El ex Presidente Ricardo Lagos es el personaje de la quincena: criticó al gobierno ante los empresarios en el foro ICARE. “Acá, mis amigos, no hay problema financiero. Aquí falta decisión política”, y con sus palabras incendió la pradera. Y pese a los esfuerzos de La Moneda por ocultar la molestia y a los intentos del propio círculo de Lagos por explicar su intervención, el episodio terminó por desnudar cierta distancia personal e ideológica que hace mucho existe entre uno y otro. Bastó escuchar a Michelle Bachelet en El Informante de TVN. Aunque sutilmente, ella tomó distancia del estilo de liderazgo de su antecesor: Lagos manda y ella, en cambio, escucha, decide y manda. 

Lagos se soñó desde niño como presidente, Bachelet no. Lagos se preparó por años para llegar a ser jefe de Estado, en cambio a Bachelet la máxima envestidura le llegó casi por casualidad. Lagos es un intelectual de la política —lo sabe y lo hace saber—, mientras que Bachelet es sobre todo habilidad e intuición. Lagos también quiso ser reelecto, pero la ciudadanía —a diferencia de Bachelet, otra vez— no lo ungió como el único salvador posible. Y si algo le importaba de verdad a Lagos, que ha tenido que resignarse a que Chile no valora como antes su estilo republicano, era que su gobierno pasara a la Historia, con mayúscula. Y el ex Presidente, en el fondo del asunto, parece resentir que Bachelet le haya aguado los planes: en 2006 le suspendió  la construcción del canal de Chacao, el tren al sur y otro puñado de proyectos con los que él quería quedar plasmado en las enciclopedias.

Como en 1988, esta vez Lagos ‘habló por años de silencio’. Seguramente comprende y le importa poco la escasa sintonía personal entre él y Bachelet, que prefiere la gracia e informalidad de personajes como su hijo senador. Pero Lagos a lo que no se resigna es a que Chile —y la propia Bachelet mediante— no instale sus seis años de gobierno en el lugar que él considera que le corresponde. Esta fue su pequeña venganza. Que nadie nos quiera convencer de lo contrario.