. Y esa evaluación es algo que no sólo se encuentra sustentado en Trump, sino también en el otro lado del espectro político como Bernie Sanders.

Pues bien, la idea central del TPP desde la perspectiva de Estados Unidos (advirtiendo que es una materia llena de contornos y complejidades), era generar un marco regulatorio para el comercio con el sur de Asia. Y ese contorno intentaba establecer un estándar común entre las distintas economías, especialmente en el ámbito de los derechos de propiedad, derechos intelectuales, seguridad en transferencias tecnológicas, patentes, y un largo etcétera. La idea era que economías menos desarrolladas como las de Brunei, Vietnam o incluso las de Chile, cumplieran ciertos requisitos mínimos en áreas diversas, pero particularmente las de servicio. Y esto tiene el siguiente problema: hay decenas de miles de empleos del área de servicios que hoy día tienen trabajadores en Estados Unidos y que se encuentran relativamente seguros.

¿La razón? No resulta económicamente justificable para las empresas realizar outsourcing de dichos empleos, porque la calidad de los mismos va relacionada con los marcos legales que operan en determinado país. Así, por poner un ejemplo, no es conveniente para clínicas privadas norteamericanas contratar enfermeras vietnamitas, porque los requisitos y obligaciones de formación de éstas no están a la par con las enfermeras norteamericanas (aun cuando las enfermeras vietnamitas se les pueda pagar un octavo de lo que ganan las estadounidenses).

En el mismo sentido, para una empresa de seguridad informática, no le era conveniente trasladar sus operaciones a Perú, básicamente por las mismas razones. Consecuentemente, desde la perspectiva de Estados Unidos, el punto central era establecer un criterio legal y económico común para que, por un lado, mejorara la competitividad, pero por otro lado para incrementar la penetración de mercado hacia estas economías en otras áreas (como la farmacéutica o la automotriz).

Pero hay algo adicional a todo esto y que es el raciocinio político para iniciar el TPP en primer lugar. Para Estados Unidos, el poner al sur de Asia y otros países en un marco común, permite tener elementos de contrapeso para China y forzarla a seguir directrices occidentales como la apertura sin limitaciones de su mercado, y el seguimiento de reglas como las de propiedad intelectual (y que hoy no se respetan desde Beijing). Estando solos es poco lo que Estados Unidos podía hacer, pero si lograba tener al sur de Asia de su parte, comerciando con un estándar común, entonces los principales socios comerciales chinos, después de un tiempo, podrían hacer las mismas demandas a Beijing, presionando por una alineación más amplia.

Así vistas las cosas, ¿cuál es el problema? El inconveniente radica en que ciertamente se perderían empleos norteamericanos, pero se ganaría en la mantención de la hegemonía económica global por algunas décadas más. Para el consumidor medio posiblemente implicaría bienes más baratos, pero para quienes se ganan la vida en empleos del ámbito de servicios, podría ser una mala noticia. La integración y la globalización económica generan ese tipo de problemas. Los beneficios y los costos no son absolutos, y efectivamente uno puede teorizar que el outsourcing implica riesgos altos para algunas áreas y – ciertamente – para algunas personas.

La política estratégica, alimentada desde la Casa Blanca, pensaba más en el posicionamiento de Estados Unidos a nivel mundial y en la mecánica de forzar a China a jugar bajo reglas norteamericanas, antes que en los sectores que se verían afectados negativamente por su aplicación.

Frente a eso, Trump rechaza el TPP porque va en concordancia con su panorama estratégico. No sólo de proponer una política proteccionista, sino de dar un golpe en torno a las demandas de parte de su electorado. Independientemente de que aquello favorezca a sus más directos competidores.

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